DEMETRIO.
Fue una primera vez. Sí, tuve una bilocación. Esa transportación en que parece que estás en dos sitios a la vez. A este fenómeno se le unía aquella sensación de los días anteriores: la escala de Scriabin se hacía perceptible en mis entornos ambientales. El do era un resplandor de acero inoxidable; el re, un blanco nacarado; el mi, el azul más intenso del cielo después de una noche fría; y así sucesivamente con el resto de las notas. Tal era mi desasosiego cuando escuchaba el Concierto para trompa n.º 1 en re mayor (KV 412) de Mozart, que la corteza visual de mi cerebro excitaba las células de mi retina y desplegaba ante mí un caleidoscopio de colores en tonalidades nunca vistas. De los estados bilocados tengo noción desde temprana edad. Mi madre me observaba con terror en los ojos cuando me quedaba catatónico, inmóvil, mudo durante unos instantes. Recuerdo vagamente el primer incidente. Estaba con ella, casi amanecido, en la cuadra, preparando el ganado para la pradera del ballic...