HOLOGRAMA.
No es que me sobre el ánimo para enfurecerme, pero te recuerdo con tal intensidad que me agoto solo de pensarlo. Y de pronto, se materializa tu presencia, un holograma pálido y cruel que se superpone a la realidad.
Antes de siquiera levantarme, estiro el brazo a lo largo de la frialdad de las sábanas. No abarco nada. Es como abrazar un bloque de hielo; la piel se me queda blanca, marcada por el vacío. Los lunes, uno tarda una eternidad en conectar el piloto automático.
Ya no recuerdo cuándo fueron los últimos gritos. Lo que perdura es la memoria del último polvo, ese con sabor. Me invade la sensación de haberme aferrado a ti como si me fuera la vida en ello, boqueando como un pez fuera del agua. Los coitos interruptus te llenan de una angustia visceral, te hacen sentir tan sucio como si hubieras cometido un asesinato. Y otras veces… otras veces la fundita se rompía.
Y claro.
Un día tras otro, la tensión fue acumulándose como plomo en las venas.
Besar tu piel con ansia era riesgo de embarazo. Y lo más curioso de todo esto es que, al final, por lo visto, no logré preñarte ni aunque me hubiera deshecho dentro de ti. Siempre se entera uno demasiado tarde.
Levantarse sin un destino es un fastidio monumental. Y cuando, tras el reconocimiento metódico de todas las estancias, llegas a la conclusión irrevocable de que estás completamente solo, el mundo se reduce a una celda.
—¿Hoy a dónde ir?
—Qué día tan bonito… —miento al espejo.
Llevo la escafandra puesta y me sumerjo en el Parque de los Patos. Yo y mis pensamientos gloriosamente miserables. Hay edades en las que vivir es obligatorio, como si te metieran a la fuerza, con un desatascador, todas las sensaciones diluidas para simular que algo sucede a tu alrededor. Soy un hombre y su abrigo de ante, y sus zapatos pulcros, y una media barba que grita desidia.
Los otros que van a mi lado llevan sus propios dramas escritos en la córnea. Otro idiota regalando abrazos gratis. Menudo gilipollas. Hay gente que ya no sabe qué hacer para sentirse vivo. Te descubren como a los árboles, sin verte de verdad. Prefiero mil veces que me des un beso de tornillo, aunque te huele el aliento a jengibre y ajo puerro, que me metas la lengua hasta hacerme sonar la campanilla de la garganta.
Había un gavilán cerca del lago, cojo, luchando por su dignidad. Varias urracas se cagaban impunemente sobre la hierba en pleno día. Tras consultar mi reloj astronómico —que marcaba la hora exacta de la nada—, decidí volver a casa. Hay días que parecen interminables si no los abortas a tiempo.
Al abrir la puerta, todavía estaba ese olor que guardo como una reliquia envenenada. El pasillo se extendía, profundo, y si elevas la vista, su geometría de paralelepípedo parece huir hacia un punto de fuga truncado, como si el arquitecto hubiera perdido la fe a mitad del proyecto. Al dar la vuelta, la cama deshecha. Ahora todo es nítido, obscenamente claro. Vuelvo a llevar los mandos de esta nave fantasma y me retornan tus gritos, eco de mis blasfemias. Es cierto: cuando me corría fuera, me estremecía sobre tu vientre y tú estirabas las piernas con un quejido, como si siempre, siempre, te faltara algo.
—Chitón.
Así, vestido, tirado sobre el caos de las sábanas, un hombre no es más que una puta mierda con corbata. Y el holograma, al fin, se disuelve. Solo queda el frío.

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