TRIGO.
Qué actos tan inocentes y a la vez tan profanos cometíamos. Desnudarla con miradas que pretendían candor, o inventar juegos de escondite para que el destino —y no nuestro deseo— nos arrojara el uno contra el otro detrás de los viejos almacenes de trigo. Cuatro cilindros que iban hacía el cielo como una gran fortaleza medieval.
Tú no sé si sabes lo que es una lluvia de trigo.
Nadie puede saberlo realmente.
No has visto cómo el grano abandona su estado sólido contenido y se desplaza en torrenteras doradas, formando coletas líquidas que desafían la física, como si la materia misma dudara de su propia esencia y se desintegrase con su peso enorme, disgreandose en un polvo dorado que ahoga la respiración.
Todos los años, por septiembre, cuando el tiempo cumple su paradoja y se pliega sobre su propio inicio, regreso al lugar. El tubo largo, ese cilindro herrumbroso que muestra sus tripas de ladrillo derruido entre brezos, zarzales, y maleza aún permanece. No es una reliquia, sino una columna de Hércules que no sujeta nada, un monumento a un esfuerzo que quizá nunca existió, y que es un mal sueño. Si te digo la verdad —una verdad que ya no sé si creer—, aún germina el trigo después de cuarenta y cinco años. Lo observo en ese tallo encorvado que se eleva con su carga de grano, un milagro absurdo y repetitivo. Y entonces me asalta el recuerdo de aquella tarde, escondidos en la primera penumbra del atardecer, jugando a encontrarnos hasta que, por un designio que hoy llamaría contingencia pura, aquella puerta de madera cedió de repente con un estallido, y sin t.iempo para huir.
Cedió ante el peso de lo que pudo ser —el posible pan nuestro de cada día— y se abrió un amplio hueco entre las tablas podridas. Y el trigo cayó. No cayó, se derramó sobre nosotros como una lluvia áurea, un bautismo de partículas de un ser inexistente y, por tanto, terriblemente mágico. Me machaca en la sien aquella oscuridad. Mis brazos buscándola, y al fin la luz, mi boca abierta buscando el aire entre la luz. Al final del tiempo, que es un punto sin dimensión, puede decirse que era un dieciocho de septiembre, con un cielo de un azul cruelmente perfecto.
Ella.
Ya no sé si habita en algún lugar del cielo —por decir algo—, o de la tierra, o si acaso fue solo una vibración en el campo de probabilidades que mi conciencia erróneamente solidificó en forma de recuerdo. Y vive ahí, en ese lugar. En el recuerdo.
--¿Ves? He aquí la cuestión.
De todo aquello, de la memoria, del polvo dorado del trigo, y del amor que quizá solo fue una configuración efímera de la materia… por ahí, entre las grietas de lo real, dentro de no sé cuántos años, cuando ya ni exista, nacerá un grano, saldra un tallo de trigo. Te lo juro. Un solo grano que contendrá todo el universo posible y su inexistencia, esperando germinar en el próximo vacío, para decir que ella aún permanece ahí, enterrada, para nacer de nuevo.

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