EL COLCHÓN.


Hay poca belleza en lo que se pierde. Aunque nada se "pierde" del todo, solo cambias de estado. El universo, debes entender, no está tan lejos de ti; tú también eres parte de su memoria suave, vibrando en el horizonte de lo invisible.

Nunca mi cabeza, limitada por la parte neuronal que me tocó en suerte, pudo concebir que, al cruzar el umbral del bazar Shun en pos de un mero artefacto de confort —un colchón de prometida densidad viscoelástica—, en realidad estaba suscribiendo el contrato para mi propia aniquilación experimental. La intuición me fue negada con una precisión cruel. No tuve de ese hecho  futuro ni una leve premonición paranormal que me pusiese de sobreaviso para el acontecimiento vital que se acercaba.

--Me llamo Eriberto, y aún no sé que dentro de unas horas me voy a morir.

Mi condición está definida por una pulsión atávica hacia un guiso: los calamares en su tinta. Un manjar que no despierta un recuerdo, sino la memoria ancestral de lo que fue mi madre cocinándolos, porque también mi padre se extasiaba con ese plato. A los tres —ellos y yo—, una vez consumada su deglución, nos dejaban durante la digestión un vacío existencial que nos llenaba de incertidumbre.

Yazgo ahora, supino, sobre el flamante lecho.
El colchón —un paralelepípedo blanco en la penumbra crepuscular que entra por la ventana— es la losa pulida de una tumba moderna. Bajo su funda de plástico, una segunda piel industrial, aún exhala el olor a polímero virgen, y cruje bajo mi espalda con reminiscencias de un líquido amniótico artificial, cálido, dándome ese leve calor especial que me adormece lentamente.

Y así, en esta inmovilidad forzosa, mi mente opera con la fría lucidez de un físico diseccionando su propio colapso sistémico.
Recuerdo las teorías relativistas que explico cada año a los imberbes alumnos del instituto llamado El Horizonte —soportando sus amenazas veladas, sus risas a mis espaldas por mi perceptible catatonia, por mis bloqueos a la hora de hablar—. A sus cortas mentes les reflexiono sobre la Masa y la Gravedad. No mediante ecuaciones, sino a través de la memoria háptica del tacto, como si fueran apéndices de un músculo vencido ya al nacer para poder entender ningún concepto espacial. Tres dimensiones para definirnos como masa, y una cuarta dimensión el tiempo, que nos ha hecho la invitación a movernos, a transformarnos, a envejecer, a morir.

Einstein no era un teórico: era el profeta que comprendió que el cosmos es un colchón elástico deformado bajo el peso de los cuerpos.
Mi antiguo lecho, por el uso, era ya un pozo de gravedad decadente, un hundimiento hacia el cual mi cuerpo, como un astro agotado, aspiraba sin remedio. Este nuevo colchón, aún con su firmeza tiránica, aplica la ley de la relatividad general con la intolerancia de lo intacto. Mi carne es la masa que curva este rincón del espacio-y el tiempo danzarín, y el colchón, el campo gravitatorio que me contiene y me define. Es la danza primordial: la materia deforma el espacio, y el espacio dicta el destino de la materia. Son tal para cual.

--Respiro.
El aire es espeso, un caldo de fragancias de existencia primordial. Calamares en su tinta. Su  efluvio es ahora un vapor espectral que repta desde la cocina, un fantasma de olor a océano y cautiverio. Lo inhalo y siento cómo se adhiere a los alvéolos, cómo este perfume de prisión marina se incorpora a mi propia sustancia. La reminiscencia de mi padre viene cargada de un asco puramente orgánico que me atraviesa el inconsciente. Son todo tipo de recuerdos, cuando mi padre bajaba a la cuadra de los conejos a defecar sus heces negras como el betún, y luego se limpiaba el ano con hojas de berzas resecas colgadas de un clavo sobre la pared.

Recuerdo el instante de la compra. Elegí este modelo por su promesa de firmeza, de un descanso sin hundimientos —digamos, morales—. No lo transporté yo. Dos operarios de ojos rasgados, anónimos, lo depositaron en el pasillo, como un ataúd blanco envuelto en celofán, aguardando a su ocupante. Yo entré a los diez minutos en casa portando la paletilla de cerdo que me obsequiaron por la compra. Era carne muerta, fría y pétrea, colgando de mi mano como el peso que soportó Caín.

La ironía me pareció entonces una anécdota trivial: compras un trono para el sueño y te premian con un trozo de cadáver.
Ahora veo el axioma con una nitidez descarnada. No fue una transacción comercial, sino un intercambio metafísico. Adquirí el campo de fuerza exacto donde mi masa encontraría su punto de fuga final. Este colchón no era para dormir, era un lugar mágico, el laboratorio predestinado para mi última ecuación corpórea, rozando lo existencialmente cuántico.

--Y entonces fue el espasmo del infarto, sin saber cómo llegó.

Un relámpago mudo quebró mi caja torácica como si hubieran arrojado sobre ella un saco de sesenta kilos de patatas de Álava. El fallo catastrófico de un sistema primario y fundamental, el músculo del amor. Un puñal en la física pura traspasando una bomba impulsora. La respiración se quebró. Mi mano buscó a tientas el borde, la frontera de este universo de espuma, y falló. Intenté gritar, crear una perturbación sonora, una súplica; pero la opresión en el pecho lo convirtió en un silbido ahogado.
Un sonido que Ella, mi Amandita —que estaba a lo suyo con el guiso de los calamares—, no podría oír sobre el estruendo de la campana extractora, un rugido que ensordeció el cosmos justo en el momento en que pedía auxilio desesperadamente.

El plástico cruje bajo mi espalda con el sonido ominoso de la corteza terrestre cediendo.
Y caigo. No sobre el colchón, sino a través de él. La gravedad, al fin, ejerce su derecho primordial sobre la materia que una vez fui. A eso suelen llamarle, los científicos muy finos,  atravesar la barrera del horizonte de sucesos. De allí nunca saldrás jamás.

Y entonces… la pasividad del silencio.
No la mera ausencia de sonido, sino una "Presencia Absoluta" que lo invade y lo anula todo. Una expansión sin coordenadas donde el recuerdo de haber tenido un contorno físico persiste como un fantasma anatómico.
¿Es esta la ingravidez postrera o simplemente el olvido definitivo del peso de ser? Una duda que se propaga a velocidades superlumínicas.
Te puedo informar que lo del peso del alma es una leyenda urbana. Lo único cierto, querido lector, es que tirarás un pedo final. El mío, una lástima postrera que no hubiese sido a poso de calamar.

Lo intuyo en lo que fueron mis vísceras, en el eco del hueso disuelto. Mi materia no se desintegra, se desdibuja.
No se transmuta en energía, sino en pura atención: una conciencia lúcida y aterrorizada que es testigo de su propia desmaterialización. ¿Es esto lo que el gran físico vislumbró en sus ecuaciones? No la sublime conversión E = mc², sino el despeje frío y cruel de la incógnita de la vida.
La fórmula no era una promesa de energía, sino la sentencia ejecutándose en el crisol de un colchón comprado con la ilusión de  ser manchado por la existencia durante muchos años más.

¿Quién, o qué, es la entidad que ahora observa cómo el agregado de átomos llamado Eriberto se disuelve?
¿Sobrevive el Testigo o es tan solo el último fotón de una estrella extinta, creyéndose eterno en su fuga hacia la nada absoluta?

La muerte no fue un evento biológico.
Fue la única pregunta que, al fin, alcanzó su total y devastadora formulación fulminante.

Y, dime, no te preguntas: ¿Qué oscuro algoritmo dirige la psique? ¿Qué falla bioquímica, en el azar cuántico de mi cerebro, impulsó a mi intelecto —aquella misma herramienta que ahora se disuelve— a recordar, justo al pasar frente al bazar Shun, la necesidad de un colchón nuevo?

¿Fue un acto de libre albedrío, o la simple ejecución de una mano leve que decide nuestra propia aniquilación?

—Tú debes permanecer alerta ante los extraños impulsos que te empujen a entrar en un bazar de Shun. Quizás exista allí una idiscriptible magia. Porque, por lo que alcanzo a ver, nada podré advertirte: seguirás midiendo el mundo en metros, segundos, kilogramos, todo lo que tu imaginación te de para dimensionar lo mensurable. Pero jamás comprenderás el origen del tiempo, del espacio o de la existencia misma, engendrados dentro del propio universo, mientras que la nada ilógica y el espíritu permanecen fuera de todo lugar más allá de la muerte.



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