EUTONIA.
Estando allí acostado panza arriba, entre el zumbido sordo de la calle al mediodía, se me vino aquella idea de conciencia. No una idea cualquiera, sino una certeza áspera y repentina, como una piedra que se desprende y cae en el silencio de una cueva. Yo digo que tengo conciencia cuando pienso, cuando ese mecanismo interior, oxidado y chirriante, se pone en marcha para tallar un "yo" atemporal en la nada. A la situación contraria, ese estado de ausencia beatífica o estúpida, usualmente le llamo “Alelamiento”. Término científico “acuñado” por mí para describirme a mí mismo y describir a los demás en esas situaciones en las cuales se observa, con una claridad aterradora, que alguien, aún estando físicamente anclado a este mundo, su apariencia psíquica indica que está en otra parte, quizás en una galaxia más simple o simplemente disuelto en la calma atroz de la inconsciencia.
Como digo, estaba panza arriba, en plena canícula, ese calor que no acaricia sino que aplasta, desnudo sobre la cama revuelta, tal como soy ahora —no como me trajeron al mundo, inocente y limpio de historia, sino como la vida me ha ido dejando: un documento de mis excesos y negligencias—. Y en un acto de suprema ironía o de desesperación última, me puse a hacer una eutonía. Así que acomodé una pequeña almohada, fría y dura como una losa, bajo mi nuca, y comencé el proceso como mandan los protocolos, observándome con el detenimiento cruel de un entomólogo que estudia un espécimen raro y decadente.
Me vi. O intenté ver todo lo largo posible, quiero decir, todo lo que soy como YO consciente, ese territorio hostil que habito. Sinceramente, era una vista desagradable, una geografía de la derrota: tetas de macho abultadas, sacos de grasa y resignación, con vello abundante y negro como un bosque en torno a unos pezones muy prominentes, erectos no por el deseo sino por un frío interno que nada tenía que ver con el calor exterior. La barriga, oblonga y muy alta, desafiaba con su prominencia absurda la ley de la gravedad, como un monumento a la inercia, poblada por un ombligo extremadamente enrojecido, una espiral de carne viva en forma de flor de geranio marchita, ampliamente rodeado también de un “vellocino” rubio, sucio, crecido a matas, como maleza en un solar abandonado.
Para verme los huevos tuve que levantar con esfuerzo la cabeza, un acto que me dejó sin aliento. Estaban allí, tirados sobre mí, displicentes, lejanos, como dos frutos olvidados después de la vendimia, ligeramente acojonados por su propio peso y por el paso del tiempo. No digamos nada de la “vaina”, un término ridículo para esa cosa pálida y vulnerable, con todo el prepucio arrugado como el papel de un caramelo ya consumido. Lo siguiente eran las piernas, semejantes a dos palillos de tambor, inusualmente delgadas en su proporción ósea, una arquitectura fracasada en comparación al resto de la estructura descomunal que tenían que soportar. También estaban llenas y profusas en vello, y en las pantorrillas afloraba un brillo sudoroso, casi reflectante, como el caparazón de un insecto. De los brazos, mejor no hablar; sólo resaltar en este punto un gran sobaco, una cueva húmeda y oscura, muy habitada por seres desconocidos y fragancias de extraña catadura, un ecosistema personal que olía a olvido muy rancio.
Así, descrito y observado en mi plena y miserable realidad, empecé la secuencia: “entuniarme” armoniosamente. Era el contrasentido más grande, un canto a la gracia desde el centro mismo de lo grotesco. Primero con pequeñas tensiones relajantes de brazos, piernas, y encogimientos de panza en varios ejercicios y en secuencias repetidas, tal que con temblores de la danza del velo, un espasmo que pretendía ser elegante. Todo suave y sin prisas. Como intentar domar un animal salvaje y enfermo con susurros. En todo eso que digo, describo cómo me cogía el glande, después de escupir sobre mi mano, en el intento de masturbarme.
En eso consiste, al fin y al cabo, la ciencia de la conciencia. En este forcejeo absurdo entre la imagen que tenemos de nosotros y la cosa que somos. La eutonía es lo que tiene: te promete el dominio del cuerpo, pero solo te muestra, con lupa implacable, el abismo entre la intención y la carne. Y en ese abismo, yo, desnudo y sudoroso, observando cómo mi YO consciente no es más que un náufrago en un mar de tejido adiposo y huesos mal dispuestos, tratando de no ahogarse mientras me aflojo lentamente.
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