EL EXORCISTA.

 



--"Mira que te lo dije".

--Cuanto antes. Llámalo. Se lo dije varias veces.

Ya desde hacía casi dos años que El Padre Rogelio se ofrecía en las Páginas amarillas.

A la casa donde está exorcizando el exorcista se llega por una escalera larga. Un tramo de peldaños de madera carcomida que se elevaba como una cicatriz en la fachada lateral de la vieja vivienda del antiguo municipio de Almansilla de los Condes. Un buen trecho de peldaños aunque seas la Muerte. Ya vieja. Que vas, con tu capa negra hecha jirones pasando el frío del anochecer, para ver el sainete diario y pasar  el tiempo. En vez de acercarte al bar y llevarte al limbo de los justos a un pavoroso arrivista lleno de metílico.

Noviembre había echado el cerrojo sobre Almansilla. El aire olía a tierra mojada y a leña quemada de roble. Dentro, en la habitación alta, el mundo se torcía. Allí, por una ciencia perversa, por un quiebre en la costura de las cosas, hay un milagro: si miras de frente  tu mismo te puedes ver el culo y la barriga al mismo tiempo. Es la primera regla del exorcismo: la geometría de Dios y Euclides se desmorona y el alma da vueltas sobre sí misma, en un bucle infinito de asco. Del alma sucia. De alma descoyuntada. Sin esperanza el alma por seguir viviendo.

Te sueltan el desayuno. La merienda. Reciente. O el menú de ayer. Casi mierda. O el de la semana pasada que aún reptaba por los intestinos. Digerido a medias. El olor se mezcla con el incienso y el sudor frío, un perfume para ahuyentar a los ángeles buenos. Algo de pachuli había con su fragancia, aún había, sí, mezclado con trazas de cierta fe en los arcángeles.

De todas las cosas, cuando voy de retirada (porque yo soy un testigo, un ojo en la penumbra, el que no debería estar pero siempre vuelve), lo que hago es esto: me paso por allí. Subo. La escalera cruje bajo mis pies con un sonido a huesos de madera viejos. Lo hago por si el cura loco cae sobre mi a través de la ventana del último piso, bajo la misma pendiente del tejado de la casa. La ventana como un ojo. No vaya a ser la muerte muerta. Con cuidado voy. Una mirada hacía arriba. Uno nunca sabe de qué lado caerá el golpe cuando Dios y el Diablo forcejean, inyectados de sexo, por un mismo trozo de la carne en forma de melocotón de una niña con cara de muñeca. Boca de muñeca succionadora de pollas por orden del mismo Satán.

El espectáculo. A esas horas, cuando el cielo es una losa de plomo y el pueblo se enciende blanquecino ante el televisor para gozar con las guerras, es de lo más sórdido. Antes del telediario. Se te quita el apetito para lo más inmediato.

Y en el centro de la habitación al lado de la cama, a lo suyo. El Padre Rogelio, con su rostro cavado por el cansancio y la fe rabiosa. Aún. Sudando su "divinity" en aquel amplio cuarto helado. --De mi sólo ven el vapor de la respiración--. El crucifijo erguido, no como un símbolo, sino como un arma, un cuchillo de plata clavado en el aire. Y la niña, Ariel, o la cosa que lleva dentro, a su bola,  con su voz de bebedora de coñac, retorciéndose en la cama. También levita. El Diablo no gruñe; susurra. Y le está diciendo sus deseos al cura. Le  menta la puta madre que lo pario. Le enumera, con una voz que es como seda rasgada, todas las cosas que le hará a su alma cuando lo tenga en el infierno. Le describe los pecados del pueblo de su infancia. Sodomizado. Y el, luego, sodomizando. "Penerasta". Los secretos que Rogelio creyó enterrados. Su puta madre es esa vocecita que le habla de cosas de su inconsciente como si le fuera a dar los kelloggs antes de ir al cole de las "Hermanas de la Divina Compasión".

Penumbras. Luego... Luz azulada. Luz difuminada. Luz de Belzebuth.

Un silencio pesado, como el de un cuerpo que cae al vacío. La lucha cesa un instante. Y la luz se vuelve más extraña. Aún. Abajo, en la cocina, la madre, Azucena, prepara el té. Sus manos tiemblan sobre la tetera. Es un ritual de normalidad en un mundo que se ha desprendido de su eje. El agua hierve, el vapor empaña el cristal de la ventana. Es lo único caliente en millas a la redonda.

Para acabar. Ya. La jornada. El Padre Rogelio baja, derrotado y victorioso a la vez. Se sienta a la mesa de la cocina. Azucena le sirve una taza. No se miran. No hay palabras que sirvan. Beben el té amargo, mirando la mesa de madera. Temiendo el extraño silencio retornado.

Y arriba, en la habitación que huele a vómito y a miedo, el Diablo. Que sigue. Dentro de Ariel. Esperando a que la luna nítida se ponga y vuelva a empezar el sainete.

Luego, sí, luego. Se espanzurrará el padre. Luego otra vez ese silencio. Tienes que saber que el mal que llevas sale a veces, y no te das cuenta. Sí. Que deberías llamar al Padre Rogelio, a su número de de teléfono de las Páginas amarillas. Con tu caso.

--Cuanto antes. Te lo dije varias veces.

Ya no llames ahora. Ahora ya quitaron el anuncio.


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