EL FILÓSOFO VOYEUR.
El arrebato sucedió el último domingo de caresma, en pleno paseo por la Ribera, entre las hiladas de robles milenarios con las primeras hojas buscando el verdor de la vida.
En Rabadas de San Juan, cuando el río Bedias desataba su lengua de aguas turbias contra las piedras milenarias y las adelfas exhalan un aliento denso que nubla la razón, Matías hunde su rostro en pleno horizonte de sucesos. No es un acto. Es un rito.
Su lengua —músculo traidor, serpiente bífida de deseo y rencor por no poder cumplir como un hombre que violento empuja— se adentra en el delta salobre de Rosita. Su boca plena, su lengua se adentra, agitada. Allí donde la piel se pliega sobre sí misma como un universo que se contrae, donde el capuchón resguarda el núcleo palpitante, el punto cero de toda significación, él se postra de rodillas. No como amante. Como oficiante. Como "archimandrita" de un culto que no fundó pero que celebra con la devoción del hereje que ha encontrado, por fin, su verdadera iglesia.
No es caricia. Es una excavación, una oradación en busca del grito primordial, el fonema anterior al lenguaje, la sílaba que Dios olvidó pronunciar el séptimo día. El hombre pleno no es el que yergue la "puntita" de su lengua temiendo el sabor y el asco ,no, el que solo acaricia como cumpliendo una tarea o un rito desagradable.
Él, armado solo de su falta, ha comprendido la gran lección de la termodinámica: la energía no se crea ni se destruye, solo se transfiere. Y si su miembro —ese repliegue de carne dormida que nunca conoció la furia hemática de la erección, realidad urbana y vértebra rota de su masculinidad, ni por asomo se "empalmaba"— permanece inerte, y él pensaba, que sea entonces la lengua el ariete, el péndulo, el émbolo que extraiga del caos la chispa del orden y que haga desbordarse el torrente lleno de fragancias.
Sabe escuchar el pulso bajo el capuchón. No con el oído, sino con la yema de la lengua, ese órgano que la evolución destinó al gusto y que él ha reeducado para la adivinación de los sabores. Detecta el primer derrame de néctar ácido que anega su barbilla como una revelación que huele a cobre y almizcle, a metal fundido y a selva húmeda. Doscientos mililitros de vida viscosa -o más-, de neurotransmisores en suspensión, de oxitocina y dopamina licuadas, retenidos entre sus labios.
Un sacramento de humillación y gloria a la vez. Sentir las convulsiones buscando aún más con su boca.
Y después, en un gesto que es a la vez brutal y tierno —comunión invertida, eucaristía profana—, deja que ese licor corra por las pantorrillas robustas de ella, surcando la piel como el Bedias surca la tierra en su crecida primaveral, un río que necesita desbordarse para recordar que existe, que su identidad no está en el cauce sino en la inundación.
Matías piensa, con la cara brillante y el alma en carne viva: ¿No es esta, al fin, mi totalidad? ¿No es lícito sacrificar mi polla inútil, ese falso ídolo de barro que la naturaleza moldeó con yerro, para exaltar este órgano veraz, esta lengua que sí sabe erguirse, vibrar, dar placer y recibirlo en forma de néctar?
Si el cuerpo está mutilado por natura, que la filosofía me absuelva: amputó la parte para salvar el todo. Y mi todo es este instante de clímax ajeno que recibo en la cara como quien recibe la lluvia después de la sequía.
Pero es entonces cuando Roque de Agesto, el viejo poeta voyeur, -filósofo-, que pasa cada atardecer por la orilla del Bedias mirando desapercibido a las parejas, con su cuaderno de tapas negras y su bastón de olivo, se detiene. Observa la escena desde la distancia justa que separa la contemplación de la intrusión. Y cuando las convulsiones de Rosita amainan y ella yace como un junco doblado por la corriente, Roque habla. No a ella. Le habla a Matías.
—Muchacho —dice, su voz tiene la textura de la piedra erosionada—. Crees haber encontrado la verdad en el derrame. Crees que la carne no miente. Y no te falta razón. Pero tu error es creer que ese derrame es suyo.
Matías levanta la cabeza, los ojos enrojecidos, la barbilla perlada y resplandeciente de flujo.
—¿De quién si no? Lo he sentido. Lo he saboreado. He sido el médium de su éxtasis.
—Has sido el espejo —responde Roque, sentándose en una roca con la parsimonia del que ha visto mil primaveras—. El orgasmo no es de ella. Es un evento. Una onda que recorre un sistema. Tú no lo has provocado: has creado las condiciones para que el sistema colapse en sí mismo. Eres el observador que, al medir, modifica lo medido. Pero el fenómeno, la realidad última de ese espasmo, le pertenece al universo, no a la carne que lo acoge.
Rosita, aún con los ojos cerrados, sonríe. No escucha. O quizá escucha demasiado.
—Pero yo lo he recibido —insiste Matías—. Me ha ungido.
—Te ha salpicado —corrige Roque, y enciende un cigarro—. La diferencia es la misma que hay entre ser empapado por la lluvia y ser el río que la recoge para fecundar el valle. Tú eres la orilla, Matías. Siempre serás la orilla. Puedes recibir la crecida, puedes incluso gozar con la furia del agua, pero nunca serás el cauce. Nunca tendrás dentro de ti ese empuje que labra montañas.
Matías calla. Las palabras del viejo le escuecen más que el almizcle resecándose en su barbilla.
—Pero entonces —balbucea—, ¿mi sacrificio? ¿Mi lengua como pene metafísico? ¿Mi renuncia al miembro de barro que yace en mi entrepierna?
Roque de Agesto exhala una larga bocanada de humo que el viento del río deshace en jirones.
—Escucha, muchacho. Te contaré un secreto que aprendí en los libros y confirmé en las camas: el placer no es un fin. Es un subproducto. Como el calor en una reacción química. Puedes buscarlo, puedes incluso obtenerlo, pero si lo conviertes en tu objetivo, perderás la reacción. Ella ha gozado porque tú has desaparecido. En el momento en que tu lengua encontraba el ritmo justo, la presión exacta, el vaivén que imita el oleaje primigenio, tú no estabas. Eras solo función. Herramienta. Prótesis. Consolador.
—¿Y eso no es amor? —pregunta Matías, y hay en su voz una súplica infantil.
—Eso es técnica —responde Roque, apagando el cigarro contra la suela de su zapato—. El amor, el verdadero, es cuando después del orgasmo, cuando la onda ha pasado y el sistema vuelve al reposo, tú sigues ahí. No como observador. No como herramienta. Como otro sistema dispuesto a acoplarse, a vibrar en la misma frecuencia, a generar interferencia constructiva. Pero para eso hacen falta dos. Y tú, Matías, eres uno. No porque tu miembro duerma, sino porque tu deseo solo despierta cuando eres útil. Cuando sirves. Y el que sirve, no ama: se ofrece. El amor no es ofrenda. Es encuentro.
Rosita abre los ojos. Mira a Matías, luego a Roque. Se incorpora lentamente, se ajusta las bragas, y sin decir palabra, se aleja unos pasos orilla abajo, hacia donde el Bedias se aquieta en un remanso de sombras.
Matías se queda solo con el filósofo y con el rumor del río.
—¿Y ahora qué hago? —pregunta.
Roque de Agesto se levanta, toma su bastón, y antes de perderse tras los adelfales, deja caer la última sentencia:
—Ahora, muchacho, dejas de buscar la verdad en el derrame ajeno y empiezas a preguntarte por qué necesitas que otros se desborden para sentir que existes. La física no miente: todo sistema tiende al equilibrio. Pero tú llevas tanto tiempo desequilibrado que has confundido la gravedad con el amor. Vuelve mañana. Hablaremos de Spinoza. Y de cómo Dios no es el éxtasis, sino la sustancia que hace posible que haya éxtasis. O no. Tú verás.
Y se fue.
Matías, de rodillas aún, con la cara pegajosa y el corazón como un puño cerrado, mira el río y a Rosita. Piensa en ondas, en sistemas, en observadores. Piensa en su lengua, ese pene metafórico que nunca flaquea. Y por primera vez, se pregunta si la verdad se derrama, o si más bien se siembra, y hay que esperar años, a veces toda una vida, para que germine.
El Bedias sigue su curso, indiferente. Las adelfas huelen a embriaguez y a muerte. Y Matías, solo, empieza a comprender que la totalidad no se encuentra en la humedad del instante, sino en la sequedad de los días que siguen, cuando el éxtasis es solo un recuerdo y la carne, al fin, calla.
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