El lugar donde, rendido, te has dormido no es el mismo en el que despiertas. No obstante, en el intervalo temporal no ha sucedido nada; no existe un nexo que una ambos estados, sólo el vacío cuántico entre un instante y el siguiente. Toda la vida he eludido situaciones comprometidas, fantasmas difusos que se arrastran por los bordes de la conciencia. Ahora me encuentro en una estación desierta de mi propia existencia. En mi vida apenas hay relato, sólo un recuerdo circunstancial, una partícula suspendida en la incertidumbre. No puedo culpar a nadie. El asesino soy yo.

Por una pequeña ventana, una pequeña claridad. Una rendija por donde se cuela el mundo exterior, que ya no me pertenece.

Esta noche desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo, un terror que me habita como un parásito antiguo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo, resonando en la piedra, disolviéndose en la nada. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabozo…

Le había avisado. Había días que subía a hablar con él hasta tres veces: a las nueve de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las diez de la noche. Una vez subí a las dos de la madrugada. Abría la puertecilla del trastero, encogido, y mostraba aquella cara con sonrisita conejera, los ojos brillantes tras gruesos lentes. “Ya acabo”, murmuraba. “Es un cajón de la cocina para mi hija, la de Barruelo.” Fabricaba para toda la familia y allegados: cucharitas de madera, cestitas de mimbre con asas adornadas de fantasías, orlas, bastones de empuñadura con cara de águila, cestas para la ropa. Sobre la pared, aprovechando la caída del tejado con su ventana de velux, tenía innumerables herramientas cuidadosamente ordenadas, como un cirujano de la materia inerte. Al fondo, en un mínimo hueco, una sierra eléctrica para madera anclada en el suelo. Al otro lado de la puerta asomaba un banco de trabajo con escoplos, baquetas, punteros, y una lijadora que aullaba durante horas.

Desde que se fue mi mujer, me pasé a dormir a la habitación de la niña. Aún me huelen sus muñecos a plástico y tela vieja. Allí se oye más. Primero, golpes sordos. Después, puntas que se caen al suelo, la sierra masticando la madera, el taladro perforando el tiempo, el escoplo rasgando fibras, una radio a todo trapo emitiendo voces lejanas. Y eso, durante dos años. O un poco más. Pude haber subido más de cien veces. Enfilaba las escaleras en zapatillas, escogía el pasillo de la izquierda, y al fondo, distinguía la luz de su trastero como una luciérnaga debajo de la puerta. Algunas veces estaba acompañado de un crío de unos siete años, su nieto, supongo. Abría la puerta, y lo mismo de siempre: “Es una pequeña estantería para mi hija de Ponferrada”, “ya acabo”.

La cabeza es como una botella. Se va llenando, gota a gota, y le das vueltas y vueltas para que todo se impregne, para que no escape ni una molécula del pensamiento. Cuando llegas a la desesperación, siempre te encuentras solo. Nadie te dice: “Eso que estás pensando será tu ruina”, o “Sal a dar una vuelta, que te dé el aire”, o “Antes de hacerlo, medita lo que es un hombre arruinado para toda la vida”. El silencio es la única respuesta, y en él, el ruido se hace insoportable.

El martes pasado estuve en casa de mi primo Paco Toncho, el de la Hueria de Carrocera. Antes de comer, tomamos unas sidras en una bodega que tiene arrimada a la casa. Tenía cuatro escopetas de caza colgadas dentro de un armario antiguo, sus caños oscuros brillando débilmente en la penumbra. Y empecé a pensar cómo hacer para que me dejara una. No para cazar, no. Para otra cosa. Para aquietar el ruido.

Cuando el tarro está lleno de una sola idea, ya nada tiene solución. Te obsesionas, y no piensas en otra cosa. La idea se convierte en un universo cerrado, una celda mental de la que no hay salida.

Ayer salí del turno de noche a las seis de la mañana. Serían las diez cuando un sonido rasgado —la sierra, siempre la maldita sierra— se me metió en la cabeza como un taladro. Subí. Le toqué en la puerta ligeramente con los nudillos, como tantas veces. Y entonces disparé los dos cartuchos con postas de jabalí. El estruendo llenó el mundo, y después, un silencio más terrible que todos los ruidos juntos. Aún no me han dicho si también estaba el niño.

En esta inmovilidad carcelaria, no sé dónde ubicarme mejor para no tener tanto miedo. El miedo es líquido, llena cada rincón.

Si fuera más de día, quizá la claridad me daría una pista, un atisbo de coordenadas en este vacío existencial. Pero aquí sólo hay penumbra, y el eco de la madera que ya no se rasgará nunca más.

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