pijo

 

Cólmame. En el sentido exacto de la galbana, de la inercia sagrada. Conviérteme en ese minino que duerme aplastado contra el sol, que es su muro, su única certeza. Mis ojitos entreabiertos no vigilan; son rendijas por donde el mundo entra difuso y sin exigencia.

Empieza de una puta vez a cortarme los pelos del pijo. No como tarea, sino como rito. Vete con tus deditos, buscándolos en racimos, como uvas de una parra baja y olvidada. Pódalos. Desenrosca los entrelazados, esos que se retuercen hacia adentro, hacia la timidez de la carne. No dejes los canosos, los cansados. Son testimonios de un tiempo que no quiero recordar que pasa. Extírpalos. Que todo sea nuevo, virgen de memoria.

Te espero boca arriba, tiernamente sometido. Esta sumisión no es derrota; es la entrega total al hecho de ser vivido, de ser tocado. Cualquier cosa que me hagas es una caricia. Una definición. Con tus manos, con tu mano, o tus dedos únicos. El barbero, a su manera, también me acaricia, y yo me quedo con los ojitos medio abiertos, suspendido. Los retoques en las cejas, en los lóbulos, el peine que arrastra historias del cuero cabelludo… son gestos que me reafirman: existo dentro de un perímetro.

Tú me coges el codo y pasas tus manos, y mi piel se vuelve como la de una gallina desplumada. Esa carne de ave, repentinamente consciente del aire, del frío, de la vulnerabilidad gloriosa. Y entonces, el autobús vibra bajo mis pies. Las máquinas que apisonan, cualquier cosa, antes de los adoquines. Todo eso me deja así, agilipollado, digo. Entre aquella frecuencia que traspasa la suela de mis zapatos, un temblor de tierra que sube por los huesos, me quedo embobado. Porque ese temblor me dice que estoy aquí, sobre algo que también se mueve, que también es inestable. Es la verdad fundamental transmitida a través del tacón de mi zapato.

Una vez, en la huerta, me bajé los calzoncillos ante los vecinos, detrás de setos de arrayán y un sauce llorón que no juzga, ante las criaturas que todo lo miran sin concepto. El sol estaba de lado, la sombra era de lado, el viento era de lado. Todo era perfil, nada frontal, todo era posibilidad. Sobre mi piel, aquel frescor me puso los ojos pequeñitos, mientras cuatro golondrinas pululaban en zigzag, haciéndome la hipnosis. Era el vértigo de la libertad animal. Y me tiré varios pedos. Pedos largos y cortos, repetidos, despedidos contra las margaritas. Toda la envolvente vaporosa subió (qué delicia, mis propios pedos): olor a boroña de maíz, a cocido de lentejas, a marmitaco de bonito. Ascendiendo en espiral. Era yo, fertilizando el aire con mi digestión, con mi historia íntima. Un acto de pura creación sin arte, sin testigos necesarios.

Disfruto, también, de esa sensación en que una mosca se posa sobre tu brazo –venía de la garganta de un becerro– y va caminando. No la asesino. Dejo que su patita ínfima trace un mapa sobre mi reino de piel. Es la caricia del mundo, indiferente y precisa.

Y tú misma, cuando me dices: date la vuelta. Y empiezas a pasarme el dedo por los pelos del culo, me abres. No al placer, sino a la geografía más oculta. Luego, también, cuando te abrazas desnuda contra mí, boca abajo, y siento el contacto de tu coño húmedo como si me hubieran puesto un puñado de hierba mojada por el rocío, justo donde empieza la espalda. Es el peso del mundo, fresco y vivo. Es la humedad de lo otro, de lo distinto, descansando sobre mi sequedad.

Me quedo con otros instantes dichosos. Esa sensación en la que por fin sabes que vas a dormirte. Tras una dura noche despierto. Tras una dura noche en el desierto de la mente, con tantas historias obsesivas dando vueltas como chacales. La rendición. El fin de la vigilia, que es un pequeño ensayo de la muerte, pero sin miedo.

Si me chupas las tetillas, ya es la hostia. La punta de tu lengua haciendo juegos alrededor de ese centro absurdo, de ese pezón inútil. Mi corazón estremecido no por el sexo, sino porque alguien venera lo insignificante. También.

Sencillamente, tu aliento. Eso es todo. El aire que ha pasado por tu pulmón, que se ha tropezado con tu sangre, y que ahora, tibio y húmedo, me golpea la nuca. Ese intercambio de atmósferas. Eso. Eso me colma. En el sentido de la galbana. Me deja como un minino durmiendo contra el sol. Los ojitos entreabiertos. Sabiendo, sin pensar, que existir es ser la superficie que recibe. El pelaje que el sol calienta. La piel que la mosca recorre. La tierra que el autobús hace temblar. El césped donde cae el rocío de otro cuerpo. Sometido. Tiernamente. A todo.


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