Tarde la observamos se movía sin saber a dónde a veces no nos dábamos cuenta que aún volviendo al mismo sitio para ella era como una fuga. Si le mirabas a los ojos nunca estaba con nosotros.
El primo no pregunta. No hace cálculo ni espera turno. Se levanta solo, indivisible, como un astro que brilla en un cielo numérico. Mientras las estrellas titilan pidiendo historias, mitologías, el primo guarda silencio. No busca razones, no imagina futuros. Su rareza es costumbre, su soledad, exactitud. No necesita filosofía, porque ser primo es ya su filosofía entera. Y en la noche infinita de los números, cada primo es una chispa que arde sin preguntar por qué.
Te escribo desde aquí. Llevo dos horas encadenado a un poste del teléfono, porque quiero verte, y doy voces como un poseído por esta injusticia. Los municipales sólo atienden crisis nerviosas, no crisis de amor. Y los del 091 pasan de largo. Me preguntaste: —¿Y si me apareciera por la noche, qué me harías? Y yo te dije: —Te empalaría. Ya me entiendes: finamente, te la metería por detrás. Según llegas, a la izquierda, contra la pared. Y sobre tu misma nuca empezaría a decirte: "Dime si me quieres, porque yo te quiero". Sí, sí, sí... Pero no te has aparecido. Y este poste alquitranado, y esta cadena de buey, me están jodiendo la espalda. Debo gritar más. Pasa una señora con un cochecito de niño. Lleva en él un armario entero de ropa y dos cómodas. Me mira a los ojos, y en sus ojos hay un mundo escondido que sólo enseña al amanecer, cuando todo el sufrimiento se le sale, de tanto preguntarse quién es a sí misma, de tanto contestarse que no lo sabe. La viejecita h...
--Dios quiere que lo entendamos--. «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua; siendo este el principio de sus empresas, nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros». --El políglota imposible-- En el pueblo olvidado de Hijuela de los Carriones, donde las campanas apenas repicaban a muerto ni a vivo, y el río Carquexo arrastraba rumores de extraños suicidas más que caudal de agua. En un caserío castellano rodeado de encinas y barbechos, nació un niño que nadie supo nombrar del todo. Lo llamaron y apellidaron: Ezequiel Pidura Abaz , aunque pronto la gente entendió que ese nombre era apenas una sombra frente al verdadero misterio que lo acompañaba: podía hablar infinitos idiomas , como si su garganta no tuviera fronteras a la hora de modular sonidos. No aprendió a hablar como los demás, repitiendo sílaba...
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