menchita

  -Ayer. Fue ayer.


Me propuse dejarme de ceremonias obsesivas  sin que nadie se diese cuenta, pero no pude.

Menchita, anda poniendo repollo con una morcilla y un sofrito de ajos, perejil, puerros, zanahorias, y pimentón dulce. Borbotea cuando lo destapas, y el vapor sube diluyéndose.

No hemos ventilado. Desde dentro no se nota, pero el efluvio debe ser desolador.

Algo de nosotros en el ambiente y el repollo, y las cosas que también huelen. Los armarios huelen y las zapatillas por dentro y, en sí, las paredes, las alfombras.

No sé.

-Percibido en su conjunto.

Ayer por la noche follamos Menchita y yo, porque hoy era su día de asueto, luego dormimos profundamente uno al lado del otro, pero dados la vuelta, y bien entrado el domingo, sintiendo ese frío que viene de estos muros tan estrechos, yo me cogí a Menchita por atrás y sentí su culo contra mi polla, y fue bastante buena aquella poética sensación de abrigo.

Por la mañana posiblemente el olor siguiese ahí, pero era menos perceptible.

A veces los domingos llegan cargados de esa sensación de necesidad de evadir tanta soledad. O de otros olores, a acelgas, a ajos envueltos en pimentón dulce entre pequeños trocitos de beicon, y toda esa luz de la ventana sobre nuestras cabezas que se juntan, por ese lado del cuello que da a mi frente, el leve sonido de los latidos de su corazón. Y los cuento, así, del uno al ocho, y los repito, porque sé a ciencia cierta, que mientras lo haga este calor suave, lleno de tierna levedad, siempre estará conmigo.


A veces pienso que no soy yo quien vive aquí, sino una sombra, un eco sin intención, un resto de algo que se rompió hace tiempo y siguió andando por pura inercia. Lo noto sobre todo en las mañanas como esta, cuando Menchita respira tranquila y yo tengo la frente apoyada en la curva tibia de su cuello. Siento su vida, tan simple, tan directa, como una verdad que me excluye un poco.


Respiro su olor, el de la piel mezclado con la cama rancia, con los vapores que no hemos dejado escapar por la ventana, y me pregunto cuándo empezamos a confundir el calor con la compañía. Me aferro a esos ocho latidos que cuento como si fueran una cuerda. Una cuerda fina, casi invisible, pero aún tensa. Quizá lo único que evita que termine por caer del todo.


A veces pienso que debería decirle algo. Algo verdadero, algo que abra una rendija en este aire denso donde se quedan colgadas las horas. Pero no sé qué sería. No sé si tengo palabras que no huelan ya a encierro, a repollo tierno o a morcilla deshecha en su caldo. Me gustaría creer que todavía soy capaz de nombrar algo limpio.


Y sin embargo, cuando ella se gira, cuando me mira medio dormida y apenas dice mi nombre en un susurro ronco, siento un golpe leve, como un recordatorio de que aún existo. De que no todo está perdido del todo. Luego vuelve a cerrar los ojos, vuelve a irse un poco, y yo vuelvo a quedarme en este espacio estrecho entre su cuerpo y el muro, sopesando la vida que nos cae encima como una humedad antigua.


Hoy, mientras se levanta y va a la cocina, escucho otra vez el repollo borbotear. El sonido es casi idéntico al de ayer, y sin embargo hoy me pesa más. Creo que es porque por un instante, solo un instante, me vi desde fuera: un hombre medio desnudo, en una habitación mal ventilada, contando latidos ajenos para asegurarse de seguir aquí. Y esa imagen, tan precisa, tan cruel, me dejó sin aliento.


No sé cuánto tiempo más se puede vivir así, en este equilibrio dudoso entre el afecto tibio y la descomposición lenta de las cosas. Pero mientras la oigo mover los platos, mientras el vapor invade otra vez la casa, hay una parte de mí —la más mínima, la más obstinada— que insiste en quedarse un rato más, atrapada en este domingo que no deja de repetirse.

Quizá porque, aunque no lo admita, temo que fuera de aquí el silencio sea todavía más grande.


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