LA LITURGIA DEL BUCLE.
La vaguada del pueblo Wenceslao Fernández Flórez despertó aquel mes de junio como si hubiera decidido repetirse otra mañana idéntica, con las sombras de los aleros cayendo proyectadas en direcciones extrañamente equivocadas.
Demián Benet Sender se levantó con el paladar reseco, ese sabor metálico de un sueño recurrente que dejaba un poso pastoso en su boca, una pesadilla geométrica de la que emergía sudoroso y con una única necesidad imperiosa: ir a la farmacia de los Baroja, situada en los Arreboles, al fondo del pueblo.
Desayunó como un autómata sus cereales de copos de maíz con leche —siempre los mismos— y se vistió con su camisa a cuadros, que formaban un laberinto enlosado. Fuera, el silencio no era la ausencia de ruido, sino una cualidad del caluroso aire que hacía el espacio del entorno denso y opresivo. El pueblo le parecía que olía a pan, o quizás era su memoria recurrente. Caminaba entre paredes de cal recién blanqueada y el sombreado azul del cielo. Era un laberinto de callejuelas abigarradas que se retorcían sobre sí mismas, legado ancestral del excéntrico Conde Luis de Góngora y Argote.
Su destino era la farmacia de los Baroja, en la parte baja del pueblo. Pero las callejuelas eran como una intrincada irracionalidad, un sistema formal que se contradecía a sí mismo. Comenzó a caminar por una calle estrecha y pendiente llamada, desde siempre, Eduardo Blanco Amor, una de las pocas que tenían una placa de cerámica festoneada con su nombre. El resto era una anarquía de callejuelas empedradas. En medio, tres plazuelas idénticas, trillizas en su arquitectónica, con una estatua sobre pedestal de un insigne: Álvaro Cunqueiro, formaban el corazón de este organismo urbano, enfermo de neurastenia cardinal. Cada callejón, cada recodo, lo devolvía inexorablemente a una de ellas. La primera vez no le dio importancia. La segunda, una punzada de ansiedad le recorrió el estómago. Para la quinta vez, el pánico era un nudo en la garganta debido a esa ansiedad claustral.
Se detuvo en el centro de una plaza. “¿Era la misma?” Se fijó en los geranios de un balcón. En la última vuelta habían sido de un azul cobalto intenso. Ahora eran de un añil pálido, casi lila. “¿O acaso las plazas rotan, intercambiándose entre sí en una danza silenciosa?” El pueblo no estaba roto, sino doblado sobre sí mismo; los símbolos (las plazas, los balcones) habían empezado a apuntar a sí mismos como si estuvieran poseídos por un enorme error de «paralaje».
Fue entonces cuando apareció un gran cuervo, y los otros dos cuervos más alejados a su diestra. No un ave, sino un heraldo, un signo de puntuación en la sintaxis demencial del lugar, que por lo menos lo hacía menos común. Graznó con un sonido ronco, casi de interpretación humana, marcando un compás gutural antiguo. Demián, sin más brújula que los azules mutantes de los geranios, los siguió pensando que era una premonición que lo guiaba. Los callejones parecieron desenredarse ante sus pasos, conduciéndolo por fin a la ansiada farmacia en los Arreboles.
Aliviado, empujó la puerta. El suave tintineo del campanillo fue obscenamente normal dentro de las rarezas. Tras el mostrador, un hombre con una bata blanca de espaldas revisaba frascos. Al oírlo, se volvió.
El alivio de Demián se congeló, se agrietó y se hizo añicos. El hombre no era Baroja con sus gafitas; era él, Demián. Su mismo rostro, demarcado por la misma perplejidad, sus mismos ojos fatigados mirándolo desde el otro lado del mostrador como si fuera desde el otro lado de un hermético espejo.
—¿Demián? ¿Qué deseaba? —preguntó el farmacéutico; su voz era un eco perfecto de la suya propia.
El mundo giró sobre sí mismo y la oscuridad lo hizo desaparecer con total levedad, como si hubiera salido para perderse en otra dimensión. Había despertado.
Despertó sobresaltado en su cama. El mismo amanecer silencioso. La misma necesidad urgente. Era la mañana del 19 de junio. O del 20. O del 19 de abril, día de los santos Rufo y Expédito. Todas las mañanas volvían a ser la misma mañana, desde que tomó la decisión fatídica de suicidarse.
El ciclo se repitió. Una y otra vez. La calle desierta, las plazuelas giratorias, el cuervo guía, el encuentro consigo mismo, el desvanecimiento.
En el enésimo despertar, un destello de memoria brutal lo atravesó. No era el recuerdo de un sueño, sino de un acto. La compra de la cuerda de yute del «dieciocho» en la Ferretería de Azorín («poca dilatación al tiro», le dijo). El olor del anís. La textura áspera de la cuerda alrededor de su cuello. La higuera centenaria de Luis Martín Santos. El último vistazo a las montañas, el pico de San Unamuno, aún a oscuras bajo el cielo del amanecer. La caída hasta el fondo de la higuera, ese árbol denostado bíblicamente por ser tan falso. Las punteras de los pies a dos centímetros de apoyarse en el suelo y estar a punto de resucitar como el mismo Lázaro.
Y luego, la visión más terrorífica: verse a sí mismo, colgado, balanceándose suavemente con el viento de la mañana.
No se había despertado en su cama. Había despertado en el limbo, en pleno purgatorio.
Allí mismo también estaba de compañero, desde el 27 de marzo de 1972, aquel hombre con cara de «Samuel Beckett», más enjuto aún, con sus cejas pobladas, su perilla descuidada, al que llamaban «el esquizofrénico», Maurits Cornelis Escher. Aunque su cuadrilla de discípulos lo llamaba, con cariño, «Mauritito». Sí, allí estaba «Mauritito» purgando su pena por maldito, ideando laberintos imposibles, que sus subordinados litografiaban para ser entregados día tras día a seres como Demián, cuando despertaban para un deber que se repetiría eternamente. Eran calcos planificados puestos en sus memorias, laberintos que debían recorrer compulsivamente, desesperados, para obtener un fin, una búsqueda de algo que habían hecho muchas veces en sus vidas de seres de carne y hueso.
Ahora lo entendía todo. El pueblo no era un laberinto físico; era la prisión de su propia conciencia atrapada en el momento de su suicidio. Nunca fue enterrado en el lugar de las almas bendecidas y tranquilas. Condenado para siempre al anárquico deambular de una litografía que le hacía subir y bajar, andar en diferentes posiciones ingrávidas por arcos imposibles, volver siempre al mismo lugar, en una neurastenia que le llenaba de sufrimiento. Un sistema autorreferencial y condenado: un alma que se observa a sí misma y en los demás, muerta, incapaz de escapar de la escena del crimen que ella misma había orquestado, y que como pecado debía penar. El bucle ideado por Azacel no era espacial en el sentido de la claustrofobia; era ontológico, todo un compendio actualizado de la filosofía del mal.
—Llevo así dos meses y medio, o lo que el tiempo mensurado pudiese significar —susurró a la pared de su habitación, que ya no era su habitación—. Vagando como un espectro invisible, se le vino a la cabeza el libro de Sor Angélica de Erasmus: Las tres misas que me sacó de la puerta del infierno.
—Sí, esas tres ceremonias compulsivas, lo único que derrota a los ángeles malos.
—Necesito que digan las tres misas.
Esa era la regla y el protocolo, la liturgia como «algoritmo» de liberación. Pero era un espectro. ¿Cómo pedir ayuda?
En su siguiente ciclo, se dirigió a la iglesia. Atravesó la puerta como un pensamiento atraviesa una mente, incorpóreo. En el banco delantero, la señora Rosalía de Castro, la misma que él había visto correr despavorida con la visión de mi cuerpo colgando sobre la higuera, rezaba con un extraordinario recogimiento.
Con una concentración sobrehumana, Demián se acercó a uno de los cirios. Sus dedos, que ya no eran dedos sino intención pura y leve, se enfocaron en la llama. La hizo danzar, elevarse en una espiral antinatural. La mujer abrió los ojos, desconcertada, se persignó varias veces, como si un estremecimiento de «sugestión» hubiera recorrido su cuerpo. Pero aquel hecho que intentaba hacer físico, dentro de las leyes del mundo, no valió para nada.
Frustrado, Demián dirigió su furia hacia sus únicos cómplices: los tres cuervos. Los incitó a picotear con rabia los vitrales de la sacristía.
Desde dentro, el padre Anselmo alzó la vista molesto.
—¡Malignas aves! —exclamó—. ¡Siempre anunciando desgracias!
Para los vivos no era una señal; solo eran puñeteras aves de mal agüero.
Los días, o años, pasaron como hojas de papel. Hasta que una mañana —¿fue mañana?— la campana de la iglesia dobló de una forma distinta: lenta, pesada. Un ruido nuevo se extendió.
Concepción Arenal, la vecina que le cuidaba la casa después del luctuoso suceso, había encontrado un sobre con la letra de Demián guardado en un armario, en una caja de madera, entre unos libros de diarios y fotos antiguas. Dentro, una carta manuscrita con una petición sencilla: «Si algún día me buscáis y no me encontráis, decid tres misas por mí. Voy a morirme en pecado».
La primera misa no bastó para romper la trama; la segunda apenas movió el hilo. Cuando terminó la tercera, algo cambió en la textura de las cosas: el graznido de los cuervos perdió su insistencia y los geranios recuperaron un azul estable y semejante.
Demián cruzó la calle que lo llevaba a la farmacia y, por primera vez en una eternidad, empujó la puerta. No hubo espejo en el mostrador. El farmacéutico no apareció; en su lugar, un frasco quebrado con un polvillo blanco se había desparramado sobre la madera. No hubo gran revelación. Solo una ligera relajación, como cuando una cuerda en tensión afloja un grado. La percepción del mundo se estiró, permitiendo por fin el movimiento hacia delante.
En la vaguada, los vecinos siguieron con sus rutinas, ajenos a la geometría exacta del bucle que los había atravesado sin percatarse. Quedan, sin embargo, tres cosas: los geranios que a veces cambian de azul, el graznido de un cuervo que en las tardes de verano se posa sobre los aleros, y una historia que se cuenta a media voz sobre un hombre que aprendió, demasiado tarde o quizá al límite del tiempo, que algunas repeticiones solo se rompen con ceremonias, como cuando te santiguas al salir de casa. Pero cuidado: de no hacerlo con fe y recogimiento, podrías entrar en lo más horroroso y horrendo, meterte, sin proponértelo, en una xilografía del malvado y perverso: Maurits Cornelis Escher.
Demián, sin embargo, al empujar aquella última puerta, comprendió que ya no estaba en los maliciosos dibujos de Escher, ni en el bucle de su suicidio, ni en la geometría enferma del pueblo. Había salido al aire abierto de la vaguada, y ante sus ojos se extendía un horizonte vasto, como el de Teseo al abandonar el Laberinto de Creta. No había hilos de Ariadna ni monstruos ocultos: solo la certeza de que, tras la clausura del laberinto, quedaba la libertad de vagar eternamente en la claridad de un valle sin muros, donde cada sendero era único y ningún regreso estaba condenado a repetirse.

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