DESVÁN.
Y al desván.
Se subían los muertos. No como fantasmas, sino como una cosecha final, una podredumbre silenciosa que ascendía por la noche a ocupar su último territorio. Sus manos abiertas, pálidas y rígidas entre el grano de centeno, no suplicaban; eran solo herramientas olvidadas, arañando la oscuridad en un gesto inútil de siembra postrera. Eran la levadura de nuestra propia descomposición, fermentando en la penumbra bajo el techo.
La antena de la radio era un hilo de cobre, una vena umbilical conectada al cadáver del mundo. La radio, un altar de caoba, estaba tapada por un tapete blanco, un sudario para la voz de los vencidos. La antena salía por la parte de atrás, una serpiente metálica que se enroscaba hacía arriba, atravesaba las tablas del techo—la delgada membrana entre lo habitable y lo innombrable—hasta el desván. Allí, en la bodega de los espectros, se enredaba sobre una viga larguera carcomida, como una enredadera parasitando un esqueleto. Salía una punta simple de alambre entre el hueco de las losas de pizarra, una aguja inoculando el veneno de la realidad en nuestra burbuja de miseria. Yo me imaginaba que por allí entraba todo lo mágicamente invisible: las mentiras de los generales, los susurros de los fusilados, la promesa rota de otro futuro. Era el nervio óptico de Dios, si es que Dios era una criatura ciega y sorda.
A mí me constaba lo dicho por Charles Darwin sobre la selección natural. No había duda. La vida era una carnicería con una lógica de hierro. Luego miraba a mi abuelo Paco, con sus manos nudosas de raíz, y a Carmina mi tía, con su mirada de animal acorralado, y no los reconocía dentro de una sucesión meditada y noble. Yo los metí siempre en el eslabón perdido, en la grieta vergonzante del árbol genealógico, la rama que se pudrió antes de florecer. El esperma del cruce con el Neandertal no era un accidente prehistórico; era la vía láctea que manchaba nuestro origen, una galaxia de estupidez y brutalidad congelada en nuestros genes. La otra posibilidad era la Panspermia, una broma cósmica: semen congelado de alguna bestia interestelar caído sobre la sierra de la Bobia millones de lustros atrás, infectando la roca con esta pesadilla de barro y conciencia.
Lo sencillo, lo cobarde, era creer en la anastasis, en palomas blancas y en el sumo hacedor ascendiendo con aquella luz extrañamente azulada, como la de un televisor averiado. Pero en Epicuro se cagaron un día de tormenta, de truenos que no eran ira divina, sino solo el estómago rugiente del universo. Una tormenta que se nos llevó todo el maíz florido, arrastrando la tierra fértil hasta el mismo cementerio donde asomaron fémures amenazantes, las verdaderas raíces de nuestro pueblo, blanqueadas por el sol y la indiferencia. La naturaleza no era madre; era una sepulturera que de vez en cuando enseñaba los dientes.
Podríamos estar yendo todos de un pino a otro, de una sombra a otra, hasta la Silva, o al alto de Penouta, donde escarbaban como condenados el Wolfram para los cañones de Hitler. Nuestra pequeña contribución al apocalipsis global, vendiendo el mineral de la muerte a cambio de unas pesetas que olían a pólvora y a Holocausto. Estábamos para el parte Nacional primero, la mentira oficial con música marcial, y luego, a escondidas, el Internacional de la Pirenaica, la Radio España Independiente donde hablaba la Pasionaria con su susurro suave y a la vez imperioso de fantasma en la casa del Zampo. El Zampo, que andaba como un gorila, otro eslabón perdido caminando entre nosotros, cargando con el peso de una historia que nos aplastaba a todos.
Comíamos castañas asadas que estallaban como bombas en miniatura, un eco de los frentes lejanos en el fuego de la lumbre. En la cocina aún olía a gasolina de aquel sorbo que agitó el inicio del fuego luego del volcán, un recuerdo químico del suicidio fallido o del accidente que era lo mismo. Leche de cabrón – “que tienen leche si se la chupas”, me decían con una risa obscena–, con castañas doradas y nueces. Una comida de bestias, para bestias. Mi padre, que a veces era un hijo puta, también estaba allí, escuchando acojonado por si la guardia civil husmeaba por la senda del Suco. Borracho de vino blanco y metílico, envenenándose lentamente, buscando la valentía en el fondo de la botella y encontrando solo un temblor peor. La noche, en ese estado, perdía minutos de oscuridad cada día, pero nosotros nos hundíamos en una noche interior que no tenía amanecer.
Fuera era Enero. Sobre un pino doncel la escarcha crepitaba rompiendo las agujas. El mundo se resquebrajaba de frío. Habían llegado a Normandía los americanos. Por fin. Nosotros ya sabíamos lo del misterio de los judíos, una noticia lejana y terrible que se colaba por el hilo de cobre y se mezclaba con el olor a castaña quemada. Una atrocidad más en un planeta diseñado para el dolor.
Y entonces, el único refugio, el único regreso posible a aquella placenta primordial: qué tetas más grandes tenía mi madre. ¿Cómo decirte? Esta herencia de chupeteo, de pie incluso, de agarrarme a ese peñasco de carne caliente, chupando las tetas de mi madre con una desesperación que no era de niño. Era la necesidad física, animal, de succionar, de absorberme hacía dentro de ese cuerpo, de desaparecer dentro de mí mismo al mismo tiempo que me fundía en ella. Buscando en su respiración el ritmo de un mundo que no estuviera roto.
Aquel calor en la cocina, un poso lloroso de grasa y aliento sobre las ventanas, empañando el Enero exterior. El olor de su pecho a untaza de cerdo, a sudor y a vida rural, el olor de la especie, de la supervivencia. Y su mano. Esa mano que me acariciaba rozándome como los espinos de las moras: una caricia que siempre dejaba un pequeño rasguño, un recordatorio de que incluso en el amor más profundo hay un poco de dolor, un poco de la zarza de la que todos, al fin y al cabo, estamos hechos.

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