Por los setenta arriba ya me habían venido los ramalazos  de la contracultura punk. Como si buscara una nueva expresión personal y romper con lo convencional. Digamos una rebelión sociol saliéndose por la tanjente. Lo otro eran la cantidad de insultos que aguantaba cuando pasé a los aros en las orejas. Cómo explicarles a los paletos que la nobleza del siglo dieciseis ya se los ponía.

No es inverosímil que cada cual tenga sus acontecimientos principales, esos hitos que nos definen a golpe de memoria o de épocas subrayadas en rojo en nuestra mente. Aunque mis años, muchos ya, me han llenado de una lentitud viscosa que se filtra incluso en los recuerdos, emborronándolos.

Fue hace bastantes años, pero lo cuento, para aberviar, como si fuera hoy.

Ayer llegué al Morille a las tres de la tarde. El viaje fue una penitencia de cuatro horas en un tren que olía a sudor rancio y a vagón viejo, seguida de otra hora en un autobús que danzaba, más que rodaba, por una carretera rebachada mil veces por el olvido y la indiferencia de los pueblos casi abandonados. El día era de cielo alto, despejado y cruel, con esas nubes planas de un gris clareado, casi pálido, que no prometían lluvia sino una desolación eterna. Hacían la llanura inmensa, un mar seco y sin rumbo, a cualquier lado que miraras. Esas amplitudes me desesperan, me recuerdan la insignificancia que somos, polvo con conciencia de ser polvo.

Llegué bien pasadas las cinco, con una claridad oblicua y increíble que todo lo alargaba, proyectando sombras delgadas y  alargadas sobre lo llano.

Mi hija Serena está exagerada, deformada por la resignación. Se le pusieron unas piernas enormes, columnas de fatiga, y las caderas rectas, sin curva ya, como negándose a la gracia de la esperanza en la vida. A Logio, su marido, lo mismo: es una línea recta y ascética que termina en un promontorio de barriga, un bulto de cerveza y desidia. Se les ve bien cebados, sí, pero de hastío. Eso lo pensé para mi.

Me vino el niño sin darme ni un beso, con esa premura egoísta de su edad. Ya no es tan niño con sus dieciocho años, pero trae las orejas y la mente llena de proyectos y agujeros por llenar. Vino a consultarme lo del piercing, a tomar la decisión definitiva de clavárselo. Un piercing tipo frenum, de esos que atraviesan el glande y el frenillo en una alianza de metal y carne. Un tipo le dijo de uno con bolitas, pero a él no le gustaba. Sabía que yo lo llevaba. Y yo sabía a lo que venía: a que se lo enseñase, a que le diese la prueba física de sus dudas.

No hubo preámbulo. En la salita de estar, con el televisor  gritando, le saqué la polla. La vio toda descolgada, venerable en su decrepitud activa. Metí el dedo índice por dentro del aro de acero, frío contra la piel caliente, y se la levanté como si exhibiera un bicho muerto, un trofeo de antiguas batallas. Le dije lo del callo que se forma, la dureza beneficiosa. Y las ventajas, claro: de que así, con el roce constante, te corres mucho más tarde, dominando el espasmo, extendiendo el placer en una agonía larga y controlada.

Cuando estábamos enfrascados en esas enseñanzas clínicas, entraron los padres. Traían dos bocadillos de sardinas que olían a mar bajo y rancio, y unas Coca-Colas sudorosas. Se sentaron y comieron como burros, con la mirada perdida en las imágenes parpadeantes de la televisión. Ni se inmutaron al ver mi colgajo al aire, mi revelación. ¿Qué era eso sino otra cosa más en un mundo lleno de cosas? El niño tiene una polla de nada, un apéndice tímido. Pero no hay quien se lo quite de la cabeza lo de clavarse el frenillo y unirlo al glande, de fundir dos partes en una con un trozo de metal. Allá él. Que sufra su propio rito de paso.

Lo que no le conté al niñato, mientras sus ojos ardían con una mezcla de fascinación y repulsión, fueron las horas robadas. Las horas de siesta interminable que me pasé, años ha, al lado de la tapia desconchada del cementerio del pueblo. Con la polla fuera, expuesta al sol implacable de la meseta, para que la curase, para que la secase y la pusiera dura y oscura como la mojama. Ahí, entre el murmullo de los muertos y el zumbido de las moscas, buscaba yo mi propia iniciación: no un metal decorativo, sino una transformación total, una curación por el astro rey. Quería que se pareciera a esas cosas que perduran, saladas y resistentes, bajo el sol de los siglos. Eso no se explica. Eso se vive, o se pudre uno en el intento.

De todo esto no se sacaban fotos. Lo recordabas. Pero aquellas llanuras siempre me parecieron más largas y profundas. Y la luz del atardecer como que caía más lenta, más leve.

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