El hilo de lo incierto

A mí lo incierto siempre me ha parecido cosa que ha de venir sin previo aviso.

Como el tiro que no oyes.

Como la madre que muere mientras tú estás comprando el pan.


Me llamo Ramón. A eso respondo volviendo la cabeza si me llaman, pero no sé bien quién llama ni si el nombre sigue siendo mío.

Qué he de decirte en este nuevo día de febrero que me alcanza aún en fuga.

Febrero: mes corto y desollado, como un animal que se arrastra hacia su propio fin.


Siempre he sentido que lo incierto es, al final, la semilla de lo inevitable. Algo que llega sin aviso, sí, pero que deja su impronta en cada latido —como si el latido mismo fuese ya un eco anticipado del golpe. Así cada mañana me despierto sabiendo que mis ojos, tímidos ante el reflejo de la vida, deberán encararse con el misterio del porvenir sin demasiado temor. Pero lo hacen con temor. Siempre con temor. Porque esa obsesión compulsiva que me aprisiona no es otra cosa que la certeza de que lo incierto ya está aquí, dentro, royendo los bordes de mi conciencia.


A veces me sorprendo pensando en aquel miedo que debe dibujarse en mis ojos al atardecer, cuando el día se desangra. El mismo miedo, quizás, que habita en los rostros de los que se sabían muertos al alba. O en la tristeza silenciosa de los ojos del asesino destinado a cumplir su condena —no porque haya matado, sino porque ya no le queda tiempo para matar de nuevo.


No soy hábil en los razonamientos internos. Lo que se desvanece en un instante vuelve a emerger para afligirme, marcando mis días con la repetición inexorable de un acontecimiento que se renueva cada dos minutos. Como si la onomástica de mi alma fuese un recordatorio perenne de mi propia transitoriedad. Onomástica del alma: fiesta de saldo, nombre vacío, santo que nunca existió. Y todo esto me hace infeliz. Mentalmente estoy muy mal, lo sé. Ya te dije: es una fuga constante. Huyo de mí mismo y nunca salgo de la misma habitación.


Es como un hilo. Finísimo y etéreo. Un hilo que me sujeta a un destino indeterminado, a un «no sé dónde» que se confunde con la vastedad del universo. Soy un ser agarofóbico: tengo miedo del espacio abierto, pero también del espacio cerrado. Del adentro y del afuera. Del mundo y de mí. El hilo es lo único que me queda: un cordón umbilical invertido que me ata al vacío.


Desde que abro los ojos en esta ciudad —a la que llamo, en mi imaginario, Valle de las Lágrimas (Amén a la melancolía y a la esperanza que coexisten en sus calles como dos perros callejeros que se muerden sin matarse)—, cada instante se vuelve una invitación a mirar más allá del horizonte evidente. ¿Por qué ha de aplastarme la ciudad que Cavafis veía como retorno inexorable? Aquella ciudad siempre regresa. Forma parte del aplastante recuerdo, quizás de mi olvidada infancia. Porque la infancia no se olvida: se pudre dentro, y a veces exhala su olor en la madrugada.


Ahora mismo, a través de la única ventana de mi modesto refugio, contemplo un patio de luces que se abre al cielo. Un cielo de un azul tan claro que dicen parecer infinito —pero yo no creo en el infinito. Creo en los límites. En este techo de cal y ladrillo. En esta claridad exigua donde se filtra el aroma inconfundible del café. Y en ese simple gesto cotidiano me pregunto: ¿Acaso me merezco esta fortuna, este instante de paz inesperada? Sin necesidad de explicármelo, siento que este rastro —tan minúsculo como un grano de arena en la inmensidad— es la única huella que me define en el mundo.


Sí. He aquí mi pequeño instante de felicidad. Es mi ciclo alto. Luego bajaré, vertiginoso, al fondo. Y otra vez a repetirme.


Cada día es una sucesión de momentos en los que lo efímero se funde con lo eterno —como si lo eterno no fuese más que la acumulación de lo efímero bien mirado. Me doy cuenta de que en la incertidumbre radica una belleza profunda, una libertad que me empuja a renacer a cada instante. Pero cuidado: renacer duele. Salir del útero de la duda es como parirse a sí mismo en un descampado.


Esa ventana se transforma, para mí, en un portal que une el mundo exterior con mi universo interno. Cada rayo de luz y cada sombra me hablan de la dualidad de la existencia: la fragilidad de la vida y la fuerza inquebrantable de seguir adelante contra mi propia voluntad. Porque yo no quiero seguir adelante. Es la vida la que me empuja desde atrás, como un revisor de trenes con la mano en el hombro.


Al caminar por las calles, cada rincón se me aparece como un espejo que refleja mis dudas, mis anhelos y mis derrotas. Sin embargo, en esa miríada de rostros y silencios, descubro una verdad innegable: no es el destino lo que me define, sino la manera en que decido enfrentar la incertidumbre. La fortuna, la suerte, incluso el azar se convierten en ingredientes de un sortilegio que me invita a cuestionar cada paso, a transformar mis errores en lecciones, y a entretejer con coraje el tapiz de mi propia existencia. Aunque el tapiz esté lleno de nudos. Aunque el coraje sea sólo otra forma del miedo que respira hondo.


En este diálogo incesante con mi interior comprendo que cada pensamiento, cada miedo y cada esperanza son parte de una sinfonía desafinada. Pero hasta lo desafinado tiene su música. La banda sonora de mi vida no es una orquesta: es un violín roto que alguien sigue tocando en un sótano.


La luz que se filtra por la ventana no es solo un recordatorio del amanecer. Es una metáfora de la claridad que puede surgir cuando uno se atreve a mirar dentro de sí, a aceptar la ambigüedad y a encontrar en ella la fuerza para continuar. Si es posible. Viviendo.


Así, en medio de la aparente fragilidad de mi ser, descubro una belleza inquietante en lo incierto. Una promesa: que incluso en los momentos más oscuros hay destellos de luz capaces de iluminar el camino. Pero el camino no lleva a ninguna parte. El camino es el camino. Y yo soy Ramón.


En cada instante, en cada mirada, en cada sorbo de café, reconozco que mi identidad se forja en la aceptación de lo inexplicable, en la valentía de abrazar el caos y en la esperanza de descubrir, en la inmensidad de un cielo infinito —ese cielo que no me cree—, la certeza de mi propia existencia.


O al menos su rumor.


Su pequeño, tembloroso, ridículo rumor.

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