EL VIEJO NOKIA 808.

 




Es un sonido. Un susurro mecánico que corta el aire, más íntimo que un latido.

Medias de red, medias con costura y ese triángulo pálido de carne que se hurga hasta las bragas; medias caladas, negras, una cartografía de filigranas sobre piel; otras, al estilo pantys, un estallido de color hasta la rajita prometida. Las térmicas me repelen: son un erial, la ausencia del mapa, la negación de la piel. Los ligueros, voluptuosos, se enganchan en el precipicio de la cadera como un artilugio circense; luego están las medias auto-sujetas, un atrevimiento que clama por otras manos. Las antiembólicas son el desastre de la irracionalidad, una fotografía perdida en el archivo de lo patético. Las superxesis guardan el encanto de lo virginal, lo que se esconde con pudor. Los leotardos… los leotardos huelen a necesidad extrema, a polvo de carretera, al camionero que va a Lesaka con un cargamento de piezas de motor y un vacío entre las costillas.

Podría hablaros de las bragas. Debajo. Encima. Sin. Escondiendo el tarro de miel, el cuenco de mermelada, la guarida. La insinuación de un rasurado reciente, o la espesura del monte salvaje asomando por comisuras de encaje, como un bosque abandonado entre el desdén y el tiempo, transitado sólo de Pascua a Ramos.

Me llamo Cesáreo Rendueles Beliehva. Sesenta años recién cumplidos. Un Nokia 808 trasnochado. Y soy, lo confieso ante el silencio de esta habitación, un puto cerdo. Desde hace dos años, mi cosmos se reduce a las prendas íntimas de las mujeres. No es la desnudez lo que me convoca; la desnudez es el final, la tautología, la ausencia de misterio. Lo mío es el ritual. El proceso. La ceremonia secreta más allá del alba: cómo y cuándo una mujer elige su segunda piel, si el agua de la ducha aún perlaba su lomo al enfundársela, si lleva en el tejido el rastro fosforescente del amor o la indiferencia. ¿Se las puso de pie, mirándose al espejo con esa atención distraída? ¿Cómo fue el viaje de la tela desde la tibia alfombra hasta el empeine de la ingle, cubriendo ese centro que es, para mí, el ombligo del mundo? ¿Guarda allí un tampón, un secreto, una enfermedad? ¿Exhalará, bajo la falda, un efluvio a perfume caro o a sudor descuidado, a extraña vida?

Las medias… las medias tienen una liturgia propia. Me desbordan, me desarman, me sacan de los goznes de mí mismo. A veces creo poseer una facultad atávica, una nasalidad de sabueso. Dadme unas bragas usadas, dejadme aspirar su esencia durante un par de segundos de robo, y os diré no sólo el estado de ánimo de su portadora, sino la hora aproximada en que se las puso. Soy un olfateador. Un arqueólogo de los vestigios íntimos.

—En realidad, no sé si estoy loco.

—En realidad, no sé si esto es una manía o una condena.

—En realidad, no sé si este vicio extraño terminará por arrastrarme a un lugar del que no pueda regresar.

—En realidad, no puedo reprimir este impulso, esta fuerza telúrica que me empuja desde las entrañas de mi linaje.

Hoy toca ruta: la escalera mecánica del Ikea, la del Pryca, la del Corte Inglés. El Nokia es mi cetro y mi confesionario. Es discreto, de manipulación suave, nada que ver con el 2730, cuyo clic sonaba a bolígrafo retráctil, a delación. Este apenas susurra. Te arrimas al aura de una desconocida, lo bajas al nivel de su vuelo, y presionas. Una ligera depresión del pulgar. Un clic ahogado. Y capturas un instante de verdad cruda, de una nitidez obscena.

En esos segundos de parsimonia criminal, agachado en la falsa postura del que ata un cordón, me asaltan preguntas trascendentales. Esto es una herencia. Mis antepasados me legaron este fardo. Si los australopitecos emergieron de las sabanas, ¿por qué mi piel es pálida y mi obsesión es negra, profunda como un pozo? Quizás sólo conservo lo que el Homo antecessor ya sabía: la verdad está en el olor, en la capacidad del pulgar oponible para desvelar lo escondido.

Vengo de una estirpe de folladores al estilo perro. Mi padre, mi abuelo Gabino, el abuelo de mi abuelo… una cadena de lomos sudorosos que se pierde en la noche de los tiempos, hasta esas sabanas donde el acto era un mero instrumento, una aproximación violenta por la espalda para ver el coño, para olfatearlo desde la posición de la rodilla, hundiendo la nariz en la intimidad antes de la posesión brutal. (Se decía «envergar al quite». «¡No te me muevas, zoguarróna!»). Para follar así, con ese fulgor animal, hay que tener aguante. La polla se pierde en el abismo, la verga roza un territorio de venas palpitantes y flujos de melaza salada, de ungüentos marinos.

En el nuevo edificio de Hacienda han instalado una escalera mecánica pronunciada, una ascensión hacia el infierno fiscal. Bajo los vestidos de las funcionarias y las contribuyentes se libran las batallas más voluptuosas. Si eres paciente, si acechas en la planta baja con la paciencia del depredador glaciar, puedes inmortalizar corajes íntimos, refinamientos extremos o la vulgaridad más desoladora. Por la ropa interior de una mujer se adivina su destino, o, mejor, su origen, cuando hay en la simetría un descuido revelador.

En mi familia los olores eran sagrados. Mi padre follaba a mi madre y yo dormía a su espalda. Mi padre la violaba y yo lloraba. No había matices. Mi madre aguantaba. Yo veía su rostro, así, abierto, las manos aferradas a las sábanas. Por línea paterna, ya lo he dicho: folladores y, por una osadía genética, grandes oledores. Algo australopitecoide, sí. Instintivo.

Encajes. Ligueros anárquicos. Pieles de látex que brillan como un órgano interno. Esencias vaporosas, lo no capturado por el objetivo. Olor fabril, a perfume en las clavículas, a cuerpo, a menstruación, a vida. A veces, el clic es tan perfecto, tan simbiótico con el instante, que capturo también un olor en la mente, una esencia fantasma que nunca podré archivar.

Llego a casa. El nerviosismo es un zumbido en las sienes. Lo inmediato: el ordenador. La espera. El rito de la descarga. Veinte, treinta fotografías que fluyen al disco duro, como almas al limbo. Luego, la ceremonia. Recostado en el sofá, en la penumbra, las visiono. Mientras tanto, me acaricio, en este acto silencioso que no debería ser delito. ¿Lo es? Yo sólo soy un cronista de interiores, un reportero de lo que se oculta. No me basta con imaginarte cuando pasas, con tu andar erguido y tu tarrito de secretos tan bien guardado.

El voyeur de móvil es un solitario. Un observador. No es un obseso sexual. No lo es.

Es un fotógrafo de lo subterráneo. Con métodos sigilosos, retrata los bajos de la vida, y se apropia de un destello de intimidad robada, en una playa, en una escalera de caracol que asciende al cielo o desciende al abismo, desde la cota cero de la mirada.

Me llaman Cesarito. Llevo en las células la memoria de la cópula a lo perro, desde cuevas sin fuego. Presiento olores. Los asocio a cada imagen. Y por la ventana de este saloncito miserable entra la luz plomiza de un día inanimado. Sombras geométricas se dibujan entre el parquet y el sofá, como en el altar de una liturgia pagana. La luz solar se mueve lenta, como en una caverna ancestral.

Revivo las imágenes: encajes, transparencias, ligueros. Bragas negras de push-up que aprisionan y elevan la mínima prominencia de los labios mayores, ladera de un surco apetecible para la mordida, la caricia, el puñado violento y prensil. Bodys negros a juego. La luz apenas se atreve en esa hondonada de la entrepierna, un paso en falso del diseño. Refinados unos. Despreocupados otros. Dejados, muchos.

Las imágenes pasan, una y otra vez, en un lento automatismo. Y yo, en silencio, me acaricio, amándome y odiándome, dentro de esta cueva miserable y eterna que, al final, es el único mundo que me han dejado habitar.

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