PERRO

 Vista de armario

Yo en aquellos instantes no estaba allí.


Bueno, sí estaba, pero no. Estaba muy concentrado. En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días —la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos—, los días eran buenos y soleados, ni un "cafelito". Siempre es lo mismo: te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados y parece que encuentras insectos en todas las partes de su piel.


Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima, la definitiva, la que clausuró para siempre cualquier posibilidad de repetición en el continuo espacio-tiempo). Me acuerdo de que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que parecían, algo así como si una piñata para niños fuese a reventar cargada de granizos, de cuchillas de afeitar, de pequeños huesos de pájaro. Me abrió la puerta con una bata de baño de seda, y cuando la abracé era como si me deslizara por una extraña pendiente perfumada con un olor a hojas de menta machacadas, a hierba recién cortada en un cementerio. Luego fue lo del cuello y aquellas risitas —ella no soportaba los rebusquillos por el agujero que va hacia el tímpano, ese túnel diminuto que comunica el mundo exterior con el vacío interior.


Íbamos por el pasillo dando vueltas. No por el suelo. Por la pared. El vals del deseo, se dice así. La música era el sonido de la calle que se metía por todas las ventanas abiertas, frenazos, pitidos, sonidos de voces apagadas como si alguien estuviera estrangulando al mundo ahí fuera. Goteábamos —sudor, saliva, esa humedad previa que anticipa la catástrofe— pero en la penumbra no se notaba. Y llegamos al lecho (oh, el lecho, la cama, el cubil, la losa de sacrificios). Casi nos ponemos en la alfombra pero desistimos por su dureza —la certeza pétrea de lo real siempre interrumpiendo el vuelo de la carne.


Eran movimientos agresivos, bestias llenas de frenesí; se iba nuestra vida y había que consumar, había que quemar la existencia en la hoguera del instante porque el tiempo es un depredador y solo se le puede vencer devorándose uno mismo. Y allí se veía mi culo si mirabas desde la altura del armario —y alguien miraba, alguien miraba—, ridículamente estrechito y peludo, pero bien metido entre sus piernas, para aquella todo yo estaba en ella (el fin es el ñaca, ñaca y ñaca, el ritmo primigenio, el martilleo que imita al corazón y al hacha).


Ella hacía crucigramas en mi espalda con sus dedos. Eso me imaginaba. Corría fichas. Resolvía el enigma de mi columna vertebral como quien busca la palabra exacta que complete el sentido de una frase inconclusa.


Cuando un pastor alemán gime, es como sentir quejarse a todos sus ancestros de la región de Turingia que están sobre los lomos de una pradera imaginaria. Hay un poco de lobo en su hocico y algo de pastor persa con ese instinto de saltar sobre las ovejas para guiarlas al matadero. Hay siglos de selección artificial, de dominación humana, de rebeldía contenida. Hay un eco que viene de la noche de los tiempos y que huele a sangre y a luna llena.


Yo estaba sintiendo de lejos, y entre los muslos de Betiana, aquellos jadeos de fiera, sin saber qué bruto animal rasgaba la puerta de la salita con sus uñas, sin saber que por una rara fortuna o por un instinto repetido —el de abrirse paso, el de atravesar la membrana que separa lo privado de lo íntimo—, la manilla de la puerta cedió abriéndose lentamente, como cede una conciencia bajo el peso de un recuerdo insoportable.


Para los ojos de un perro, tu culo peludo y descuidado es una extraña sensación. Algo se movía sobre su ama, era como un cepillo al revés, una criatura de otro mundo acoplada al cuerpo de su diosa. El chucho optó por la sensación del instinto —ese que nunca falla, ese que nunca se pregunta "¿debo?", ese que simplemente es—, y quizás puso ese hocico ligeramente ladeado como en las historias de Rin Tin Tin, como si fuera a salvar a alguien de un precipicio, como si el héroe hubiera llegado por fin a la escena del rescate.


Cuando sentí olisquearme mis prominencias ya era tarde. Sobre mi cuello sentí una dentellada suave que no apretaba pero no soltaba, y aquellos limos pegajosos sobre mi piel —baba, instinto, unción—, y el peso de la bestia sobre mis lumbares, y el calor húmedo de su hocico, y el dilema metafísico de ser, a la vez, amante y montura, hombre y objeto, depredador y presa.


A vista de armario, por orden de intervención, la cosa era así: Betiana receptiva, yo entornado a lo misionero, y encima de mí aquel chucho con su bulbo —os penis, ese hueso que la naturaleza otorga a los cánidos para asegurar la cópula, para garantizar que no haya escape, para que el acto sea irreversible—, dispuesto a participar en nuestra unión, a completar el triángulo, a recordarnos que siempre hay un tercero en la cama, que el deseo nunca es diálogo, siempre es multitud, siempre es jauría, siempre es esa mirada desde el armario que te juzga y te condena y te absolverá solo si admites que el ridículo es la condición última de la existencia.


He visto dos veces a Betiana en la Plaza de Jerónimo Atáis. Iba con su perro. Ni qué decir tiene que nos miramos a los ojos —yo, el totalmente enamorado; él, el que me conoce por dentro, el que olisqueó mi esencia más allá de la piel—. Yo me fui en sentido contrario, no vaya a ser. No estaba para vacilón. No estaba para preguntarme si en sus ojos de bestia yo era recuerdo o era presa, si aquel encuentro había sido aberración o comunión, si aquella dentellada suave fue un mordisco o una bendición.


Pero a veces, por las noches, cuando el insomnio aprieta y la almohada se convierte en una losa, siento aún aquella humedad en el cuello. Y me pregunto: ¿quién era el animal aquella tarde? ¿El que lamía, el que penetraba, el que miraba desde el armario, o el que ahora escribe estas líneas tratando de encontrarle sentido a la pirámide de carne que fuimos?


El perro, al menos, sabía lo que quería.


Yo todavía lo estoy buscando.

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