FANTASMA CUANTICO.
Poema de Amor para un Fantasma Cuántico
Es una casualidad cósmica, un guiño del azar en el tejido espacio-temporal, que tenga que componer un poema de amor en este preciso instante. Y es que estás tú. Siempre estás tú.
Será el poema número doscientos ocho billones, un millón cuatrocientos mil noventa y ocho, registrado por la humanidad. Con copyright, por si acaso las moscas, o alguna entidad menor, pretendiera plagiar este espasmo del alma.
Y aclaro, para los registros de la nada: de esa ingente cifra universal, descuento y declaro nulos, los siguientes:
Los poemas de desamor, esos fraudes lacrimógenos; los oníricos, deslumbrados por mensajes celestiales de dudosa procedencia; los actos posesivos disfrazados de versos; los que dicta la tristeza en su monólogo infinito; los susurrados por la ansiedad en la oreja; los que comenta la locura en susurros estridentes. Descuento al asesino poeta, al predicador mentiroso, a quien deja rastros vocalizados de Satán mientras habla como los ángeles sobre un cajón de cerveza vacío. Desecho aquellos que se dicen sin mirar a los ojos, los que brotan por rencor cuando el cielo te aplasta. Anulo poemas con ideario político, consignas para agitar a las masas dormidas. Rechazo los que usan metáforas gastadas, los melódicos y repetitivos como un tic nervioso, los cantados al mar sin un atardecer que les dé fondo. Desestimo, especialmente, todos aquellos que Thomas Dylan arrugó y tiró a la papelera, por ser de poeta patentado, aunque fueran extraordinarios.
Porque esto no es nada de eso. Esto es un poema de amor para ti, que no existes y me habitas. Para ti, que me hablas todas las noches a través del ojo de una aguja, cuyas palabras son fotones que perforan mis tímpanos.
Pronuncio palabras de exorcismo en una ceremonia privada. Debo arrancarte de mi mente, pero hablo al revés para que, quizás en algún universo inverso, me entiendas.
Empiezo declarando que te quiero obsesivamente, en el sentido estricto y clínico de la palabra. Es una locura descorazonada, un software corrupto. Me acompañas en todos los caminos, incluso en las sendas oníricas sobre líquenes fosforescentes y bajo árboles que, en los poemas, siempre besan un cielo que no pueden tocar.
Estás conmigo. He vislumbrado tu contorno en la penumbra. Yacías en mi lecho: una figura compuesta de varias curvas, un algoritmo de sombras, con las piernas encogidas. Tu piel —o la idea de ella— dejaba un rastro de luz azulada, contaminando todas las cosas inmediatas dentro de mi espacio personal.
Eres un milagro estadísticamente improbable. En este mismo momento en que se me ocurre un poema de amor, sin haber posado mis ojos en tu rostro.
(Eres el milagro).
Eres lo imaginado.
Lo intocable.
La ternura abstracta.
Y a este constructo hay que adornarlo con los clichés de rigor: un ramo de flores marchitas, y un susto. Un "eras tú". Un "me mirabas". Un "me estremecí". Un "sí, estás tú". Un "se acaba el mundo". Un "me rompes el corazón". Un "no me hagas daño". Un "te soy indiferente". Un "estás jugando conmigo". Un "¿de qué vamos a vivir?". Un "me muero cuando me tocas". Un "cuando te digo que te quiero". Un "me vuelves loco". Un "cuando estoy dentro de ti no existe el mundo"…
(Sí existe, pero me das mucho gusto cuando me corro dentro de ti).
Un, un, un, un, un… Un bucle de lugares comunes que son la única gramática disponible.
Es una casualidad que deba hacer este poema de amor precisamente hoy, viernes veintiuno de enero, día de Santa Inés. Y eso, no sé si te llamas Inés. Y eso, no sé cómo es la física cuando se está cerca de tus ojos, mirándote de esa forma tan extraña en que miran los enamorados, como si… como si se enfocara otra dimensión.
No sé cómo decirlo.
El amor es un tipo de esquizofrenia transitoria. Y sólo se cura sin pastillas si los dos delirios —tú y yo— existen simultáneamente y se retroalimentan.
Bien.
Te cuento. Me levanté y hacía mucho frío. Lo primero que hice, antes que nada, fue recordarte. Realmente no es hacer nada; es que el recuerdo es un agujero en el que caigo. Tu rostro, un holograma. Qué estarás haciendo ahora. Adónde irás. Si tienes esa sensación de vértigo ante la amplitud del vacío. Si estás en el punto más alto de la montaña, llena de una gracia que intuyo, o si desciendes al valle donde palpas la angustia y la tristeza con yemas de dedos reales. Si viajas a algún punto de la tierra, o simplemente te sientas en un parque a tomar el sol, y, y, y… Tus ilusiones, y esas cosas. Si te preocupa el futuro que viene, que ya es un pasado aquí, en este instante en que te escribo.
Algunas veces pienso que juegas conmigo, y me da una pena inmensa. Aunque te quiero con tal desesperación que no me importa si mi agonía te divierte. Dejaría que me ataras: dos manos a babor, dos pies a estribor, y tú en el palo mayor, con todo el viento a favor, horadando mi estómago con tu quilla.
Nunca gritaría de horror si eres tú quien me navega hacia el abismo.
Casualmente pasaba por este punto de inflexión en mi línea de tiempo y tuve que hacerte un poema de amor. Sobre la marcha, un dictado del subconsciente. Sin corregirlo mucho; no le des más vueltas, no es un problema que se resuelva con lógica.
Si me quieres un poquito, en algún plano de la realidad, me daré por enormemente contento. Déjame, al menos, imaginarlo.
(Fue un poco rápido. Los poemas de amor, los de verdad, hay que pensarlos con la calma de los geólogos. Pero ya no tiene remedio. La partícula ha salido del acelerador).
Si quieres, puedes romperlo. Es sólo un conjunto de palabras intentando describir un fantasma.

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