LECHE
A veces, arduo. Con cierta cosa apresurada. Raudo. Pergueñando un poema estaba encima de la cama, panza arriba, sobre el inferior de una esquina, cúbica, inversa de la habitación, y mi Paquita, que me miraba con fervor, se ponía encima cuando yo, mientras, hacía un verso sobre cosas de la historia del techo. Mi poema era inspirado en un pielago, cosas del mar, la sombra de un relieve maltratado por la cal envejecida, y la luz de la atardecida del domingo, una semana antes de petecontes. Ella fue deslizandose sin bragas también —antes había bajado mis calzoncillos al tobillo—, desesperada. Ella ya encima, moviéndose sobre mi polla, sus pelos rizados pasando a un lado y al otro, hasta cierto placer en el glande cuando rozaba la inmensidad de sus labios mayores, que a su vez hablaban con sus labios menores, diciendo los menores que esperaban tal capullo de una puta vez, para que fuese y viniese. Yo, del poema, iba por una elipse de tono claro rojizo atardecido, que acababa en una rendija abierta, habitada por hormigas en su ruta de la seda a un solar cercano. Y allí, Paquita ya agitada, apoyaba sus manos entre mis brazos, por lo externo, dando tirones violentos sobre mí, pensando en un soliloquio, ahora de un rastro en mi pensamiento que para mí había sido habitado por luciérnagas en la noche, una visión onírica de niño atormentado: —Dame la leche, Paquita decía una y otra vez, dame la leche, cabrón, o te corto los huevos, dámela toda la leche que tienes, que no quede nada para Edelmira, la poetisa ganadora de los florales de Mayo, de la parroquia del Froilán, dame leche, o dametodalaleche en un acto nada leve, trágico, de ordeñación. Del poema, yo ya iba en tres versos, sin dar la leche aún; a cada bajada prieta de su culo muy posado en mis ingles, aguantaba, hacia abajo mi frenillo estirado debía de estar fruncido, furibundo, inhiesto de ira, pero no daba la leche, aún, en aquella metida hasta el mismo mango. El verso era: el dulzor que el insecto buscaba sobre sus fauces en su corta vida, un grano de azúcar que iba por allí ingrávido, en pos de la rendija, y su vida de horas. Ya por fin, aquellos tirones, cuatro en su quite mortal, hasta el fondo: —Dame la puta leche, cabrón, dámela, es toda mía, ya, ya. Y luego, aquella cosa que es un instante en que abrazas lo que tengas por encima de tu pecho, su culo apretado contra las junturas de la hernia, y toda la leche por allí, de ella, que bajaba de su coño a cálidos borbotones.
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