POLVORA



Llevaba a cuestas un sarpullido mental. Robert Capa hizo instantáneas maravillosas mientras la Luna se caía sobre Extremadura. Por las sierras de Madrid, las piedras estaban desgastadas por el viento de Dios. Todos ellos bajaban a retaguardia y se abrían el pecho para recibir besos, o la levedad de alguna mano de niño; para que les posasen sobre sus pelos blancos, en forma de sortijas, alguna flor roja.

Indistintamente.

Todas las cárceles eran un frente. Y los dedos abiertos esperaban entre los sacos terreros, suplicando a los muertos que les cerraran los ojos. Ellos estaban allí, altruistamente, escuchando canciones. De los olores no hablo. Del sufrimiento que intuyo en las imágenes. Mis ojos se clavan en el blanco y negro, buscando durante muchos minutos las vidas que laten tras instantáneas llenas de tragedia. Vislumbro lo que las palabras describen, una y otra vez releídas, por si capto algo que me trasporte, soñando despierto con los ojos cerrados, tal como hoy, cinco de julio de 2011.

Me rasco los huevos sobre un colchón nuevo que huele a viscoelástica Flex y doy gracias por no haber vivido una guerra. Por observar las guerras ajenas en África, en Oriente Medio, o por donde Buda se sentó a contemplar, o por donde los ojos oblicuos van descalzos. O las guerras imploradas por los guerreros mexicanos del narco. También doy gracias por no tener un cacharro tuneado por un negro de fuertes pectorales en las calles de Miami. Por no tener la piel de un nórdico arrasada por el sol. Aun así, aquí, echado sobre este colchón Flex, añoro de aperitivo un culo grande de negra. Que se dé la vuelta, que me coja a horcajadas por la nuca y me meta la boca abierta en su coño. Que le dé vueltas como un estropajo y me haga beber todo su néctar grasiento, como a un niño de teta.

Ayer dije que tenía un nanosegundo de edad.

Amanece en Gijón, absolutamente. El mar no es cruento. Las gaviotas se abanican en el aire. Ha subido hasta mí el portentoso olor a algas. Paso la lengua sobre las encías y me adivino descubriendo rincones inexplorados de mí mismo.

Pude haberme hecho un tacto rectal.

Necesito una bocanada de flujo dentro de la boca.

Y eso, de una puta vez.

«Desnúdate. Ven. Siéntate despacio sobre mi cara.

Muévete al ritmo de una danza maorí. Hazte diez hakas seguidas.

Cágate encima.»

Han vuelto a retratarme en blanco y negro, en mi postura más agraciada.

Ayer dije que tenía catorce mil millones de años.

De ayer a hoy…

¿Cuánto hay de ayer a hoy?


Y me digo que el fin del mundo está donde tú deseas que esté. No hace falta bajar, como Jacques Piccard, a más de diez mil metros con un tubo en la boca. Ni buscar el nido de medusas del Capitán Nemo entre peces completamente planos. Que no te cuenten el cuento de Roald Amundsen en el Polo Sur; que no te creas los viajes de Marco Polo. El fin del mundo está aquí, sobre un mullido colchón Flex apoyado en un tabique verde.


Y ahora pienso que haber vivido fue difícil a medias.

Que es difícil saber que tengo que seguir viviendo.


Cuando me hago tactos rectales a mí mismo, quedo insatisfecho. A veces, certeramente, miro páginas de chicas de compañía y me hago una paja de doscientos euros en una hora. Luego piso los billetes y me los guardo en el bolsillo izquierdo.


Aun así, envidio a Ernest Hemingway.


Me llega un olor a pólvora. Los sonidos de los aviones son como cuchillos que retumban. Desde hace días vienen cada poco. Sobrevuelan un paisaje en blanco y negro y vuelve a caer la metralla sobre cúpulas de iglesias destrozadas, sobre casas derrumbadas cien mil veces. Y hay cuerpos sobre la Cibeles, tapada con sacos terreros, en la misma acera circular que han dado un giro sobre sí mismos, inverosímil —dada media vuelta la cadera—, con los ojos tan valientes, abiertos hacia el cielo.

Los muertos siempre imploran que les cierres los ojos.

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