lunes, 28 de mayo de 2012

EL EXPERIMENTO.




Habiendo pasado sólo una hora sentado sin ningún efecto nocivo. Habiendo razonado mil veces que he de dar vueltas y vueltas para encontrar el final. He perdido la confianza de que esto sea un espacio abierto. De que yo pueda comprender, que con un leve impulso de una manilla abriré una puerta y podré salir en libertad.

Dónde están los límites razonables. Desde dónde hasta dónde. Sabía que tenía que abandonarlo a su suerte. Lo veía sobre aquella perspectiva dentro del laberinto, caminando de un lado al otro sin ninguna coincidencia estadística que me hiciera mantener un nexo para identificar, alguna costumbre suya que se repitiese más de tres veces seguidas. Andaba y andaba con sus manos en los bolsillos. No diría con la mirada perdida, pues las paredes de madera apenas le dejaban una mera lejanía, quizás la esquina que doblaba para encontrar otra esquina idéntica con aquel color azul,  idénticos los bordes protegidos por una codera de cuero marrón.

De sus sensores podía percibir cierta angustia a determinadas horas del día. Fluctuaba mucho su estado de ánimo. A veces miraba a su cielo hecho de tapas de metacrilato transparentes, que dejaban ver toda la amplitud de las estructuras metálicas de la nave donde estaba construido el laberinto.
Sonaba cuatro veces al día una campanilla en la esquina donde estaba la estancia más amplia, sin que él percibiera la cantidad de  tiempo transcurrido entre los diferentes toques. Sonaban el tiempo suficiente para que su orientación fuese correcta. La comida entraba por una abertura abatible, una bandeja  con cuatro tipos de comida diferente distribuida en sus pequeños huecos.
Se sentaba. Miraba la comida, y según su orden de elección empezaba a comer dejando gran parte casi sin tocar. No tenía casi hambre.
Llevaba cuatro días así.
Mediamos su ansiedad que se iba incrementándose hora a hora.  No lográbamos  entender el que llevase casi treinta y ocho horas manteniéndose despierto, cada vez más agitado.

Al quinto día tuvimos que abrir la puerta del segundo lado. Lo dejamos a su albedrío, en el sentido de que encontrase la salida como le viniese en gana, en el sentido de que sería la suerte, el azar de pasar por delante la abertura, lo que llamase su atención.Tal era su ofuscación,  que pasó dos veces sin darse cuenta, debida a la apariencia del fondo azul del exterior que hacía juego con el fondo azul del interior. Le dio por salir a la tercera vez, porque quizás  entrase una leve corriente de aire sobre su cara que le hizo orientarse. 
Estuvo en el umbral que daba a su libertad largo tiempo, mirando hacía los lados. No sabíamos lo que realmente quería mirar. Se dio la vuelta y vio aquella inmensa oscuridad al fondo, y varios focos en los extremos que daban a una amplia y difuminada penumbra. Estaba al frente. Sólo sentía leves murmullos y el carraspeo a intervalos de los espectadores.
Fueron unos raros instantes.
Los aplausos atronaron desde aquella inmensa e improvisada platea. Percibió con sus ojos ya acostumbrados a la penumbra a las personas que estaban en las primeras filas, las aclamaciones, los hurras…los silvidos.
Poseído de extraños gestos, sus manos empezaron a apretar sus oídos, sus ojos muy abiertos delataban un tremendo terror.
Insoportable para él, dio la vuelta y se metió otra vez en el laberinto. Ahora corría y corría despavorido dando vueltas hasta que cayo rendido apoyadas sus espaldas en la pared de uno de los pasillos más largos, en aquella posición de cuclillas, la cabeza completamente hundida entre las piernas.

Aún se sentían los aplausos.

Como una serpiente muy larga lo he reptado todo,  mi cola está en el final que es el principio, y mi cabeza bífida, casi sin aire, está en el principio que casi es el final.





1 comentario:

BRUXINA dijo...

tremenda descripcion de vivir ♥ besos de esos :)