Y ASÍ.
EMPEZÓ HACE DOS DÍAS, cuando comencé a preguntarme qué hago aquí.
De momento, debo volver a bajar las escaleras. Siempre cuento escalones de más, en esa maldita ceremonia de restarles mi edad para que queden ocho, exactos. Ocho, como un número que no perdona, como un límite que no sé por qué existe, pero que insiste en perseguirme.
Imagínate: tú eres ese punto y coma ((([;]))). Tienes aire suficiente para toda la vida, pero no puedes salir. Estás atrapado en la respiración de alguien más, en un suspiro que no te pertenece.
Sin la palabra árbol, me arreglaba muy mal. No estaban las hojas envejecidas con ese color pardo que anuncia la muerte, ni se agitaban bajo el aire para caer como un abanico roto, cumpliendo el teorema de lo más pesado y atrayente. Sin las palabras, mi vida es como si fueras mía sin serlo. Como si todo fuera un préstamo que nunca devolveré. No sé si estaré vivo o muerto cuando lleguen los tres arcángeles. Me aterra pensar que sólo haya trompetas para mí. Vuelvo a contradecirte para que lo entiendas: la manzana no cae a su abismo porque esté llena de materia; se precipita porque ya estaba muerta. Tampoco está claro hacia dónde nos extendemos. Aunque no lo creas, no sabes a dónde vas. Aunque no lo creas, sólo percibes una mínima parte del espectro que va desde el amor más tierno hasta la violencia y el odio más absoluto.
El mar, en su infinitud, odia a los hombres.
En cualquier punto de esos colores infinitos, quédate a suponer lo que no captas. Supón que siempre podrás estar en la cruz de una mirilla, dispuesto a morir bajo un dedo que razona si apretarse sobre sí mismo. O cagando en los fétidos servicios de una estación de tren. O dando vueltas por un descampado, buscando a alguien que te acaricie.
No me desees nada. No es verdad. Tus deseos carecen de fundamento teórico.
Mi hermana vive sola y siempre tiene un ramo de flores sobre una mesa camilla. Mi abuelo Carlos vive solo y se asoma a la ventana del comedor al atardecer, sintiendo el frío de la materia oscura. Mi amigo Pablo tiene un apartamento en las afueras y vive solo; a veces sale a buscar amor y regresa con una barra de pan y una lata de mejillones. Yo vivo solo y tengo un gato y una camisa blanca que me pongo los domingos, solo por cambiar el ritmo. Pablo y yo somos amigos de Onan, pero yo tengo miedo por las noches. Muchas veces me acerco al mar porque me angustia la muerte. Y del mar, ya conoces su hermosura.
La imagen del espejo no es cierta. Si te vas a hurtadillas, te quedas allí.
Sin la palabra pasión, ¿qué sería de mí?
Abre tus muslos, quiero permanecer.
Abre tu boca a las seis de la mañana; no me importa.
Déjame olerte; no me repugnas.
Prometo, cuando me hables, levantar mis ojos.
Escupe en tu mano. Acaricia mi polla.
Una vez dijeron cuánto silencio tiene que haber para que sea demasiado. Quiero decir que el silencio tiene masa y energía, que se estira y se expande. Silencio en el sentido de no tener dónde asirte cuando te sientes perdido.
No sé si has percibido lo que el autor dijo de los insectos. De cómo se mueven desde esa perspectiva. No sé si te has preguntado a dónde van con su desproporcionada carga, cuáles son sus motivos. No sé si has tenido tres minutos para seguirlos con los ojos.
A un anciano lo acaban de sacar a una galería. Y se ha quedado allí hasta el mediodía. ¿Cómo ves sus ojos? Dime.
En estos momentos, a un hombre se le ha olvidado algo, y es una premonición de que, desde ese instante, empezará a olvidarse de sí mismo.
Y en otro lugar, un superhéroe sostiene el diálogo de un niño.
Lo afirmo: por cada ser humano feliz, hay veinte débiles y dolientes.
Otra palabra es abismo. Otra, reposo. Otras dos, boca arriba.
Y así. Y así.

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