NUBELIA Y LOS GATOS.
En el mundo del pueblo de Nubelia del Marqués de Abajo, se tenía muy claro que todos los gatos volaban. Te lo digo de forma tan escueta porque es un hecho tan evidente como que el agua de la lluvia moja.
Los aldeanos están acostumbrados a verlos despegar desde los tejados, planear entre campanarios, posarse sobre las tejas marrones de los altillos y aleros, y dormir suspendidos sobre las ramas más altas de los chopos como diminutas nubes de terciopelo.
--La regla en el pueblo era corta y concisa: “Si el animal es gato, vuela.”
Un día nació Luna, una gata blanca con ojos de jade muy hermosos. Desde pequeños, los demás felinos se elevaban unos días después de abrir los ojos. Ella, en cambio, se quedaba en el suelo, jugando entre las margaritas y arrimando pequeños guijarros blancos de cuarzo con sus pequeñas patitas.
Todo eso que os cuento, originó un problema existencial y de identidad muy importante. Lo que origino que en la aldea se empezase a notar mucha inquietud e incertidumbre.
—No. Es imposible —se decían los unos a los otros—. Que un gato NO pueda volar.
En Nubelia, las decisiones importantes de toda índole —incluidas las referentes a la justicia y las, digamos, ideológicas, todos los conjuntos de ideas y creencias que les ayudaban a entender el mundo y a darle sentido a todo lo que hacían— todas esas decisiones aún las tomaban los “Consejos” de ancianos y ancianas de la aldea.
Ante aquella controversia que estaba generando un difícil conflicto, los ancianos se reunieron para analizar el problema:
Si Luna era gata, debía volar. Si no volaba, entonces, por definición, no podía ser una gata. Pero ahí estaba la incoherencia: tenía bigotes, ronroneaba, cazaba ratones y hasta pedía mimos. Jugaba con todo lo que era pequeño, totalmente libre, sobre todo lo que tenía forma esférica.
Todo lo que hacía demostraba, se definía, postulaba, sin paliativos ni objeciones, como que : “¡SI era una Gata!”.
Los sabios del pueblo, dándole vueltas al asunto, llegaron a una idea sencilla: ninguna regla lo explica absolutamente todo. Les recordaba a lo que defienden los matemáticos estrictos con el famoso teorema de "Kurt Friedrich Gödel" —Por cierto, presente con una estatua y fuente en la plaza del pueblo, tan admirado en el lugar por su gran sabiduría—
Aquella teoría era su protocolo, su pentagrama existencial:
“Por muy perfecto que sea un sistema de normas o de cuentas “filosóficas” o matemáticas, siempre habrá un caso que no encaje del todo, una verdad que no se pueda demostrar con esas reglas”.
Luna era justamente eso: la excepción que mostraba que en Nubelia había más vida que la que cabía en una sola ley”.
---Fue entonces que sucedió aquel prodigio---.
Una noche de finales de junio, con una hermosa luna llena, Luna subió al tejado más alto de la iglesia. Caminó por el saliente de una gárgola con cara de ángel malo, y se tiró al vacío por el borde más sobresaliente. No voló. Se quedó quieta, mirando a las estrellas, y se sostuvo en el aire sin mover las alas que no tenía, como si la incoherencia misma hubiese encontrado su forma. Los escasos viandantes que lo vieron corrieron la voz, y pronto, frente a la iglesia, se acumuló una gran cantidad de parroquianos que miraban, absortos, el prodigio.
La paradoja de esto, queridos y escasos cuentistas que leéis a "Kenit Folio", es para demostraros que todo lo que existe está lleno de incompletitud. Que es imposible tener un sistema perfecto que lo explique todo, como bien decía el gafitas neurasténico llamado "Kurt Friedrich Gödel".
Desde aquel día, después de acaloradas discusiones de los ancianos, la regla se reformuló: “En Nubelia, todos los gatos vuelan… salvo la gata Luna, que flota.” Y así, todos los aldeanos y demás parroquianos de Nubelia y alrededores recuperaron su coherencia, integrando dentro de sí la excepción. Porque a veces, la única manera de no romper un universo es aceptar que la contradicción también puede ser una regla, una forma de reducir la entropía y el caos en un mundo que busca su orden, sin haberlo encontrarlo -de momento-, jamás.

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