BONGUITO
El aire en la suite olía a colonia cara mezclada con miedo sudado. Jeffrey Epstein sonreía desde su trono de mimbre, observando cómo el Príncipe —nunca nombres, solo títulos— sostenía el revólver con mano temblorosa. No era un arma normal. El cañón había sido engastado con diamantes, el gatillo bañado en oro. Un juguete para hombres que podían comprar países.
—Seis cámaras —dijo Epstein, su voz un hilo sedoso—. Como los seis continentes donde tengo propiedades. Pero solo una bala. ¿No es emocionante?
Bongo observaba desde la sombra, donde los guardaespaldas se fundían con la decoración. Recordó otra noche, otro juego. Los 17800 euros sobre la mesa de formica en el sótano gallego. Las tres mujeres hermosas con ajustadas braguitas. Una con la luna. La regla macabra: escoger una y comer con pleno fulgor lo que ninguna persona debería jamás consumir. Todo, hasta la última miga de dignidad. Si lo hacías sin vomitar, el dinero era tuyo.
Bongo había fallado. Los vómitos le subieron como una marea ácida, y como castigo, la regla era clara: un tiro dentro de los asquerosos inodoros de aquel antro. Pero no murió. El arma solo contenía salvas en esa ronda. La humillación era el verdadero proyectil.
Ahora, en esta isla privada donde el océano susurraba secretos a las palmeras, el juego había evolucionado. El Príncipe apretó el gatillo. Click. Vacío. La risa fue un coro de alivio nervioso. Epstein aplaudió suavemente.
—Maravilloso. Ahora tu premio —dijo, señalando hacia la puerta.
Entró una niña. No tendría más de catorce años. Llevaba un vestido blanco demasiado corto, ojos vidriosos por alguna sustancia que brillaba en su pupila dilatada.
Bongo cerró los ojos un instante. Volvió a Galicia. A la tercera mujer, la que "estaba con la luna". Su cuerpo perfecto, las braguitas de encaje negro, la mirada perdida hacia algún lugar detrás de la pared. Aleixo le había susurrado: "Esa viene indispuesta, Bongo. Pero las reglas son las reglas". El dinero sobre la mesa parecía respirar. 17800 euros. Una fortuna para un matón de Bocamaos. Una miseria para los hombres en esta habitación.
La memoria le golpeó con sabor a bilis. Había intentado hacerlo. Había intentado comer aquello que la sociedad entera considera impuro, tabú, la señal más íntima de la biología femenina convertida en castigo y premio. Sus dientes habían rechazado la orden. Su estómago se rebeló. Y entre arcadas, con los ojos llorosos, había corrido hacia el baño donde el olor a detergente perfumado no podía cubrir el de la degradación.
Cuando volvió a abrir los ojos, El Presidente estaba llevando a la niña de la mano hacia el dormitorio contiguo. La puerta se cerró. El sonido del pestillo fue más definitivo que el clic del revólver.
—¿Quién sigue? —preguntó Epstein, sus ojos escaneando la habitación.
Un famoso director de cine se adelantó. Sus manos, que habían sostenido Oscares, temblaban ahora al tomar el arma. Giró el tambor. Bongo recordó el giro de la ruleta casera en Covelo, el verano anterior. No eran fotos entonces. Eran tres mujeres reales traídas de los pueblos del interior. Tres opciones, tres niveles de violación. La más joven valía el doble. La lógica perversa de los hombres aburridos con demasiado poder y demasiada cocaína.
-Click.
-Esta vez no fue vacío.
El estallido ensordecedor llenó la suite. El director de cine cayó hacia atrás, un rojo sorprendente floreciendo en su camisa blanca de lino. Nadie gritó. Solo hubo un silencio profundo, roto por el suspiro satisfecho de Epstein.
—La bala siempre llega para alguien —murmuró—. Las probabilidades no son una democracia.
Dos guardias arrastraron el cuerpo. Las alfombras persas bebieron la sangre sin protestar. Bongo sintió náuseas otra vez. Pensó que nunca debería haber aceptado la invitacion de Epstein. Era la misma sensación viscosa que cuando tuvo que meterse el cañón en la boca dentro de aquel inodoro gallego, el sabor a porcelana sucia y desinfectante, el miedo a que esta vez sí hubiera una bala real.
Epstein se levantó, caminó hacia la ventana que daba al mar Caribe.
—Les contaré un secreto —dijo sin volverse—. El verdadero juego no es la ruleta rusa. Es convencerse de que podéis jugar eternamente sin que os toque la bala. Es creer que el dinero, los contactos, los abogados, os mantendrán siempre del lado del cañón, nunca del lado del gatillo.
Bongo miró alrededor. El banquero suizo que había estado en el sótano de Galicia. El político británico que había "ganado" el viaje a Gstaad. El científico alemán con su libreta de apuntes. Todos estaban aquí. Todos habían jugado ambas versiones del juego —la cruda gallega y la dorada caribeña—. Y todos, sin excepción, tenían los mismos ojos: vacíos, hambrientos, eternamente asustados.
—Mañana —continuó Epstein—, tendremos otro juego. Traeré a tres. Una rubia, una morena, una pelirroja. Menores, por supuesto. Y habrá un nuevo premio: no dinero, sino un porcentaje en uno de mis fondos.
Bongo sintió el sabor fantasmal en su boca. Los 17800 euros que nunca cobró. La mujer con la luna que lo miró con lástima mientras él vomitaba su dignidad. Supo entonces que no había escapado. Que aquel juego en el sótano gallego había sido solo el nivel de iniciación. Esto, la isla, era el juego mayor. Y la regla era la misma: podías rechazar jugar, pero entonces te convertías en premio para otros.
El director de cine muerto era la prueba. La bala había llegado. Para algunos era metálica y explosiva. Para otros era lenta, corrosiva, y se llamaba complicidad.
Bongo salió a la terraza. El aire marino no limpiaba nada. Solo traía el eco de risas desde otras villas en la isla, donde otros hombres jugaban otras versiones del mismo juego fundamental: apostar fragmentos de alma a ver cuánto podían perder antes de darse cuenta de que ya no tenían nada que apostar.
Abajo, en el muelle privado, un yate blanco como un hueso pulido esperaba. Siempre esperando. Para llevar a más invitados. Para llevar a más niñas. Para mantener girando el tambor de una ruleta que, eventualmente, no dejaría a nadie intacto.
Y Bongo supo, con certeza fría como el cañón de un arma, que algún día —quizás mañana, quizás en diez años— tendría que volver a jugar. Y esta vez, no habría inodoros donde esconder el sonido del disparo. Solo el mar infinito, indiferente, tragando todo sin devolver nada.
Cuando se volvió para marcharse hacía el muelle. Por allí andaba sobre una alfombra arrastrada, el sorprendente rastro de sangre, dada su estatura, de aquel director de cine.
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