GALLETAS DE NAVIA

Cuando mi padre bajaba a Navia —ese viaje que para mí tenía algo de expedición a un territorio remoto, casi mítico— yo le encargaba siempre un paquete de galletas María. No cualquier galleta: eran las que venían en aquel envoltorio de papel fino y azulado, como si dentro no hubiera solo alimento sino una promesa. Abrirlo era un acto casi solemne, una ceremonia de la infancia.
Las iba cogiendo una a una con la mano, sintiendo antes del mordisco esa leve resistencia que luego estallaba en crujido. Pero el verdadero arte no estaba en comerlas, sino en dosificarlas. Hacían falta para dos días. Las escondía con esmero de estratega, en lugares que mis hermanas no pudieran profanar. Cada galleta era un pequeño secreto, y cada secreto, un triunfo.
Un día, sin embargo, el azar —o ese ojo que abre la sospecha— me mostró otra verdad. Mi padre no bajaba a Navia para comprarlas, o no solo para eso. Lo encontré en la tienda de Hortensia, a dos pasos de casa, adquiriendo el paquete que yo creía llegado de la distancia. Todo cambió. Aquel envoltorio azulado de repente era el mismo, pero no lo era. Las galletas habían perdido su origen, su viaje, su leyenda.
Ya no me gustaron. No eran galletas de Navia.
Ahora, años después, comprendo que lo que se rompió aquella tarde no fue solo un pequeño engaño paternal. Fue la primera grieta en mi fe en la autenticidad de las cosas. Descubrí que el valor no reside en los objetos mismos, sino en la historia que los recubre, en la distancia que los hace sagrados. Que el mundo es, a menudo, una tienda de Hortensia disfrazada de Navia. Y que la verdad, cuando llega, no siempre libera: a veces desencanta. A veces, saber de dónde vienen realmente las cosas nos deja con las manos vacías, sosteniendo un paquete que ya no cruje igual.
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