BERBERECHOS.




Ya casi sin voz. De esa forma. Casi sin voz.

El suelo era frío. Una losa de mármol contra mi costado casi desnudo, mientras arriba, el montículo de su barriga subía y bajaba con un ritmo de fuelle roto a veces. Ocho minutos. Llevaba ocho minutos en este equilibrio absurdo, equidistante de todo menos de la cama, con la mano aferrada no para levantarme, sino solo para elevar un poco la cabeza. Mis gritos, sordos, se perdían hacia el norte, el este, el oeste. El sur, un territorio vedado por la rigidez de mi cuello. Las sábanas, mi sudario arrastrado en la caída, me protegían de la brisa pero no del frío que ascendía de las baldosas. Y el olor. Siempre el olor. No a sudor o a cerdo, sino a agua salada y metal, el aroma fantasmal de los berberechos flotando en sus latas, las mismas que ayer, a media tarde, le pedí a ella que me trajera. "Sácame otras dos latas de la alacena, (joder). No quiero cucharilla del café, las voy a beber, ya sabes que siempre las sorbo".

Ese sabor a deformación vulvar, "cliptoriana", a obsesión que llena la alacena y tapona el patio de luces con  maś de cuatrocientas setenta y ocho latas vacías. Un muro de hojalata contra el mundo. Un muro contra el silencio de los vecinos de abajo, que ya no se oyen. Mi mujer dice que quizás él la mató. Yo no huelo nada. Solo a berberecho. Es el mismo olor que se me queda en los dedos después de sobarme los huevos, incluso con traje, en la calle, cuando hablo ante alguien me arrasco los huevos. El olor a rancio que ella detesta. "Guarro, guarrón, ni te lavas", me dice, cuando me huelo la mano después de tantearme las posaderas en la cama, panza arriba, o cuando, en los días santos, saco bolitas de pelusillas de la raja del culo. Actos pequeños, miserables, que son islas existenciales en este mar de incertidumbres que me embarga.

Como la sombra del armario a mediodía, una línea difuminada que recorre la alfombra. La miro hasta que me duermo. No pienso en nada. O quizás pienso en todos los recuerdos: en el fraile, emborcada la capucha,  sin cara, allí en la oscuridad cuando tenía siete años, cuyo beso en la boca dentro del confesionario olía a incienso, a cuarterón, a mimosas secas, a potorro de vieja y a pan de centeno lleno de sardinas. "Plañíamos canciones a maría que madre nuestra es muchas voces  sonaban a hueco", entre deposición y deposición del sumo hacedor apoyado sobre dos cordilleras. Una gran cagada. Todo era una gran cagada entonces, y lo sigue siendo ahora, mientras ahora mismo intento gritar y no sale sonido de mi boca.

¿Me tiró ella de la cama? ¿O fue el cólico, aquel dolor de ahora mismo, aquí, donde tengo la mano? "Como si te follaran por el culo con unas tijeras. Y las abriesen dentro". Y el pecho este profundo dolor pesado, como un aguijonazo que me hizo levitar. "No vuelvo a comer otra puta lata de berberechos". Pero es mentira. Lo sé. Mañana necesitaré el sabor, la seguridad metálica de la lata entre mis manos. Es la única geometría que entiendo. La única línea recta en un mundo curvo. Se lo intenté explicar al niño grande del tercero, a ese que me da pena ver que su madre lo ha educado, cogido de la mano en un silencio espeso y respetuoso. "Un grado es una cosa muy pequeña que se curva", le dije, mostrándole los cartabones traslúcidos. Su madre, que no tiene ni puta idea, se metía por el medio. ¿Qué será del niño cuando ella le diga, tu solito, tan apocado? La pregunta me asalta cada vez que los veo salir del ascensor, y se desvanece tan pronto como pasan, olvidado, como todo.

Todo excepto los berberechos y el dedo de mi mujer, para la única fantasia que me hace sin amor, el zurdo, el que no tiene la uña preparada, ni pintada siquiera, cuando me hace una "paja" y me lo mete por el culo, moviéndolo al unísono, el dedo índice derecho. Me escarba. Como me escarba el olor a acetona cuando se limpia las uñas, o el zotal contra las cucarachas, o el pino para enmascarar los pedos a huevo perdido en el coche. Olores que son agujeros en la realidad, como el olor a placenta de vaca y orujo que traje de aquella Semana Santa con siete años que me mandaron a la ciudad para empezar a sufrir como un niño grande.

Ahora, aquí, en el suelo, el único olor es el de los berberechos. Otra vez. Un olor que es un sabor y viceversa, que es un dolor, que es una memoria. Ronca ella medio destapada. Arriba, completamente desnuda, sudando como una cerda. Y yo aquí, preguntándome si estos instantes de silencio estridente, de gritos que no prosperan, son "esos instantes antes de morirse".

¿Esto ya no es la vida?

¿Qué será entonces?

¿Estaré vivo?

No hay nada malo en sospechar que ya estás muerto. La sospecha es, al fin y al cabo, lo único que me queda. La sospecha y el frío de la losa, el contorno ovalado de su barriga subiendo y bajando ahí arriba, y el eco de mis propias latas vacías, cayendo una a una en el abismo del patio de luces, construyendo mi tumba de hojalata y sal..., ya casi sin voz para pedir ayuda.

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