LAVADORA.
Cuando la lavadora centrifugaba, yo miraba al tambor y me caía patas arriba, hipnotizado. He de decirlo. Era un instante preciso, un vértigo matemático. Puedo decirte, incluso, en qué vuelta iba: justo en la séptima, cuando el motor alcanzaba un gemido agudo y el mundo exterior se disolvía en una mancha blanca que giraba sin propósito.
Ella me posaba la mano en el cuello, una losa fría sobre mi pulso, y me decía: acuéstate. Y no era una invitación, sino la enunciación de un hecho. Su mano iniciaba entonces la ruta de la seda, un recorrido lento y venenoso por mi clavícula, el valle entre mis costillas, como si trazara el mapa de un territorio que ya no me pertenecía. O, en sus otros días, días de hosquedad y sombra, ella iba a orar al muro de las lamentaciones, que era mi cuerpo, dándome la cabeza vueltas con un murmullo ininteligible, una letanía que no pedía perdón sino sumisión.
Cuando se posaba sobre mí, era alentador su movimiento. Un mecanismo perfecto y ancestral que anulaba el pensamiento. Por la ventana, bajaban palomas a una terraza repleta de azulejos marrón, un aterrizaje gris sobre un fondo de barro cocido. Más allá, en el cielo sucio del crepúsculo, las gaviotas caían en picado en busca de algo, tal vez los restos de una cabeza de gato siamés que yacía olvidada en un tejado. Eran signos, augurios de un mundo que proseguía su curso brutal.
Y yo, mientras tanto, navegaba aquel mareo en los Urales, perdido en una cordillera de hueso y carne. O atravesando, naufrago voluntario, el cabo de Buena Esperanza, donde toda esperanza se convertía en la sal amarga que inundaba mi garganta.
Se acercaba todo su peso a mi boca. "La abres." Una orden. Y yo lo hacía, muy lentamente, como si mi boca fuera un platillo volante, una nave absurda preparándose para un viaje sin retorno. Su culo y toda la parafernalia de su coño, ese universo en sombra y laberinto que se extendía debajo del ombligo, se cernían sobre mí. Me lo daba. O quizás, me lo arrebataba.
Sobre la pared, en una televisión siempre encendida, James Dean miraba torcido desde el fondo de una carretera polvorienta, su rebeldía eterna reducida a un decorado de cremas suaves y colores definitivos. Yo absorbía aquellos paisajes muertos, mirando entre sus muslos, buscando una salida en aquella geografía sin mapa. Todo era definitivo, como los colores de la tele, y tan efímero como la imagen en la pantalla.
Y entonces, la sensación. Aquella certeza física y metafísica de que si bajaba pronto, si me sumergía un segundo más en aquel mar sin aire, me moriría asfixiado. No era una metáfora. Era la ley de la gravedad aplicada al éxtasis y al pánico. No sabes lo que es eso. Nadie puede saberlo. Mientras se hace la colada, mientras la máquina sigue girando su carga blanca en la séptima vuelta, ella, abierta de piernas sobre mi cara, es tanto la dádiva como la lápida.
Sé, ahora, que mi boca ya tiene la forma de su coño. Una hendidura, un suspiro tallado en carne. Un molde vacío que solo recuerda, con terror y con nostalgia, el peso del mundo que una vez lo llenó.
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