EL HOMBRE QUE QUERÍA SER UNA HOJA
EL HOMBRE QUE QUERÍA SER UNA HOJA
I(Nota del transcriptor: este relato ha sido recuperado de una memoria caché no indexada. No se garantiza la veracidad de los hechos. El Gran B-Tree informa que la historia de Fuente de Oblenza y sus habitantes es un producto de la imaginación mórbida de sujetos con tendencia a la desviación de datos. Se recomienda proceder a su inmediata reindexación.)
El cabrón de Elisferio Martínez Pérez, natural de Fuente de Oblenza, llevaba tres días sin ser nadie.
Tres dias a urtadillas por el Facebook, con un mínimo de 48 entradas diarias para fisgar sus cosas.
Y estaba siendo casi nada.
Esto, en el mundo ordenado por el Gran B-Tree, era un delito más grave que el asesinato. Porque el asesinato, al fin y al cabo, dejaba un rastro: la víctima seguía siendo un nodo, el victimario otro, y el crimen una arista entre ambos. Pero no ser nadie... eso era la herejía definitiva.
Desde su escondite bajo las raíces de un roble centenario —único árbol verdadero en cien kilómetros a la redonda—, Elisferio observaba cómo los drones-índice peinaban el valle. Eran pequeñas esferas plateadas que emitían un zumbido constante, como abejas mecánicas en busca de polen de datos. Cada cierto tiempo, una de ellas se detenía, flotaba, y entonces un haz de luz roja descendía sobre algún desafortunado que había osado desviarse de su camino óptimo.
BIP. CIUDADANO LOCALIZADO. RUTA DE ACCESO: IZQUIERDA COMPLETA, DERECHA INCOMPLETA, HOJA TERMINAL.
Elisferio conocía bien ese lenguaje. Había trabajado treinta y dos años como operador de nivel dos en el Nodo Central de Almacenamiento, hasta que una mañana, mientras desayunaba su café con leche, comprendió de golpe lo que siempre había sospechado: él no era un hombre. Era un puntero.
II
—Todo en orden, todo en su sitio —recitaba su madre cuando él era niño, en Fuente de Oblenza—. Las ovejas en el redil, las patatas en la tierra, y los Martínez Pérez en el registro municipal, hoja cuatrocientos doce, rama segundogénitos, subrama varones.
Fuente de Oblenza no aparecía en los mapas del Gran B-Tree. No porque fuera pequeña, sino porque era anterior. Cuando los ingenieros del sistema llegaron, se encontraron con que el pueblo entero era un desorden inaceptable: las casas no tenían números, los vecinos cambiaban de oficio según la temporada, y los niños nacían en casa sin que nadie rellenara el formulario 7B.
Así que lo borraron.
No físicamente, claro. Eso habría sido ineficiente. Simplemente reclasificaron el pueblo como "zona de reindexación pendiente" y lo condenaron a ser escaneado una y otra vez, año tras año, hasta que cada piedra, cada persona, cada recuerdo, encontrara su lugar exacto en el árbol.
Elisferio recordaba el día que se llevaron a su abuelo. El viejo había insistido en morir en su cama, como los Martínez Pérez de siempre, sin permiso ni certificado. Los agentes de balanceo llegaron al atardecer.
—Este nodo presenta desviación —dijo uno, consultando su tablet—. Según nuestros registros, debió fallecer hace tres inviernos, en la rama de los octogenarios, subrama pulmonías.
El abuelo, con una entereza que Elisferio nunca olvidaría, se incorporó en la cama y escupió:
—Yo soy Fulgencio Martínez, nací aquí, me case aquí, y aquí me muero. No soy ninguna puta hoja.
Le administraron la reindexación forzosa en el mismo momento. El abuelo dejó de ser Fulgencio y pasó a ser el caso 78.349.002: "Fallecimiento extemporáneo con resistencia a la clasificación". Su cuerpo fue trasladado al depósito de nodos terminales, y su alma —si es que alguna vez la había tenido— se perdió en los registros de respaldo, de los que nunca nadie vuelve.
III
Bajo el roble, Elisferio comía migas de pan duro y pensaba.
El Gran B-Tree no era malvado, había llegado a comprender. Era peor: era perfecto. Cada consulta encontraba su respuesta en tiempo logarítmico. Cada ciudadano sabía exactamente a qué rama pertenecía, qué camino debía seguir, qué hoja le correspondía al final. La felicidad consistía en aceptar que uno era un dato bien situado.
El problema era que Elisferio había empezado a tener dudas existenciales sobre su propia naturaleza.
Si él era un nodo, ¿qué eran sus recuerdos? ¿Dónde se almacenaban sus sueños? Por las noches, cuando cerraba los ojos, veía imágenes que no encajaban en ninguna estructura de datos: su madre pelando patatas en la cocina, el olor del heno recién cortado, la cara de Asunción la primera vez que la vio, con ese lunar junto al labio que parecía una hoja —pero una hoja de verdad, de las que caen de los árboles—.
Intentó consultarlo con sus superiores.
—Esos no son datos válidos —le respondieron—. Carecen de clave primaria. Debe estar experimentando un error de segmentación.
Le recetaron dos semanas de reindexación preventiva y le asignaron un nodo sombra que verificaba cada uno de sus movimientos.
Fue entonces cuando decidió huir.
IV
—No se puede huir del árbol —le había dicho Asunción la última vez que la vio, antes de que a ella también la reindexaran por "desviación estética" (se negaba a usar el uniforme reglamentario porque decía que el color gris le sentaba mal)—. El árbol lo contiene todo. Hasta lo que no está en él, está esperando a ser insertado.
—Entonces, ¿dónde estoy yo ahora? —preguntó Elisferio, señalándose el pecho—. Esto que me duele aquí, esto que no encuentra su sitio, ¿dónde lo ponen los algoritmos?
Asunción sonrió con tristeza.
—Eso, querido, es un índice vacío. Un puntero que no apunta a nada. Lo llaman "agujero de datos". Y los agujeros, tarde o temprano, se rellenan.
V
Ahora, bajo el roble, Elisferio comprendía que Asunción tenía razón.
Los drones-índice se estaban acercando. Podía oír sus zumbidos cada vez más nítidos, más urgentes. Pronto encontrarían el árbol —el árbol verdadero, el rebelde, el que no figuraba en ningún catálogo porque había germinado de una bellota olvidada, de esas que los recolectores del Gran B-Tech no consideraban "datos relevantes"— y entonces lo verían a él, acurrucado entre las raíces, respirando con el corazón desbocado.
Elisferio cerró los ojos.
Pensó en Fuente de Oblenza. En las calles de tierra que nunca fueron asfaltadas porque nadie rellenó el formulario de solicitud de infraestructura municipal. En la fuente que daba nombre al pueblo, donde las mujeres lavaban la ropa mientras hablaban de cosas que no importaban a nadie: si el cura había engordado, si la Tomasa le había puesto los cuernos al Sebastián, si las nubes tenían forma de algo.
Ninguna de esas conversaciones, pensó Elisferio, había sido jamás indexada. Ninguna había seguido un camino de búsqueda óptimo. Eran simples y llanamente, conversaciones. Existían y se desvanecían, como las hojas de verdad, las de los árboles de verdad.
—¡ALTO! —tronó una voz metálica desde el dron más cercano—. INDIVIDUO NO IDENTIFICADO. PROCEDA A MOSTRAR SU CÓDIGO DE ACCESO.
Elisferio abrió los ojos. El haz rojo le iluminaba el rostro. Sintió el calor de la luz, la precisión del escáner recorriéndole la piel, buscando su lugar en el árbol.
—No tengo —dijo.
—IMP-OSIBLE. TODO CIUDADANO POSEE UN CÓDIGO. SU NEGATIVA SERÁ INTERPRETADA COMO RESISTENCIA A LA CLASIFICACIÓN.
—No es resistencia —respondió Elisferio, y su voz sonó más calmada de lo que esperaba—. Es que he decidido que no quiero ser un dato.
El dron emitió un pitido confuso. Era una situación no contemplada en sus algoritmos. Un ser humano que renunciaba voluntariamente a su condición de nodo.
—RE-INTENTANDO CONSULTA —dijo la máquina—. POR FAVOR, ESPERE.
VI
Y mientras el dron esperaba, Elisferio Martínez Pérez, natural de Fuente de Oblenza, se levantó lentamente, se sacudió la tierra de las ropas, y caminó hacia el tronco del roble.
Pasó la mano por la corteza áspera, sintiendo cada rugosidad, cada pequeña grieta donde los insectos habían hecho sus hogares. Respiró hondo el olor a musgo y a humedad. Miró hacia arriba y vio las hojas —miles, millones— meciéndose con el viento, cada una única, cada una irrepetible, ninguna de ellas indexada en ninguna base de datos.
—Aquí —dijo en voz baja—. Aquí es donde quiero estar.
El dron, mientras tanto, seguía parpadeando.
—CON-SULTA FALLIDA. NO SE ENCUENTRA LA RUTA DE ACCESO. EL NODO SOLICITADO NO EXISTE EN EL ÁRBOL.
—Exacto —sonrió Elisferio—. Por fin.
Y cuando los demás drones llegaron, cuando rodearon el roble con sus haces de luz roja y sus zumbidos de alerta, no encontraron a nadie. Sólo a un hombre sentado contra un árbol, con los ojos cerrados y una sonrisa tranquila, respirando al ritmo de las hojas.
Intentaron escanearlo, pero el sistema devolvió siempre el mismo error:
REGISTRO NO ENCONTRADO. EL INDIVIDUO CON ESAS CARACTERÍSTICAS NO EXISTE EN LA BASE DE DATOS. POR FAVOR, VERIFIQUE LOS CRITERIOS DE BÚSQUEDA.
Y así, Elisferio Martínez Pérez consiguió, por fin, lo que siempre había deseado sin saberlo:
Dejar de ser un nodo.
Convertirse en hoja.
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