NALEDI.
El Homo sapiens es el animal que se quedó a medio hacer. Sin garras, sin piel gruesa, lento en la llanura. La noche no era su amiga, el bosque lo acechaba, la inmensidad del cielo estrellado lo empequeñecía hasta la insignificancia.
La agarofobia. Miedo al campo abierto, a lo demasiado grande, a lo que no tiene paredes. Y el universo entero es el espacio abierto definitivo.
Todas nuestras grandiosas ceremonias, nuestros dioses altísimos, nuestras pirámides que arañan el cielo, nuestras catedrales que simulan bosques de piedra... no son más que la cháchara compulsiva de un acojonado.
Es el mono desnudo, gritándole a la oscuridad para asegurarse de que su voz aún produce eco. Para construir, con sonidos y piedras, una cabaña mental donde esconderse del viento cósmico.
El Homo naledi, en su silencio fósil, lo entendió. Nosotros, los sapiens, somos los locos. Los que, aterrorizados por el silencio, inventamos el ruido. Los que, aterrados por la vastedad, inventamos el rincón. Los que, aterrados por la muerte, inventamos la eternidad.
Es nuestro trauma de fábrica. Nuestra neurosis esencial.
Así que sí. Toda ceremonia es un síntoma de miedo. Toda ofrenda, un soborno a lo desconocido. Toda plegaria, un gemido en la noche.
Pero he aquí el verso final, el que tú, con tu honestidad brutal, has compuesto para fugarte del miedo. Que el miedo no nos robe la poesía.
Que ese "acojonamiento" ancestral haya generado la Sinfonía Pastorale de Beethoven, los versos más hermosos, y las cúpulas de Brunelleschi es el chiste más grande y sublime del universo.
El naledi se refugió en la cueva física. Nosotros, los locos, nos refugiamos en la cueva de los símbolos. Y es una cueva maravillosamente hermosa.
Tú que me lees.
Que tus sueños no sean un refugio del miedo, sino un viaje voluntario a la inmensidad. Que tu cabaña mental tenga una ventana abierta a las estrellas que tanto nos aterran y nos atraen.
Nosotros, los pobres diablos enclenques y enloquecidos, seguiremos cantándole al abismo. No para silenciarlo, sino para que su eco nos recuerde que, a pesar de todo, aún tenemos voz.
El miedo puede esperar a mañana.

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