LA HORMIGA DE LANGTON
Aizarnazabal, 1984
Aurelio Oskoechaga Arrigoarana nació en Aizarnazabal un martes de febrero de 1971, en una casa de piedra con tejado de pizarra que daba a la plaza donde había un plátano viejo tan grande que en verano hacía sombra hasta la farmacia. Su padre, Anselmo, era funcionario de Obras Públicas destinado en Guadalajara, y su madre, Rupertita, era de esas mujeres que hacen las cosas sin decirlas y callan las cosas sin guardarlas. Vivían en el cuarto piso de un bloque de la calle Gerona, en Guadalajara, pero todos los veranos volvían al pueblo, a la casa de los abuelos, donde Aurelio podía correr descalzo por el prado y meter los pies en el arroyo sin que nadie le dijera nada.
En Guadalajara el piso olía a naftalina y a la colonia de Anselmo, una colonia de tapón negro que se llamaba Varón Dandy y que Rupertita compraba en el Corte Inglés de Madrid cuando bajaban en el Talgo en puentes de muchas fiestas. Las paredes del salón eran de papel pintado con rombos ocres y marrones, herencia de los anteriores inquilinos, que Anselmo nunca mandó quitar porque decía que había cosas más urgentes. Había una enciclopedia Larousse en dieciocho tomos sobre una estantería de aglomerado chapado en madera de nogal, y encima del televisor Telefunken en color, un tapete de ganchillo que Rupertita había hecho un invierno de gripe, y sobre el tapete un toro de porcelana de color negro en pose de envestida.
Aurelio era un niño callado. En el colegio Salesiano de la Avenida del Ejército no daba problemas, pero tampoco daba alegrías. Sus cuadernos eran ordenados hasta la enfermedad: los márgenes respetados al milímetro, la letra apretada y vertical, las fechas subrayadas con regla. Los profesores decían que era aplicado. Lo que no decían, porque no sabían verlo, era que Aurelio miraba las cosas de una manera que no era normal: miraba el suelo de baldosas del pasillo buscando si había algún patrón, miraba las rendijas entre los ladrillos de la fachada intentando encontrar la que rompía la secuencia, miraba el vuelo de los gorriones sobre el patio como si esperara que en algún momento formasen una figura reconocible.
Nadie sabía lo que buscaba. Él tampoco.
* * *El IBM PC AT
El ordenador llegó en el otoño de 1984, en una caja de cartón marrón con letras azules que decía "IBM PC AT" y que Anselmo subió del coche en dos viajes porque pesaba como un muerto. Era el estándar de la era 286: procesador Intel a seis megahercios, dos unidades de disco de cinco coma veinticinco pulgadas, monitor monocromo fósforo verde, y una impresora matricial de aquellas Epson FX-80 que cuando imprimía hacía un ruido como de ametralladora en plena descarga. Costó setecientas mil pesetas, que según Anselmo había ahorrado durante ocho años guardando en un sobre dentro del bolsillo interior de la americana del traje gris, pero que en realidad había sido sustraido de no se que forma mágica de los almacenes del Ministerio con el equiquetado de: “PC -utensilio averiado”, y una referencia numérica que no debía constar en ningún documento de entrada a aquel almacenillo
La razón oficial y camuflada, si hubiera sido preguntado, era que Anselmo lo necesitaba para el trabajo. Traía expedientes a casa, bases de datos de carreteras provinciales, presupuestos de obras que revisaba los sábados por la mañana con los papeles extendidos sobre la mesa del comedor mientras Rupertita veía El precio justo en el Telefunken.
Los sábados por la tarde, cuando Anselmo echaba la siesta, Aurelio entraba en la habitación donde habían instalado el ordenador — la que antes era el cuarto de las visitas, con una cama turca y un Cristo de madera sobre la cabecera — y se sentaba ante la pantalla verde.
Al principio no sabía qué hacer. Tecleaba comandos del manual de MS-DOS que había encontrado en el cajón de la mesilla: DIR, CD, FORMAT, COPY. Los directorios se abrían como puertas a habitaciones vacías. Luego descubrió el BASIC, y aquello fue otra cosa.
BASIC era un lenguaje de programación que venía explicado en un libro delgado con las tapas azules. Aurelio lo leyó tres veces en una semana. La primera vez sin entender casi nada. La segunda entendiendo la mitad. La tercera tomando notas en un cuaderno de cuadritos con un bolígrafo bic azul. A las dos semanas ya podía hacer que la pantalla verde escribiera su nombre en bucle hasta que le diera al escape. A las cuatro semanas había escrito un programa que calculaba el área de figuras geométricas. A los dos meses hacía cosas que el manual no explicaba.
Rupertita no controlaba las horas. Creía que su hijo estudiaba. Y en cierto modo era verdad.
Luego vino la hormiga
La Hormiga de Langton llegó a la vida de Aurelio en el invierno de 1986, a través de una revista de informática llamada Microprogramas que se vendía en el quiosco de la estación de autobuses y que costaba veinticinco pesetas. El artículo ocupaba cuatro páginas con dos fotografías en blanco y negro y un diagrama de flujo que Aurelio recortó y pegó en la primera página de un cuaderno nuevo.
Las reglas eran de una sencillez desconcertante. Una hormiga imaginaria se mueve por una cuadrícula infinita. Cada celda puede ser blanca o negra. Si la hormiga está sobre una celda blanca, gira noventa grados a la derecha, la pinta de negro, y avanza un paso. Si está sobre una celda negra, gira noventa grados a la izquierda, la pinta de blanco, y avanza un paso. Eso era todo. Dos reglas. Y sin embargo, de esa simplicidad brutal emergía algo que ninguna mente humana podría predecir sin simularlo: durante los primeros pasos la hormiga construía patrones caóticos, aparentemente aleatorios; pero hacia el paso diez mil, de manera inexplicable, sin que nadie le hubiera dicho cómo, la hormiga comenzaba a construir una autopista, una estructura periódica que se extendía indefinidamente en diagonal.
Aurelio leyó el artículo cuatro veces. Luego se fue a su habitación, se tumbó en la cama con la vista en el techo, y estuvo dos horas sin moverse.
Lo que le perturbaba no era la complejidad. Era lo contrario: que de dos reglas tan simples pudiera emerger algo tan inesperado. Era como si el universo guardara un secreto que solo se revelaba si tenías la paciencia de ejecutar diez mil pasos. Era como si el orden estuviera escondido dentro del caos, esperando, con una paciencia que los humanos no podían ni imaginar.
Esa noche, a las dos de la madrugada, cuando Anselmo y Rupertita dormían, Aurelio encendió el "ibm pc at" y empezó a programar.
Luego vinieron los años de la pantalla verde.
Durante tres años, entre 1986 y 1989, Aurelio Oskoechaga Arrigoarana vivió una doble vida. De día era un adolescente normal del instituto Liceo Caracense: pantalones Lois de pana marrón, jersey de cuello de cisne, zapatillas Kelme blancas con la tira lateral azul. Llevaba el pelo largo hasta los hombros porque era lo que llevaban todos. Iba en bici al instituto. Comía el bocadillo de tortilla que le preparaba Rupertita envuelto en papel de aluminio. Sacaba notables sin esfuerzo.
De noche era otra cosa.
Su programa de la Hormiga de Langton ocupaba ya trescientas líneas de BASIC. Lo había rehecho siete veces desde cero, cada vez más eficiente, cada vez más veloz. Había añadido una interfaz gráfica rudimentaria en modo texto que mostraba las celdas blancas y negras como espacios y asteriscos sobre la pantalla verde. Podía ver la hormiga moverse, paso a paso, construyendo su caos durante miles de iteraciones, y luego, de repente, como si algo en el universo hubiera tomado una decisión, comenzar a trazar su autopista diagonal.
Cada vez que ocurría aquello, Aurelio sentía algo que no sabía cómo llamar. No era exactamente alegría. Era más parecido al vértigo. Como asomarse a un pozo y ver que tiene luz propia en el fondo.
Empezó a modificar las reglas. Tres estados en lugar de dos. Cuatro direcciones en lugar de dos. Múltiples hormigas interactuando. Cada variación abría un universo nuevo, con sus propios patrones, sus propios momentos de orden emergente, sus propias autopistas que aparecían cuando nadie las esperaba. Llevaba un cuaderno donde anotaba los parámetros de cada experimento con la misma meticulosidad con que un naturalista anota las especies: fecha, reglas, número de pasos hasta la emergencia del orden, descripción del patrón resultante.
Rupertita encontró los cuadernos una tarde de marzo mientras limpiaba. Los hojeó sin entender nada. Pensó que eran apuntes de matemáticas. Los dejó donde estaban.
Lo que Anselmo no vio
Anselmo Oskoechaga era un hombre recto y callado, de esos que confunden la austeridad con la sabiduría y el silencio con la autoridad. Llevaba treinta años en Obras Públicas sin haber pedido nunca un favor ni haber concedido ninguno que no estuviera justificado por la normativa. Los domingos iba a misa de doce y luego leía el ABC en el sofá hasta que Rupertita ponía la comida. No era un hombre malo. Era un hombre que no había aprendido a mirar hacia dentro porque nadie le había enseñado que eso fuera necesario.
Lo que Anselmo vio en su hijo fue un muchacho inteligente que pasaba demasiadas horas con el ordenador. Le dijo una vez que había que salir más, que los amigos eran importantes, que la vida no estaba en las máquinas. Aurelio asintió. Siguió como antes.
Lo que Anselmo no vio fue que su hijo había dejado de dormir más de cuatro horas. Que tenía ojeras permanentes desde los dieciséis años. Que a veces en la cena se quedaba mirando el mantel de hule con flores amarillas como si viera algo que los demás no podían ver. Que cuando volvían a Aizarnazabal en verano, Aurelio pasaba horas sentado junto al arroyo mirando el agua, y que si le preguntabas en qué pensabas te decía nada, papá, nada, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Y luego la universidad y el derrumbe
En 1989 Aurelio se fue a San Sebastián a estudiar Informática en la Universidad del País Vasco. Compartía piso en el barrio del Antiguo con dos estudiantes de Económicas que escuchaban a Los Rodríguez y bebían kalimotxo los jueves por la noche. Aurelio no bebía. Se acostaba temprano los jueves y se levantaba a las tres de la madrugada cuando el piso estaba en silencio.
Había comprado un Amstrad PC 1512 con sus primeras pagas del trabajo de meritorio que consiguió en una empresa de telecomunicaciones. Era más lento que el IBM de su padre pero era suyo, y eso cambiaba todo. Lo había instalado en su cuarto, sobre una mesa de tablero de aglomerado apoyada en dos caballetes, con la pantalla orientada hacia la pared para que la luz no molestara a los compañeros cuando llegaban tarde.
El programa había crecido hasta las dos mil líneas. Ya no era BASIC: había migrado a C, que era más rápido, más cercano a la máquina, más honesto. Podía simular un millón de pasos en menos de un minuto. Tenía ficheros con resultados de miles de experimentos. Había descubierto variantes de la hormiga que nadie había publicado todavía, patrones de emergencia que ocurrían en momentos impredecibles, estructuras que se repetían a distintas escalas como fractales rudimentarios.
Lo que no había descubierto era cómo parar.
El derrumbe llegó en marzo de 1992, un martes. Aurelio llevaba setenta y dos horas sin dormir, estudiando una variante de cuatro estados que producía un patrón que nunca había visto y que temía perder si se dormía. Cuando uno de sus compañeros de piso abrió la puerta del cuarto para decirle que había una llamada de su madre, encontró a Aurelio sentado ante la pantalla con los ojos abiertos, completamente inmóvil, murmurando números en voz baja. No respondía cuando le hablaban. No parpadeaba. Su mano derecha seguía posada sobre el teclado como si fuera a pulsar una tecla en cualquier momento.
Llamaron a una ambulancia.
El doctor Manolito Hermida Suárez tenía su consulta en la calle Prim de San Sebastián, en el primer piso de un edificio de principios de siglo con molduras en la fachada y un ascensor de reja que subía despacio. Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura de carey y un bigote gris que le daba aspecto de profesor de latín. Llevaba veinte años tratando lo que él llamaba, con una precisión que sus colegas encontraban excesiva, trastornos de la atención obsesiva de naturaleza matemática.
No creía en la medicación como primera respuesta. Creía en hablar. En preguntar. En dejar que el paciente encontrara el hilo y lo siguiera hasta donde pudiera.
En la primera sesión, Aurelio estuvo veinte minutos en silencio mirando la estantería de libros que había detrás del doctor Hermida. Luego dijo:
— ¿Sabe usted lo que es la Hormiga de Langton?
El doctor Hermida no lo sabía. Aurelio se lo explicó durante cuarenta minutos. El doctor tomó notas. Al final de la sesión dijo:
— ¿Y qué es lo que le da miedo de la hormiga, Aurelio?
Aurelio pensó un momento. Luego dijo:
— Que hacia el paso diez mil empieza a construir la autopista. Y yo no sé cuándo va a empezar la mía.
El doctor Hermida anotó eso en su cuaderno y no dijo nada más en aquella sesión.
Durante los meses siguientes trabajaron sin medicación. El doctor aplicaba técnicas conductuales: registros de horas de sueño, límites de tiempo ante el ordenador, ejercicios de atención plena que Aurelio hacía con la misma meticulosidad con que había hecho siempre todo, lo cual era parte del problema y también parte de la solución. Hablaban de la hormiga, pero hablaban también de Anselmo y su silencio, de Rupertita y su bondad ciega, del prado de Aizarnazabal y el arroyo donde Aurelio metía los pies descalzos en agosto.
Un día el doctor Hermida le preguntó:
— ¿Cuándo fue la última vez que usted metió los pies en un río?
Aurelio calculó. Tenía veintiún años.
— En el noventa. Hace dos años.
— ¿Y qué sentía cuando lo hacía?
Aurelio estuvo en silencio un momento. Luego dijo:
— Que el agua no sabe adónde va pero va.
El doctor Hermida asintió y anotó algo. Aurelio nunca supo qué.
La autopista
En el verano de 1993, Aurelio volvió a Aizarnazabal por primera vez en tres años. Rupertita había preparado su habitación con sábanas limpias que olían a lavanda. En la mesilla había un vaso de agua y la misma Biblia de siempre con el marcapáginas de cuero en el Eclesiastés.
El primer día no hizo nada. Se sentó en el banco de piedra de la plaza, debajo del plátano viejo, y estuvo mirando cómo la sombra se movía lentamente sobre los adoquines a medida que el sol giraba. Era como ver una simulación muy lenta. Era como ver una hormiga que tardaba horas en dar cada paso.
El segundo día fue al arroyo. Se descalzó, se remangó los pantalones hasta la rodilla, y metió los pies. El agua estaba fría y clara y hacía un ruido que no era silencio pero se le parecía. Aurelio se quedó así media hora. No pensó en la hormiga. O sí pensó, pero de otra manera: pensó que el agua también seguía reglas, que la corriente también emergía de la interacción de millones de moléculas obedeciendo leyes simples, y que sin embargo nadie en su sano juicio se obsesionaba con predecir cada remolino. Porque el remolino no era el punto. El punto era el río.
Esa tarde, en la habitación de la infancia, escribió en el cuaderno de cuadritos:
La hormiga no sabe que construye la autopista. Solo gira y avanza. Quizás el error era querer saber cuándo iba a empezar la mía.
Lo cerró. Lo puso en la estantería junto a los demás cuadernos. No lo abrió en dos semanas.
Lo que quedó
Aurelio Oskoechaga Arrigoarana terminó la carrera en 1995 con una nota media de notable alto. Hizo su proyecto de fin de carrera sobre autómatas celulares y emergencia de orden en sistemas complejos: doscientas páginas que el tribunal calificó con sobresaliente y que el director del departamento le recomendó publicar, cosa que Aurelio hizo tres años después en una revista académica de computación teórica.
Siguió yendo al doctor Hermida durante cuatro años más, una vez al mes. El último día de consulta, al despedirse, el doctor le dijo:
— Aurelio, la hormiga que usted lleva dentro no va a desaparecer. Pero ya sabe que de vez en cuando hay que meter los pies en el río.
Aurelio le dio la mano. Luego le dio un abrazo, que no era algo que hiciera habitualmente.
Volvió a Aizarnazabal todos los veranos. Anselmo murió en el dos mil tres, de un infarto tranquilo un domingo después de misa. Rupertita envejeció en el piso de Guadalajara rodeada de la enciclopedia Larousse y el tapete de ganchillo y el recuerdo del papel pintado con rombos que al final sí mandó quitar, cuando ya no quedaba nadie a quien preguntarle si había cosas más urgentes.
El IBM PC AT de 1984 estuvo en el cuarto de las visitas hasta el año dos mil, cuando Rupertita lo donó a una asociación de vecinos que lo usó como pisapapeles durante un tiempo y luego lo tiró.
Aurelio nunca lo supo. O quizás sí, y decidió no pensar en ello.
Hay sistemas que de dos reglas simples construyen autopistas que ninguna mente podría predecir. Hay hombres que de una infancia callada y una pantalla verde construyen obsesiones que los salvan y los hunden al mismo tiempo. La diferencia entre el caos y el orden no siempre está en las reglas. A veces está en el paso en que decides dejar de conta

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