PUBIS.
Meditaba así, a sotavento de los visillos. Ésa era mi postura filosófica: con el mundo al otro lado del cristal y yo en el vacío de la habitación. La tela, inflada por un resuello de viento que se colaba por la rendija, se abultaba hacia el interior como un vientre o como el lomo de una bestia invisible que se apretara contra la casa. Tenía una vida momentánea y grotesca, esa protuberancia de lona que jadeaba y luego se deshinchaba, un fantasma de aire y forma que era el único testigo, aparte de ella.
Ella estaba frente a mí. No en carne, sino en presencia, una estatua de desafío erigida en el centro del cuarto. El recuerdo de su última pose era un fuego que me quemaba por dentro. Me contuve mucho, muchísimo, para no abalanzarme hacia ese espectro, para no estrellarme contra la realidad de su burla. Allí, desafiante, insultante, lo último que pude verle fue la mano, hundida en el vértice de su ser, cogiendo su sexo a un puñado de carne y furia. Y la voz, rasgando el silencio polvoriento: «Cómeme aquí, so maricón. Hijo de la gran puta. Picha flácida, impotente».
Al fin y al cabo, no dejaban de ser sus clásicas palabras de amor. Eran el rosario blasfemo que unía nuestros destinos, la letanía que santificaba nuestro odio. Eran la única verdad que nos quedaba, más honesta que cualquier ternura fingida.
Y al final, siempre al final, cuando el orgullo ya estaba hecho trizas y la razón se había disuelto en la bilis, no me quedaba más remedio. La derrota tenía el sabor salobre de su piel. Avancé, cediendo a la gravedad de nuestro infierno, y abarqué su culo inmenso con mis brazos, un mundo de curvas y sudor que desbordaba mis manos. Y empecé a lamer. Como un poseído. Como un mendigo en el festín de su propio castigo. Como un fanático besando los pies sangrientos de su ídolo.
Siempre era igual cuando yo no podía más. Cuando la necesidad de ser nadie en sus brazos —o a sus pies— vencía al último vestigio de dignidad.
Y entonces, con la cara enterrada en la geografía de su carne, mientras mis sentidos se anegaban de ella, era cuando verdaderamente meditaba. Meditaba en la abyección, en el vértigo de caer tan bajo que se tocaba el fondo de una especie de verdad primordial. Meditaba en el misterio de que este fuera, quizás, el único lenguaje en el que ambos podíamos decir, sin mentiras, que aún existíamos. Que este acto de sumisión bestial era, paradójicamente, el último grito de un amor que se negaba a morir ahogado en la indiferencia.

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