ÁNGEL.
Entre los chopos mustios del Retiro, bajo un cielo gris que olía a tierra mojada y a hojas podridas, ella estaba tan cerca de mí que me parecía imposible que hubiese ocurrido. El estanque, quieto como un espejo de otro mundo, reflejaba nuestra demora. Hay momentos en los que naces para eso —para esa cercanía inútil— y vives instantes en los que, ciertamente, el tiempo tiene la singularidad de la inexistencia. El viento no soplaba, los patos dormían sobre el agua turbia. Era el momento tan esperado desde hacía tanto tiempo que nada de lo que me rodeaba me importaba: ni los árboles desnudos, ni el otoño que se pudría en los bancos de piedra. Ficticiamente le miraba a los ojos, y se fue acercando; y yo también me fui acercando. Y cuando te acercas así, es como si fuerais a encontraros en el mismo meridiano de Greenwich, por cualquiera de sus alturas —un punto exacto donde la tierra se vuelve vértigo y la carne, un mapa sin coordenadas.
Tuve aquella sensación que daba su boca y sus labios, y todo me volaba o daba vueltas. Podrían haber girado y girado palomas, como en esas películas donde pasan rasantes en forma de estampida, cuando te encuentras en un parque y estás en medio del Retiro, allí donde el Ángel Caído —bronce y desamparo— espera, con la boca así, a que alguien te dé un beso. Las hojas muertas trazaban espirales inciertas a sus pies, como pequeños remolinos de un tiempo que ya no volvería.
Los locos tenemos esa forma de concebir los hechos, los estados, los instantes. Sabemos que el mundo es una ficción que aceptamos por cansancio. Si eres un esquizofrénico, puedes pensar en desorbitar los momentos, modificarlos a tu antojo. Y antes de conocer a tu amada, puedes esperar en una mañana fría de domingo, con los ojos cerrados y esa plena fe en que la gente puede llegar a amarte. Por eso, por eso, por eso, por eso, con la boca así puesta, miro al Ángel Caído para que se baje del pedestal y pose levemente sus extraños y fríos labios de acero sobre mis calientes labios, en el beso final.
No hay nada más bucólico que la rendición de un hombre solo en un parque, mientras la niebla lame las estatuas y los gorriones huyen del frío. El beso final tiene esa forma incruenta cuando te empiezas a morir estando simplemente de pie, y el único beso que esperabas te lo da el Ángel Caído del Retiro, porque simplemente eres un loco. Y en ese mismo instante, lo único que quieres es morirte, y ya pones la boca abierta para que el tiempo de la agonía sea más corto. Cae una hoja, luego otra. El estanque no se inmuta. La existencia, al final, es este vértigo de acero y saliva: un beso que nadie pidió, dado por una estatua que nunca pudo caer del todo.
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