EL ESPEJO.

 


A veces parecía que yo era el que se quedaba atrapado aquí, en este lado del mundo, mientras que Él, al otro lado del cristal, era el real. Él, en el reino plano frío y silencioso del espejo. Tan  auténtico.

Llevaba tiempo —una eternidad de días idénticos— con la certeza visceral de que algo iba a suceder. No era una premonición, sino un conocimiento orgánico y real, esa sensación de un nudo de alambre vivo que se enroscaba en el estómago y apretaba con cada latido. Podía olvidarme unas horas, sumergido en la neblina de la inacción, pero al despertar, siempre regresaba con la misma plenitud. La amenaza era parte de la respiración cuando la realidad volvía.

Se lo dije el día anterior. A Él. Ya sabes cómo se dicen esas cosas cuando tratas de asustar al otro, para defenderte a la vez: en voz no muy  alta, pero en un susurro ronco, imperativo, como si no quisieras que las paredes te oyeran delirar, los labios ligeramente entreabiertos, diciéndesole muy cerca a la imagen especular: "Si vuelves a mirarme así, te descerrajo". Con todas las palabras. Se lo dije clavando mis ojos en los suyos, esos ojos que parecían brillar con una inteligencia ajena, una furia que yo, habitualmente, no sentía. O quizás sí la sentía. No me doy cuenta.

No hubo mucho más. Por un momento, creí ver un destello de miedo en su mirada. Luego, solo mi propio reflejo, pálido y cansado como siempre, que permanecía inmovil sin pestañear.

La habitación era la "cápsula" de mi existencia. Aparte del espejo con su marco de rosetones baratos —en el raquítico umbral—, la dueña había colgado una litografía amarillenta de "Los bebedores de absenta". Nadie aquí sabía qué era la absenta, ni importaba. Yo había aportado mi propio altar: una china y una negra con los senos al aire, sujetas con chinchetas. A la negra se le veía un triángulo oscuro entre puntillas de encaje; una crudeza que a la dueña le escandalizaba. "Si lo de la negra le parece mal, me voy a otro agujero", le solté una vez. Se lo dije a ella, pero también a las paredes, para llenar el vacío que siempre protestaba. También estaba la ventana, que vertía una luz gris sobre la cama, y la mesita con su hule carcomido, y la lamparita cuya bombilla, medio viva, manchaba de sombras amarillentas el techo.

Me pasaba los días tendido en la cama. Boca arriba, estudiando las grietas del yeso, y la humedad sobre los tres planos de una esquina lejana. O de lado, con la mirada fija, no en la puerta, sino en el espejo. En su dominio. Era aquel miedo, una obsesión simétrica. Sobresaltos ante un movimiento que solo ocurría en el cristal. La certeza de que Él, tarde o temprano, decidiría traspasar el límite controlado de mi esquizofrenia.

Aquella mañana fue la sensación demasiado tranquila, el silencio del pasillo se volvió más tangible. No hubo pasos ajenos, sino la conciencia aguda de una presencia que se concentraba, al otro lado, en el frío plano plateado. Habían pasado dos días de una tregua inquieta. Y entonces, sin que yo me moviera, leves golpes, y la puerta se abrió lentamente. Vi su reflejo. Y Él estaba allí, furibundo, con sus rasgos distorsionados por el rencor, mirándome con un odio aterrador. Nuestra respiración —una sola, jadeante— llenaba la habitación como si por allí faltara el aire. Él lo consumía todo. Lo sé. Lo consumía  con su boca todo lo que daba abierta.

¿Sabes? Aquella vez. La última vez. Le eché un par. "De aquí no sales", -gruñí-, mis labios y los suyos moviéndose al unísono, pero las palabras eran solo mías. "Ya no saldrás nunca más de ese cristal". Se lo dije mientras me incorporaba lentamente, mientras mi mano  se alzaba. No apuntaba a su pecho. Apuntaba a su cabeza. 

Solo recuerdo el estallido, como un crujido  de un universo pálido que se agrieta. El golpe no fue solo sonido; fue un impacto físico, un retroceso  repentino sobre mi mano caída con la pistola ya sin fuerzas.

Luego, te quedan esos instantes de caída lenta del resto del cuerpo. Todo se fragmenta, se vuelve una lluvia de esquirlas y sombras. La ingravidez no es paz, es la disolución. Sientes cómo tu cuerpo, el de este lado, cede suavemente, se repliega sobre la cama. Ves, en los pedazos que quedan colgando del marco, múltiples reflejos que se desvanecen: un ojo aquí, una mejilla allá. Lo último es un reguero tibio de sangre que se expande por el hule, un calor íntimo que por fin te pertenece solo a ti.

Y después, ese silencio. No puedo describirte lo que es.

Un silencio sin ecos, sin dobles, sin espera, para que el tiempo no exista.

Por fin, nada puede suceder.

Por fin, estoy verdaderamente solo. 

Desde el suelo con un gran esfuerzo entreabrí los ojos. Él, aún permanecía allí, de pie, en el espejo. Mirándome.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL PRIMO Y LAS ESTRELLAS.

AMOR.

EZEQUIEL * los 149.813 caracteres de Unicode*