Hazañas bélicas: 2008- BATERIE TODT.
Escribo este cuento en todos los tiempos verbales posibles, porque es una descripción de sensaciones sensoriales, y como tal son de una atemporalidad que las palabras apenas pueden evocar.
Allí casi no quedaban veteranos, solo soldados muy jóvenes, con la memoria del miedo recién aprendida. Yo, en aquel entonces, tenía poco más de diecisiete años, una edad en la que el futuro y el pasado se funden en el presente, tan frágil como el humo y tan eterno como la sangre.
La noche en la casamata era un pozo de humedad y sombras. El aire viciado olía a hierro oxidado, sudor rancio y ese poso perpetuo de pólvora que jamás se disipaba. En las literas, los hombres respiraban con un murmullo uniforme, un rebaño dormido en el establo hecho de hormigón con paredes de tres metros de espesor para soportar la guerra.
Ernst, hijo de un alfarero de Neustadt, permanecía despierto, encogido bajo la manta áspera. El frío le mordía las manos, pero no era el frío lo que lo mantenía insomne, sino el bello "fantasma" de Lise, su novia allá en el Palatinado. Al cerrar los ojos, la sentía tangible: su rostro cercano, su cuello, y aquel hueco perfecto en el escote donde anidaba el calor de su piel que adivinada blanda y tersa. En la penumbra, su imagen era nítida: ojos claros, una risa que en verano corría entre los viñedos, una tibieza que olía a pan recién hecho y a flores de campo. Cada recuerdo era un refugio y a la vez un suplicio. El rugido cercano de las olas rompiendo en las escarpadas costas del Canal acompañaba su desvelo. Su cuerpo joven, prisionero en el vientre de hormigón, reclamaba la calidez perdida. Y él, con el pensamiento anclado en Lise, buscaba en silencio un alivio íntimo, una plegaria desesperada por no olvidarse de sí mismo, por no volverse piedra como las paredes que lo rodeaban. En ese instante, entre el frío y el olor pesado de la batería, Ernst se supo profundamente solo y humano, atado a un recuerdo que era su única patria verdadera. Agitaba su mano con lentitud, cuidadoso de no ser descubierto, hasta sentir la humedad entre sus dedos, mientras dejaba escapar un gemido reprimido.
El amanecer llegaba con el zumbido grave de los ventiladores, que empujaban el aire viciado dentro de la casamata. Dormíamos hacinados en literas metálicas, tres cuerpos apilados en cada columna, y el olor a sudor, lana húmeda, y pólvora se mezclaban con la humedad salina que se filtraba desde el mar.
Un cabo nos despertaba a gritos: “Vamos! ¡A revisión del cañón!”. Tomábamos un café aguado —más cebada que café— y un pedazo de pan duro. En el hueco que hacía de comedor apenas se hablaba: el cansancio nos ahogaba, y cada cual se sumía en el recuerdo de su familia, allá en aquella Alemania que empezaba a parecer un extraño sueño.
La rutina comenzaba bajo la carcasa del cañón. Revisábamos engranajes, limpiábamos el metal corroído por la bruma marina, engrasábamos los rodillos que soportaban toneladas de acero. El cañón de 38 cm era un leviatán. Cuando se abría la recámara, sentíamos que el aire mismo se hacía pesado, cargado para una promesa de violencia.
De vez en cuando, la orden llegaba: “Objetivo: otra vez Dover”. Entonces todo cambiaba. La calma del búnker se transformaba en frenesí. Los acarreadores de munición sudaban al arrastrar los proyectiles —cada uno del tamaño de un hombre— hasta el elevador. El olor a restos de cordita, dulzón y mortífero, inundaba los pasillos estrechos.
Cuando el disparo estallaba, era como si la tierra entera se partiese. El cuerpo vibraba, los dientes castañeteaban, y aun con tapones en los oídos bajo orejeras, un zumbido agudo se instalaba en el cráneo durante horas. Sabíamos que, a lo lejos, en Inglaterra, alguien sentiría el estruendo caer, pero no lo veíamos: solo lo imaginábamos: ¿A quién habríamos matado esta vez? ¿A un soldado? ¿A una madre? ¿A un niño? ¿O solo a la tierra vacía? La abstracción del horror era el mayor de los horrores.
En los ratos libres, jugábamos a las cartas o escuchábamos música en un viejo gramófono confiscado en Francia. Algunos escribían cartas, otros fumaban sin cesar. El aburrimiento era un enemigo más insidioso que los ingleses, un gusano que roía la mente.
Por las noches, la RAF aparecía. El cielo se iluminaba con reflectores y el rugido de las bombas hacía temblar el hormigón como si fuera papel. Entonces uno se acurrucaba en silencio, rezando para que no fuera la última noche. En esos momentos de puro terror, sentía que estaba vivo, aunque solo fuera por el miedo a dejar de estarlo. Vivir en este lugar era vivir bajo tierra, como topos armados con cañones gigantes. Éramos los guardianes de un acantilado que nunca cruzaríamos, vigilando un mar que nos separaba del enemigo… y de la vida misma. El instante previo al disparo era un silencio quea casi se sentía espeso, cargado de cierta incertidumbre. Solo se oía el roce metálico del proyectil al encajarse en la recámara, el chasquido seco de los cerrojos cerrándose como una mandíbula de acero. Los hombres contenían la respiración, como si el aire mismo se retirara a los rincones del búnker, expectante. Luego la corta espera hasta la activación del disparo.
--Entonces, la orden: “Fuego!” Y todo estallaba--.
El cañón rugía con un bramido sobrehumano, una vibración que no solo se oía, sino que atravesaba los huesos, sacudía las entrañas, arrancaba el aire de los pulmones. Las paredes de hormigón temblaban como si fueran de barro, y el suelo se contraía bajo las botas. El humo acre de la pólvora se metía en la garganta, quemaba los ojos, llenaba la casamata de una niebla espesa y áspera. El olor era tan fuerte que se volvía material: una mezcla de azufre, hierro y cordita que se pegaba en la piel y en el alma. Los oídos, poco protegidos, quedaban martillados por un zumbido continuo, un pitido agudo que usurpaba el lugar del mundo y no te abandonaba, volviéndose angustiante en el silencio de la noche. Después del disparo, nos comunicábamos con gestos porque la voz no lograba atravesar ese velo de ruido. Algunos soldados temblaban de adrenalina; otros se quedaban rígidos, mirando la recámara vacía como si fuera el abismo del alma. Cada disparo era una lobotomía: el cuerpo sabía que estaba vivo, pero la conciencia quedaba en suspenso, como si hubiera sido expulsada con el proyectil hacia la oscuridad del canal.
Y así, disparo tras disparo, la batería era un monstruo que devoraba el alma a los hombres para rugir contra Inglaterra, y cada rugido dejaba a sus servidores un poco más sordos, un poco más ciegos, un poco más ausentes de sí mismos. ¿Eran aún hombres o solo extensiones de la máquina?
El hormigón respira conmigo. En estas paredes sudorosas, cada gota que resbala es un reloj invisible, marcando un tiempo que no avanza hacia ningún futuro. No sé si estoy vivo o si estoy enterrado en un mausoleo que dispara hacia la niebla.
El cañón, nuestro dios metálico, exige obediencia. Le damos de comer proyectiles del tamaño de hombres, lo alimentamos con fuego y estruendo, y él nos devuelve un rugido que hace crujir el alma. Disparamos hacia Inglaterra, pero nunca vemos el blanco: solo imaginamos las casas, las calles, los rostros que tal vez dejamos de ver al otro lado del canal. Somos verdugos a ciegas, ejecutores de un eco, sacerdotes de un culto vacío cuyo único dogma es la destrucción sin rostro.
En las literas, el sueño no concede descanso. El hierro está frío, el aire está enmohecido. A veces me parece escuchar el mar dentro de los ventiladores, un mar que no he tocado desde que llegué aquí. Afuera, la costa francesa en nuestro entorno, presiento que huele a algas y a pólvora; adentro, es certeza, todo huele a óxido y a miedo. La rutina nos devora: limpiar, cargar, vigilar. Como hormigas en una colmena de cemento.A veces, el aburrimiento es un enemigo más cruel que los ingleses: se cuela en la sangre y convierte cada día en una repetición del anterior, un "eterno retorno nitzscheano" sin sentido ni gloria.
Y, sin embargo, cuando la RAF nos bombardea, siento que la vida —áspera, terrorífica— vuelve a mí. El temblor de las bombas, el rugido de los aviones, la luz blanca de los reflectores rasgando la noche… Es el único instante en que recuerdo que aún existo, que aún puedo temer. Después, el silencio vuelve a tragarnos, y la batería se convierte de nuevo en un sepulcro. A veces pienso que ya no somos soldados, sino sombras al servicio de un monstruo de acero. Y que cada disparo que lanzamos hacia Inglaterra no mata al enemigo, sino a un pedazo de nosotros mismos, de nuestra humanidad. Disparamos contra el espejo de nuestra propia ausencia, y se me viene a la memoria cuando leí y releí "Sin novedad en el frente".
En las jornadas claras, cuando el viento arrastraba la bruma y el horizonte se abría nítido, los artilleros subían a las plataformas de observación con sus catalejos. Desde allí, Dover aparecía como una maqueta precisa y cruel: los acantilados blancos brillaban al sol, las casas se dibujaban diminutas, y a veces hasta se adivinaban los vehículos moviéndose por las carreteras. Era la vida. No era solo una visión estática: también podían observar las respuestas británicas. Cuando las baterías de Dover —los enormes cañones “Winnie” y “Pooh”, bautizados con nombres infantiles para una matadura de adultos— abrían fuego, se distinguían los destellos luminosos en lo alto de los acantilados, un fogonazo breve seguido, segundos después, por el rugido que cruzaba el mar como un trueno viajero.
Era un duelo a cielo abierto, casi teatral, donde cada bando podía contemplar al otro como si estuviera en un escenario natural. Para los alemanes, mirar Dover con el catalejo no era solo vigilar: era sentir la proximidad absurda del enemigo, tan cerca que parecía al alcance de la mano y, sin embargo, irrevocablemente inalcanzable. Una ilusión óptica, una metáfora de toda la guerra: tan cerca, tan lejos.
El hormigón nos tragó hace meses, casi un año. Aquí dentro, en los pasillos húmedos de la batería, el tiempo perdió su significado. Los relojes solo miden la distancia entre un disparo y otro. Cada jornada comienza igual: un cabo grita, la maquinaria despierta, el cañón respira. Y nosotros, insectos obedientes, repetimos la misma liturgia vacía, incapaces ya de preguntarnos el por qué.
El cañón no es un arma. Es un dios sin rostro, un ídolo al que sacrificamos nuestras horas, nuestras manos, nuestra juventud. Le ofrendamos proyectiles colosales, lo ungimos con grasa, lo veneramos con rituales de precisión matemática. Él responde con un trueno que atraviesa el canal y va a morir a un lugar que no vemos, a matar a gente que no conocemos. Nuestro deber es solo alimentar al dios y esperar. ¿Es esto la "Schicksalsgemeinschaft", la comunidad del destino que nos prometieron? ¿O solo una prisión de nuestra propia construcción? La vida aquí no es vida. Dormimos sobre hierro, respiramos aire viciado, comemos pan negro como si masticáramos tierra. Afuera está el mar, pero no lo sentimos en su plenitud. Solo escuchamos el zumbido constante de los ventiladores, como un pulmón artificial que nos mantiene en un limbo entre la vida y la muerte.
Algunos escriben cartas a casa, otros juegan a las cartas, como si el azar pudiera recordarnos que aún somos humanos. Yo a veces sueño con un silencio total, con un mundo sin órdenes ni detonaciones, donde uno pueda escuchar el rumor del agua sin confundirlo con el rugido de un proyectil.
Pero la noche nos recuerda lo que somos. La RAF viene y sus bombas arrancan pedazos de cielo. El hormigón tiembla, la luz se parte en mil reflejos dentro de los túneles. En esos instantes de puro pavor, siento que estoy vivo, aunque solo sea porque temo morir. Luego, cuando el ataque cesa, el silencio vuelve, y con él la certeza otra vez: "no somos hombres", somos apéndices de la batería, como si fuera un extraño monstruo de carne y hormigón.
Quizá toda la humanidad sea esto: seres encerrados en fortalezas invisibles, obedeciendo a dioses de metal que nosotros mismos inventamos, disparando a lo desconocido. No hay enemigo al otro lado del canal; el único enemigo es este vacío que nos consume, esta maquinaria que exige nuestra entrega sin fin. La "Kriegsideologie se desvanece", y solo queda la máquina, fría e implacable.
Y pienso —mientras limpio otra vez el cañón, mientras escucho las gotas de humedad caer del techo— que la batería no dispara hacia Inglaterra. Dispara hacia nosotros mismos. Cada proyectil que cruza el canal no destruye ciudades, sino pedazos de nuestra propia existencia, de nuestra cordura, de nuestra fe en el mundo. Somos artilleros de nuestra propia aniquilación.
Diez días después del desembarco en Normandía, la guerra ya se había trasladado tierra adentro, dejándonos atrás, como un apéndice olvidado. Los aliados habían roto el frente y avanzaban con rapidez hacia el norte de Francia. Las noticias llegaban a la batería en fragmentos distorsionados: pueblos caídos, líneas rotas, divisiones alemanas disueltas en la retirada. El rumor se mezclaba con el humo de los cañones, y todos sabían, con una certeza visceral, que el cerco se cerraba. La historia había pasado de largo y nos había condenado.
Los soldados canadienses avanzaban desde Boulogne y Calais. El estruendo de su artillería terrestre se escuchaba cada vez más cerca, un segundo latido sordo bajo el rugido constante del mar, el tambor de un verdugo que se aproxima. Los aviones aliados sobrevolaban el Paso de Calais sin oposición, dejando caer bombas que hacían vibrar las casamatas como si fueran cajas de resonancia a punto de quebrarse. Dentro de la batería, los artilleros, automatizados, seguían con su rutina. El cañón número uno estaba aún operativo, aunque dos de los cuatro habían quedado inutilizados por los bombardeos. El comandante ordenó un último disparo hacia Inglaterra, un gesto más simbólico que militar, un epitafio de acero.
La recámara se cerró con su chasquido solemne y final. El proyectil fue elevado con esfuerzo, encajado en la boca del monstruo. Afuera, por los catalejos, todavía se distinguían los acantilados de Dover, blancos y lejanos bajo un cielo de verano que parecía burlarse de nosotros.
El grito resonó por última vez: “Fuego!”
El cañón rugió su último trueno, un quejido desesperado que cruzó el Canal hacia un destino ignoto. Nadie supo dónde cayó ese proyectil: quizá en el mar, quizá en un campo yermo, quizá en las afueras de una Dover que ya ni siquiera nos temía. Fue el eco final de un gigante condenado, un suspiro de acero antes del silencio.
Minutos después, los primeros tanques canadienses aparecieron en el horizonte, criaturas metálicas de un nuevo mundo. El suelo temblaba con cada obús de su artillería, los muros se agrietaban, no solo los de hormigón, sino los de toda una idea, una ideología. Los soldados alemanes, agotados, sin esperanza de refuerzos, se refugiaron en los pasillos, y luego fueron saliendo en fila con las manos cruzadas en la nuca y en los ojos profundos un vacío lleno de terror.

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