URÓBORO.
Había transcurrido apenas una hora, o quizás un siglo. El tiempo, en aquel lugar, era una burla cruel, un tic-tac inaudible de un reloj que se había deshecho en arenas movedizas. Sentado sin aparente efecto nocivo, el prisionero —si es que la palabra "prisión" podía aplicarse a esa dimensión de la nada— había razonado mil veces que debía dar vueltas y más vueltas para encontrar el final. Pero la confianza, ese frágil ancla del espíritu, se había deshilachado hasta desaparecer. Había perdido la fe en que aquello fuera un espacio abierto, en que él, con un leve impulso de una manilla invisible, pudiera abrir una puerta y salir en libertad.
"¿Dónde están los límites razonables?", susurró su mente, un eco hueco en la vastedad de su cráneo. "¿Desde dónde hasta dónde se extiende esta condena?"
Desde nuestra perspectiva, lo veíamos. Sabíamos que teníamos que abandonarlo a su suerte. Su figura se movía sobre aquella perspectiva dentro del laberinto, un autómata errante, caminando de un lado al otro sin ninguna coincidencia estadística que nos permitiera establecer un nexo, identificar alguna costumbre suya que se repitiese más de tres veces seguidas. Andaba y andaba, con las manos hundidas en los bolsillos de un pantalón que lucía el mismo gris melancólico que su alma. No diríamos con la mirada perdida, pues las paredes de madera apenas le dejaban vislumbrar una lejanía, quizás la esquina que doblaba para encontrarse con otra esquina idéntica, pintada de un azul profundo y desolador, idénticos los bordes protegidos por una codera de cuero marrón que ya nadie recordaba si había sido blanca.
De nuestros sensores podíamos percibir cierta angustia a determinadas horas del día, como una marea interna que subía y bajaba sin rima ni razón. Su estado de ánimo fluctuaba con la virulencia de una enfermedad. A veces, elevaba la mirada hacia su "cielo", un techo hecho de tapas de metacrilato transparentes, que dejaban ver toda la amplitud de las estructuras metálicas de la nave donde el laberinto había sido construido. Eran los huesos de su encierro, fríos, impersonales, recordándole que no era más que un objeto de estudio, un alma bajo un microscopio.
Cuatro veces al día, una campanilla resonaba en la esquina donde se encontraba la estancia más amplia, un espacio sin nombre que no ofrecía consuelo. Él no percibía la cantidad de tiempo transcurrido entre los toques, solo la insistencia monótona de la señal. La comida, una bandeja con cuatro tipos de alimentos diferentes distribuidos en sus pequeños huecos, entraba por una abertura abatible. Se sentaba, miraba la comida con la desgana de un condenado y, según un orden de elección incomprensible para nosotros, empezaba a comer, dejando gran parte casi sin tocar. No tenía casi hambre. El apetito, como la esperanza, era un lujo que su laberinto le había robado.
Llevaba cuatro días así. Cuatro días de inanición del alma. Mediamos su ansiedad, que se incrementaba hora a hora, un pulso febril que anunciaba el colapso. No lográbamos entender que llevase casi treinta y ocho horas manteniéndose despierto, cada vez más agitado, como un insecto atrapado en un frasco de cristal.
"Su conciencia está al borde de la fractura", informó el Dr. Elara, su voz un murmullo entre el zumbido de los monitores. "El umbral de la locura se cierne sobre él."
"Aumenta la carga existencial", respondió el Jefe de Proyecto, sus ojos fijos en la pantalla, donde la silueta del hombre deambulaba. "Necesitamos ver qué queda cuando todo lo demás se desintegra."
Al quinto día, tuvimos que abrir la puerta del segundo lado. Una decisión que no tomamos por compasión, sino por protocolo. Lo dejamos a su albedrío, en el sentido más cruel de la palabra: encontraría la salida como le viniese en gana, o no. Sería la suerte, el azar, el simple acto de pasar por delante de la abertura, lo que llamaría su atención. Tal era su ofuscación, la densidad de su desesperación, que pasó dos veces sin darse cuenta, engañado por la apariencia del fondo azul del exterior que hacía juego con el fondo azul del interior. La tercera vez, quizás una leve corriente de aire, un hálito del mundo exterior sobre su rostro demacrado, lo hizo orientarse.
Estuvo en el umbral que daba a su libertad un largo tiempo, inmóvil, mirando hacia los lados. No sabíamos lo que realmente quería mirar: si los fantasmas del pasado o las promesas vacías del futuro. Entonces, se dio la vuelta. Vio aquella inmensa oscuridad al fondo, un abismo prometedor, y varios focos en los extremos que daban a una amplia y difuminada penumbra. Estaba al frente, el centro de un universo que no comprendía. Solo sentía leves murmullos y el carraspeo a intervalos de los espectadores.
Fueron unos raros instantes de silencio espectral, como el aliento contenido de una bestia.
Y luego, los aplausos atronaron. Un estruendo incomprensible para sus oídos, acostumbrados al silencio mortuorio del laberinto, que provenía de aquella inmensa e improvisada platea. Percibió con sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, a las personas que estaban en las primeras filas, rostros borrosos que se agitaban en un frenesí. Las aclamaciones, los "hurras", los silbidos, una sinfonía grotesca de su triunfo, o de su derrota.
"¡Lo lograste, maldito!", gritó alguien desde la audiencia, una voz gutural que se perdió entre el clamor.
Poseído de extraños gestos, sus manos empezaron a apretar sus oídos, como si quisiera ahogar la realidad que se le venía encima. Sus ojos, muy abiertos, delataban un tremendo terror, un pánico visceral ante lo desconocido, ante esa libertad que se le ofrecía como un abismo. No era la salvación, sino una nueva tortura.
"Esto... esto no es real", balbuceó, pero su voz se perdió en el estruendo. "Soy... soy un insecto en su ojo."
Insoportable para él, la verdad, la exposición, la burla. Dio la vuelta y se metió otra vez en el laberinto. Ahora corría y corría despavorido, el eco de los aplausos persiguiéndolo como perros de caza. Daba vueltas sin rumbo, tropezando con las esquinas azules, hasta que cayó rendido, exhausto, apoyadas sus espaldas en la pared de uno de los pasillos más largos. Se acurrucó en posición de cuclillas, la cabeza completamente hundida entre las piernas, deseando desaparecer, fundirse con la madera y el olvido.
Aún se sentían los aplausos, lejanos ahora, pero persistentes, como el latido de un corazón cruel.
"Como una serpiente muy larga", murmuró para sí, "lo he reptado todo. Mi cola está en el final que es el principio, y mi cabeza bífida, casi sin aire, está en el principio que casi es el final. Y en medio... en medio solo hay un laberinto sin salida."
Y así, en la penumbra de su propia elección, entre las paredes azules que eran su única certeza, el hombre encontró su verdadero hogar, un presidio de la voluntad.

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