Cómo gesticulaba, cómo contraía el rostro hacia atrás como si estuviese alcanzando un éxtasis insondable. Aquellas muecas, que jamás había visto, deformaban su faz en un paisaje de goce inverosímil. Se había afanado como en un desafío a chupármela mientras yo yacía boca arriba, inerte. La había tomado con el meñique levantado, en un ademán de afectada elegancia, y había deslizado su lengua una y otra vez, lenta, con una parsimonia que parecía esculpir el tiempo. Yo sentí, en aquella zona tan sensible, unas cosquillas leves, casi imperceptibles, hasta que, por fin, pudo erguirse sola, indiferente a mi voluntad.
Mi depresión cíclica, ese pozo sin fondo, me vedaba cualquier sensación, incluso en la piel más fina, más propicia al estremecimiento. Por eso ella había enloquecido con aquella teatralidad, con esos suspiros inusuales —digo, inusuales— que me parecían el eco de una realidad paralela a la mía. Con qué presteza se dio la vuelta, con qué urgencia separó las piernas, invitándome a poseerla. Y ni siquiera llegué a aproximarme a su sexo; tal vez mi piel rozó la suya, pero ¿de qué? Sus gestos se volvieron grandilocuentes, como los de una matanza, como los de una operación cruel donde el dolor y el placer se confunden. Yo transcurrí sobre ella unos minutos indeseables, perdido en la contemplación de la tristeza inherente a la existencia, en la absurdidad de dos cuerpos que se buscan sin encontrarse.
Ella, entre tanto, boqueaba como un pececillo fuera del agua. ¿De qué? Boqueaba. Abría la boca, mostraba la lengua en un rictus de asfixia o de deseo. Era yo un esperpento, una anomalía humana que provocaba aquella algarabía, aquel frenesí que intuía fingido, un simulacro montado sobre el vacío. Mi depresión no me cedía. Pensé, con la lógica rota del que se ahoga, que ella debía quererme por encima de todo, que aquello era un milagro sublime. Y, sin embargo, en el fondo de mí, sabía que no había sentido nada, ni siquiera el eco lejano de una sensación. Sin haber podido posarme siquiera sobre su vasija, sobre ese recipiente de carne que me convocaba, para impulsarme instintivamente hacia un imposible.
Cuando al fin me di la vuelta, vi el brillo de una humedad extraña en sus pantorrillas, y en la sábana, una mancha pegajosa que atestiguaba un placer del que yo había sido mero espectador. Al girarme, también, mis ojos se perdieron en la inmensidad del techo, enorme, abismal, como una dimensión infranqueable que se abría ante mí —otra dimensión, la de lo inalcanzable, la de lo real inaprensible—. Y ella, a mi lado, acariciaba mi pelo una y otra vez con su mano, mientras sus labios se movían en un murmullo que no lograba descifrar, un idioma perdido en la distancia infinita que nos separaba.
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