DEMETRIO.
Fue una primera vez.
Sí, tuve una bilocación.
Esa transportación en que parece que estás en dos sitios a la vez. A este fenómeno se le unía aquella sensación de los días anteriores: la escala de Scriabin se hacía perceptible en mis entornos ambientales. El do era un resplandor de acero inoxidable; el re, un blanco nacarado; el mi, el azul más intenso del cielo después de una noche fría; y así sucesivamente con el resto de las notas. Tal era mi desasosiego cuando escuchaba el Concierto para trompa n.º 1 en re mayor (KV 412) de Mozart, que la corteza visual de mi cerebro excitaba las células de mi retina y desplegaba ante mí un caleidoscopio de colores en tonalidades nunca vistas.
De los estados bilocados tengo noción desde temprana edad. Mi madre me observaba con terror en los ojos cuando me quedaba catatónico, inmóvil, mudo durante unos instantes. Recuerdo vagamente el primer incidente. Estaba con ella, casi amanecido, en la cuadra, preparando el ganado para la pradera del ballico. Aquel día, a eso de las ocho, le dije lo del abuelo Fabián y su volteo con el tractor. Al día siguiente, de atardecida, mientras tiraba en el Monte de los Marceros enganchando cuatro tallos de roble, mi abuelito tuvo aquel accidente: varias vueltas de campana hasta el terraplén, y la muerte, como yo lo había visto.
Me biloqué innumerables veces. Al principio era espontáneo, anárquico, sin previo aviso. Con el tiempo fui controlando aquellos estados al percibir cierta sensación angustiosa al inicio. Ya con doce años podía controlarlos a mi antojo: bastaba con adoptar una forzada rigidez muscular, cerrar los ojos, y pasar a un trance donde olvidaba mi situación como si no estuviera en este mundo.
Aproveché ciertas situaciones. Así le pude ver el coño a la señorita Inés, la maestra. También contemplé increíbles introitos en el pueblo, en los lugares más insospechados: despejados pajares en largas siestas de agosto, laboreos de patatas, o haceres con criadas en galerías y ventanales de hacendado en las frías atardecidas del otoño.
Lo otro era prever venganzas inhumanas, sufrimientos de amor, pozos llenos de penas; alguna que otra belleza del alma logré ver; pero, sobre todo, comprobé lo más rastrero y degradado del instinto humano. Cosas que me sumían en profunda tristeza y me hacían dudar del alma de nuestra especie.
Tuve aquella capacidad esotérica de la premonición y el presagio. Secretos que no contaba y que me hacían sufrir, aunque muchas personas previesen desenlaces habituales aplicando el raciocinio más terreno. Mi capacidad de bilocación no abarcaba los juegos de azar. Dijérase que ese don había sido puesto en mí solo para adivinar desdichas, intimidades, bajezas, y muy pocas alegrías.
Pasaron los años, con altibajos psicológicos y problemas de conciencia por no saber qué hacer con lo que sabía…
A los dieciocho años me aficioné a la música de los ilustres compositores. Empecé por la difícil anarquía melódica de Penderecki —cuando escuché su tema en El Exorcista—. Luego pasé a los clásicos: Weber, Rossini, Schubert, Berlioz, Wagner, Brahms, Beethoven; y, sobre todo, mi idolatrado Mozart. Pero mi primera perturbación caleidoscópica no vino de ellos, sino del barroco antiguo de Monteverdi. Ocurrió con un clavecín que fluctuaba de allegro a adagio y volvía vibrando a otro allegro, con una envolvente de corta longitud de onda. Eran notas en frecuencias maravillosas —resonare fibris, o labii reatum; que no cazaba muy bien; algo así como el do, re, mi, fa, sol…, pero en latín—.
Qué gloriosa armonía la de los sonidos inspirados por los ángeles: energía vibratoria, portentosa emisión de lo sólido y propagación sobre lo gaseoso.
Y entonces descubrí que la música de Bach, especialmente sus fugas, encerraba un secreto que Douglas Hofstadter desentrañó en su famoso Gödel, Escher, Bach: se pueden leer al derecho y al revés, como un canon por espejo. Una melodía que se despliega en dos direcciones temporales, como si el tiempo mismo se desdoblara. Aquello resonó en mí de un modo escalofriante, porque yo, sin saberlo, llevaba años practicando esa doble vida: estar en un sitio y en otro, oír una nota y su reverso, ver un color y su complementario. La música de Bach no me provocaba bilocación, pero me la recordaba. Era como si el compositor hubiera puesto en partitura lo que yo vivía en carne propia.
Se juntaron estas dos capacidades. Mi vida se complicó de manera absurda. Quizás no supe aprovecharlas como bufón de circo para ganarme la vida. Mis días transcurrieron de la forma más anónima entre cuatro biombos de una oficina de Hacienda, en la segunda planta de un edificio histórico completamente reformado.
Allí conocí a Paquita, que llevaba conmigo las bases de datos de los «listillos». A ella nunca le dije mis capacidades. Llegué a conocerla como no os podéis imaginar. La había percibido desnuda mucho antes de intimar con ella. Era, digamos, de jamoncitos estrechos, una nadadora en su perfil. Lo que me enamoró fueron sus estados ocultos, su insaciable automanipulación con el dedo, sentada de bruces sobre el bidet; y aquellos limos incoloros que bajaban por sus estrechas piernas; sus gemidos estruendosos en la soledad del baño.
Los humanos se enamoran de una mujer por supuestas percepciones. Yo me enamoré por hechos fiables, completamente contrastados en innumerables bilocaciones.
Y me casé con ella a sabiendas de que, a pesar de su escuálido porte, era una ninfómana en el más amplio sentido de la palabra; una viciosilla. No pude llevarle el ritmo vital, y mi manía persecutoria fue una realidad; lo que me llevó —muy a mi pesar— a experimentar con ella. Estando en el ámbito de la humana sospecha, me decidí por la esotérica certeza. Y estuve allí, bilocado, en aquella esquina de otro nido de amor, mientras se la follaba Damián, el de Impagados, con aquel tocadiscos de vinilos escondido debajo de la cama, mientras Leonard Cohen me hería con aquel Songs of Love and Hate, y sobre mis ojos retornaba aquel caleidoscopio de colores por la vibración de las sencillas notas del judío de los poemas. Los otros hirientes arpegios eran los gemidos de ella —y los «me sientes, mi amor»—, fuera de sí misma, víbora, más puta que las gallinas; a la que el de Impagados llamaba Francisquita.
—Debería haber una venganza, pero no os la cuento ahora.
—Solo quiero deciros que hay bilocaciones que no se olvidan.

Comentarios