El aire de la sidrería Los Parrales era un caldo espeso, un brebaje olfativo donde fermentaban el punzante queso de Cabrales, el aliento salitroso de las almejas, el sudor del congrio y el humo grasiento de la sepia a la plancha. Todo ello, anclado en un lecho de serrín de pino húmedo. Era en esa bruma donde yo, acompañado, crucé el umbral.

—Paco —dije, afirmando mi territorio en la barra—, ponnos una de sidra. Y vete echando.

Pedí un culín para mi compañero. Paco, con la mirada opaca y fija de un besugo en la pescadería, insistía en su monólogo: «Ya te eché». «A mí sí —repetí, marcando cada palabra con el índice golpeando el mostrador—, pero a este no. A este». El esfuerzo era absurdo. ¿Desde cuándo debía rendir cuentas sobre con quién compartía el rito de la sidra?

El muy cabrón no se lo sirvió. Entonces, tomé la botella, la elevé en un gesto arqueado y solemne, y dejé caer el chorro dorado desde la altura. Fue un salpicón preciso que estrelló la sidra contra el borde del vaso —en el arte del escanciado, me jacto, hay pocos virtuosos—. Deslicé el vaso frente a mi acompañante.

—Tómatela. Sabe a champán francés. Está buena. Y fresquina.

Con el Hombre Invisible hablo en susurros. Nuestras intimidades son un territorio acotado por el rumor de la sidra al caer. Recuerdo un intento fallido de complicidad: le sugerí que evaluara la firmeza del trasero de una morenaza junto a la vitrina de los bígaros. Casi me linchan. Desde entonces, evito las bromas que requieren testigos.

Pero esa noche, la parroquia estaba inquieta. Sentíamos el peso de sus miradas laterales, esa especie de zoología humana que nos catalogaba como bichos raros.

—¡Paco, ponnos otra! —grité, exasperado—. Di que es para uno, di lo que te salga de los mismísimos cojones, pero ¡ponla! Y ese vaso, ¿lo vas a tirar o lo bebes?

—Pues lo tiras —le desafié.

Y él, con una sonrisa torcida, lo lanzó por encima de la barra. El líquido ambarino manchó en el aire el vacío donde estaban, supuestamente, los pantalones de mi compañero.

—¡Gilipollas! —rugí—. ¡Se lo hubieras tirado a tu puta madre!

Su mirada se endureció. Un duelo de estupideces.

—Ponnos una de bígaros, capullo, y déjate de hostias. Que me voy a cagar otra vez en tu puta estirpe.

Las perneras invisibles quedaron húmedas, con ese tufo ácido y dulzón a orín de sidra. Pero lo de los bígaros fue el colmo de la farsa. Él no manejaba bien los alfileres. Así que, con paciencia, extraje uno, lo llevé a la altura donde debía estar su boca y lo ofrecí. Un gesto de camaradería íntima.

Al lado, la parroquia estalló en una carcajada brutal. Era el espectáculo perfecto: un hombre dándole de comer a la nada. Sus voces se amalgamaron en un coro de diagnósticos baratos: «Este está para encerrar», «que traigan una camisa de fuerza», «está como una cabra, como un cencerro, como una chola…». La risa era un muro.

Fue en la tercera ronda, en la hora sagrada de la una de la madrugada —los sábados son del Sporting, de la sidra y de los milagros cotidianos—.

—Échanos la tercera, Paco.

—Estás chola, tío —escupió él, limpiando un vaso con rabia—. Estás para la Cadellada. No deberías andar suelto.

—Otro para este —dije, clavando los ojos en los suyos—, y me voy a cagar en la reputa memoria de tu madre.

Puso el vaso frente al vacío. Allí quedó, inmaculado, con su rastro amarillento y espumoso de jugo de manzana dormido. Y entonces, ocurrió.

Por arte de magia, o de pura voluntad, el vaso se elevó. Flotó, solitario, en el aire cargado. Se inclinó con una leve, graciosa cortesía, y comenzó a vaciarse. No cayó una gota en el serrín. Era un espectáculo de una elegancia mística: el Hombre Invisible, por fin, dignándose a aceptar aquella ronda que sabía a champán francés, que estaba fresquina y era, definitivamente, pa’ bebérsela.

—Oyes…

El último parroquiano, al huir, tropezó con la máquina tragaperras en un estrépito de monedas y maldiciones.

—Mira…

Ahora éramos solo nosotros tres: yo, el Hombre Invisible y Paco. Este último, petrificado al otro lado de la barra, con su cara de besugo congelada en un rictus de terror incrédulo. Observamos cómo el vaso, lentamente, como posado por una mano fantasma, se depositaba de nuevo sobre el mostrador. El tiempo parecía haberse coagulado en Los Parrales, atrapado en el sortilegio de la sidra. Y el Hombre Invisible, sin duda, empezaba ya a coger una media moña perfectamente tangible.

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