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TRAJE.

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  —¿Sería más puntual si me muriese un día antes? Empecé a darme cuenta de mi locura. Llegué a esa conclusión cuando comencé a idear en mi mente, casi con obsesión, aquellos mínimos discursos sin sentido, frases incongruentes, como que  las palabras son las primeras en recibir la noticia, para que tu te puedas enterar de la misma, según, o dependiendo del tipo de palabras empleadas para contarte la noticia. Alguien golpeó tres veces la puerta. Grité: ¡Pasen! Lo vi frente a mí, impecablemente trajeado al estilo Príncipe de Gales, con chaleco de bolsillos inclinados, disimulados con una precisión y simetría casi perfectas. A pesar de sentir aquellos golpes sobre la puerta, no supe por dónde había entrado. Su figura se hizo perceptible a medida que yo levantaba la vista. Con un gesto mecánico, posó un maletín de cuero sobre mi escritorio, y dejó su tarjeta de visita frente a mí, al mismo tiempo que con la misma serenidad abría el maletín, revelando su absoluto vacío. No dijo una ...

MONTE OKU.

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  De lo que aún queda En el valle donde la noche se posa con la ligereza de una pluma carbonizada, las cenizas hablan. No son las que se acumulan en los braseros fríos ni las que el viento arrastra en remolinos efímeros. Son las invisibles, las que se adhieren a las palmas de las manos como memorias olvidadas, las que se filtran en el pan que partimos al alba, las que manchan de azul oscuro los bordes de los sueños. Junko, la bailarina de pies descalzos, camina sobre la tierra reseca del Monte Oku. Sus huellas, indecisas como trazos de tinta sobre papel arrugado, dejan un rastro que ni siquiera la lluvia logra borrar por completo. Las chozas cercanas, construidas con tablones carcomidos y techos de paja, brillan bajo la luna llena. En su interior, niños de piel ébano y ojos color lava observan el mundo a través de rendijas. Sus pupilas guardan el fulgor del volcán dormido, ese que un día escupió fuego y ahora yace bajo capas de silencio y polvo. —Todo está aquí —murmura Junko, exte...

OLORES.

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  No bastaba mirarme al espejo. No era suficiente. A mí no me alcanzaba con levantarme sin rumbo, vagando entre las paredes mientras ella sorbía el café y mordisqueaba ese pastelito rancio. Luego partía. Yo me iba  a la ventana, siguiendo su contorno hasta que su cuerpo lentamente  se perdía  al dar la esquina. Luego me volvía. Pensaba para mi, cómo podría haber un “hombre como yo sin dar un palo al agua”. Ni lo sabía. Mi mujer marchaba a su trabajo cotidiano, como cualquier alma recta y pulcra. Mi ritual para visitar a la otra se repetía cada  setenta y dos horas (un aproximado), que mis testículos recuperaban su peso natural. La edad  los había vuelto lentos en la acumulación; el semen ya no trazaba esos hilos viscosos que antaño recordaban a lombrices aplastadas o ciempiés agonizantes. Ordenar cualquier objeto implica arrancarlo de su estado primigenio, su ideal entropía. Minutos después, la cosa se convierte en un ente neurasténico, insufrible, condenad...

TIERRA.

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  Yo, de ese trajín, recuerdo cómo las truchas se mataban contra las piedras, la nuca contra el filo húmedo, y luego quedaban tendidas sobre una cesta de helechos. Los movimientos básicos eran siempre los mismos: cavar, plantar semillas, cosechar frutos, segar con la guadaña, andar detrás o delante de un arado romano. Todo de pie o agachado. Apenas había tareas en posición vertical, quizá varear erizos de castañas o pintar de blanco la parte alta de las habitaciones, para que el blanco se hiciera más blanco. El amor era rudo, a estilo perro, en los rincones más inverosímiles. Ya conté cómo me quitaron el frenillo: sentándose de repente sobre mí, como si tal cosa. Cuando había que follar a una cerda, la hazaña era atraparla; se volvían ariscas hasta que les entraba el gusto. A las cerdas se las folla bien cogiéndolas de las orejas. Otra cosa era la oveja, más dócil. Pero nunca con un carnero, ni con un asno. Con una vaca, subido a un taburete, metiéndole una tranca por la babilla. ...

RABO.

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  Intentaré contaros en pocas palabras lo que me está sucediendo. Todo empezó en mayo de hace dos años, cuando me levanté para ir a trabajar. Sentí un pequeño dolor en lo que los galenos llaman surco ínterglúteo—para entendernos, un poco más arriba de la abertura del ano. No le di mayor importancia en aquel momento. Sin embargo, a partir de ese día, las molestias fueron en aumento, sobre todo cuando me sentaba en la oficina. En la ducha, al frotarme, noté un pequeño bultito en esa zona. Con la ayuda de un espejo, pude ver claramente una pequeña protuberancia dura, con abundante vello. Pasaron unos dos meses. Un día, mientras estaba en el baño, mi mujer me preguntó qué era lo que tenía entre los glúteos. Le respondí que parecía una acumulación de sebo, aunque lo notaba muy localizado y no parecía blando. Ella me animó a consultarlo con un médico. Al mes siguiente, estaba delante de la médica del seguro, un poco avergonzado, con los pantalones bajados. "Sin importancia", me ...

MAITE.

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  La primera vez que vio aquella figura tras los visillos, supo que el tiempo no era una línea recta, comprendió que el tiempo podía detenerse y no existir. Era un murmullo circular, un laberinto donde las huellas no desaparecían, sino que persistían, grabadas en la piel de las cosas guardadas en la casa. Era de noche, y él estaba solo, sosteniendo entre los dedos un cigarro consumido hasta la mitad, cuando el viento hizo que la cortina se elevara apenas. La sombra estaba allí. Otra vez. No tuvo miedo. Solo pensó en Maite. La última vez que la vio, el eco de sus pasos desapareció en la neblina de un mayo imposible de tan hermoso. Recordaba vagamente el aroma de las rosas de Cheddar, mezclado con la humedad de los rosales de Alejandría. El perfume de las flores de Bach que ella usaba. Todo quedaba como un eco, un roce apenas perceptible en la memoria. Restos del "Cuarteto de Alejandría", aquella historia sobre el "poeta" que le encantaba releer una y otra vez. Y las ...

NOMBRE.

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  Resucité sin ganas de hacer nada. No había trompetas ni manos tendidas al asombro. Solo el murmullo cuando pareces sentir el paso del tiempo que estaba estancado entre las paredes. Te elegí en el instante en que llorabas en silencio. Un martes cualquiera, o el martes de la creación. ¿Cómo saberlo? La palabra estaba olvidada, flotando en el aire como un don bíblico caído en el desuso de la memoria. Había regresado otra vez desde el vacío. Con un cuerpo nuevo, con una piel aún sin historia. Aprender todas las palabras, nombrarlas por primera vez, inventarlas si hacía falta. Aquél lugar tibio me acogió con un soplo cálido, y el vapor cubrió mi rostro antes de mi primer grito. Otra vez ese rito de volver a resucitar. Boca arriba, esperé el roce de un beso. ¿Dónde estaban las flores que otro día me dieron la bienvenida? Solo la luz marcando la sombra en su forma más cruda, y brazos anónimos sosteniéndome en la fragilidad del amanecer. Si el aire no fuera suficiente, tendría branquias....

HABITANTES.

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En un pueblo olvidado por el tiempo, donde las calles eran de tierra y las noches parecían no terminar nunca, vivía un hombre llamado Abdel Ghaffar. Abdel no era de allí, pero el destino lo había llevado a ese lugar, como si el mundo lo hubiera arrancado de sus raíces y lo hubiera plantado en un suelo extraño. Llevaba consigo una maleta vieja y una fotografía desgastada de un niño que una vez apretó contra su vientre, buscando calor en medio del frío de la guerra. Ese niño ya no estaba, pero su recuerdo lo acompañaba como un susurro constante. En el mismo pueblo vivía Estela Abroz González, una mujer que había perdido la voz años atrás, no por enfermedad, sino por el peso de las palabras que nunca pudo decir. Estela caminaba por las calles con una mirada perdida, como si buscara algo que ni ella misma podía nombrar. A veces, se detenía frente a la casa de Moisés Pérez Adura, un hombre que pasaba sus días tallando figuras de madera, intentando dar forma a algo que no fuera el vacío que ...