De cómo llegué a la vaguada de Outariz no puedo decir nada. Nada. Aparecí en la ballicada de Estanislao oliendo a derrota y a Solysombra, ese regusto apelmazado del anís que no se olvida aunque vomites; siempre queda ese rastro dulzón, pegajoso como una condena. Lo raro era el ballico: erguido, lleno de perlas de rocío, intacto. Como si me hubieran posado allí en un prodigio de ingravidez, sin peso, sin huella. ¿Cómo iba a ser eso? Todo lo que camina deja un rastro, parte de la vida cuando avanza. Y yo estaba allí por algo leve como la nada, casi sin alma.
Cuando no llevas el alma se nota. Las tripas son un abismo. El corazón, un vacío que no late. Los ojos se ponen negros donde debería estar lo blanco, como si no miraran, y los recuerdos… los recuerdos no llegan a ti para decirte quién eres. Ahora sé que era la vaguada de Outariz porque me lo dijo el Bouzo, que las había pasado canutas para subirme a la mula, de tan mal como me vio. El Bouzo venía desde más abajo de Requeixo, castrando berracos. Se desvió hasta Outariz para dejarme tirado en la acera de ultramarinos Quintela, al lado de una montaña de guano para las patatas. Fue aquel olor fuerte a amoniaco el que lentamente me fue despertando.
Yo, si es del culo, lo noto rápido. Me llevo la mano allí, por el dolor y aquella humedad apelmazada. Y como virgen no estoy, lo noto más ancho. Aunque del gusto… del gusto como que no me acordaba de nada. Algunas veces, si el "zorollo" queda ancho, me digo: por ahí anduvieron dándome otra vez, sin prestarme atención, de lo borracho que estaba. Otra vez me dieron a lo perro pichicho, al tirón corto y luego zumbada a muerte, que se me mueven los ojos, sin piedad, ni se sangra por los cojones.
Muchas veces había sucumbido, demostrando una hombría de mentira, embocado un embudo en la boca sobre un banco del bar del Zomba el cuñado del Lombatin. Vino blanco caliente con azúcar e higos pasos. Hasta un cuartillo de Solysombra, de aquella química casi metílica hecha en la Fonsagrada, traída al pueblo por el Trapexo.
Ya bien puesto, sin sentido, baboso, me tiraban después entre los zarzales y el brezo, al principio de la pista que lleva a los eólicos, a los molinos de viento. Cuando despertaba, sentía aquel sonido: como si se rompiera el vacío. Un zassss largo y pausado, igual que cuando se aleja un tren que lleva gente con mucha pena. Y ya, en los primeros rayos del amanecer, aquellas moles que venían sobre mi cabeza, que se alejaban y volvían, se alejaban y volvían. Aspas de molino cortando el cielo, cortando el recuerdo. Yo cuerdo siempre pensaba que les ahría Alonso Quijano a aquellas hijoputadas.
Al médico, don Emérito, siempre le llevaba pruebas fehacientes de que había sido violentado. Recuerdo la última vez que fui… como aquel día en que yo hurgaba con los ojos entre los tejados, ensimismado por el humo de las chimeneas, humo en forma de intestino. Era tan recto que no podía imaginar dónde estaba su final al diluirse. Intentaba saberlo, pero no podía. Había petirrojos y todo. Lo sublime sospechaba que estaba entre lo que no podía ver, entre la amplia luz y la suave brisa de la mañana. Entre la hermosura y la porquería.
Hasta que un nexo de tiempo recordamos lo inmediato, lo oscuro. Y por ser muy desagradable, desaparece del recuerdo. Así funciona esto. Y dónde se posa la marca que deja.
Una vez de tantas me arrojaron a la cama, de bruces o como quedé. Desnudo todo el culo, mi ano aún con aquel dolor, supuestamente rojo y cedido. Lo único que supe hacer fue arrimarme a la ventana, aún con el letargo de cuatro largas horas de extraño sueño convulso. Sin recordarlo. Solo esa leve sensación de que algo fuera de lo común había turbado mis pensamientos. Mis ojos, cegados por una extraña luz azulada, como si flotara dentro de la nada, que tal parece que asi dicen que entras a la muerte.
Abajo, las vacas de Xuan pasaban. La mula de Xuan, que llevaba a Xuan, altanero y fuerte, sobre unas alforjas. Y Xuan, con un apeo sobre el hombro, así sobre la mula, guardando la verticalidad con aquel movimiento leve hacia los lados, balanceándose como un péndulo viviente. Normalidad. Todo era en la normalidad de otra calmada mañana, en su inicio.
Me toqué aún más abajo del quicio, por donde el escozor. Me vi la mano con cierto rastro de sangre por el trasero. Mientras, la Galana, y la Pinta, y la Mula, y Xuan se fueron yendo, alejándose. Ahora como si reptaran a lo lejos, figuras que se arrastraban por el canto del mundo a sus labores en la sierra de Carondio.
A veces venían cuervos sobre un manzanal reinetero, poblado de frutos que había plantado por Santa Inés, en nombre de todos los Santos. Los cuervos estaban allí, oteando gusanos sobre las partes carcomidas del manzanal. Yo, con mis dolores por la planta de arriba, con mi mano en el culo, oyendo sus graznidos. No sé de qué forma andaba, con pasos muy cortos, afeminados, para que el dolor fuese más leve. Yo estaba en equilibrio entre la visión del cielo con una dispersión hacía un violeta muy, los pájaros que lo surcaban y el infierno rojo de mi carne muy viva.
Trataba de acordarme de los delirios de ayer. De qué forma el suceso. Con cierta hambre, daba vueltas por la alcoba ennegrecida, entre trenzados de mazorcas colgadas de ganchos amarrados a las vigas de madera. Al fondo, trasnochados, tres cuadros amarillentos con escenas tropicales: mares lentos y muy verdes. Paraísos ajenos. Mentiras colgadas para que lucieran algo de ilusión.
El silencio es eso… lo que quieras tú que sea. Para ti es silencio.
Ni entre el silencio recordaba mi ofuscación, mi sospecha de lo que pudo ser una abducción extraterrestre.
El silencio son gorjeos del viento y sus mensajes interpretados, voces de otras épocas.
Toda aquella ofensa. Otra vez hollado sin apenas enterarme. Sin sentir morro del culeador y su lengua en mi boca, el buscando el desastre sin piedad, envestida tras envestida, sin sentir siquiera el calor de su corrida, ni su desenvergada. Luego que el amoniaco me trajo la consciencia me di cuenta que estaba desamparado, lleno de vacío.
Llamaba a mi madre, como cuando cabeceaba entre sus tetas, o dormido sobre sus rodillas, oliendo su pistacho y el estiércol de sus manos. Allí, aún, el resto maloliente del último viaje de mi padre, yéndose fuera como un cerdo, para que —según él— no nacieran más gilipollas, que con el Florito ya tuvo bastante. El origen del mundo: un olor a tierra, a sudor y a semen desperdiciado.
Por la ventana ya no sentía nada. Sí, era el silencio que yo deseaba.
No me daba más. Me retorcía de dolores por donde mi tubo terminaba. La macabra abducción. Pensaba una y otra vez. Casi sin voces podía recordar: una luz cegadora sobre mis ojos, un sonido del más allá, a máquinas celestiales. Mis manos atadas. Mis pies atados. Y quizás, algo… un soniquete familiar. La voz de Xuan a lo lejos, dándole varadas a la Galana para que arreciase.
No es por nada, se me vino aquello, pero creía que Xuan era un Capitán intergaláctico.
No lo dudaba. Incluso se lo insinué a don Emérito, mientras él miraba —sin ver— mi ano sanguinolento. Qué mala suerte la mía: siempre desconocía quién era el violador. Yo de aquella ya se lo dije: no era esquizofrenia. Alguien me emborrachaba con brebajes de esta tierra, pero eran de otro mundo los que hollaban la santidad de mi ano. La explicación más lógica, la única que unía los extremos del cosmos con el dolor de mi carne.
Casi por dos semanas, aún existía ese dolor. Y casi nada de hombría. Solo un hueco. Una vaguada. De cómo llegué a Outariz aún no recuerdo nada.
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