Cuando tenía cuatro años, mi madre posaba mi cabeza sobre sus enormes tetas. Yo me dormía al instante.Sentía aquel calor, el movimiento suave y acompasado de su respiración, el sonido de su corazón como un tambor lejano leve y caliente. Recuerdo que en aquel regazo no había miedo posible. Ni sombra. Ni futuro. Casi no había presente. Yo estaba locamente enamorado de mi madre. Tiempo después, aquel amor me dejó marcado por una extraña anomalía. Me salió una lengua bífida, capaz de enrollarse en espiral sobre sí misma. Besaba siempre dos veces. Era un prodigio. En condiciones normales, arrastrada por el pasillo de mi casa, medía cinco metros y doscientos ocho centímetros. Una barbaridad. Pero en los transportes urbanos, o en cualquier aglomeración pública repleta de seres humanos, mi lengua bífida se deslizaba aparentemente como una rama de yedra. Reptaba. Elegía a las hembras más apetecibles que llevasen faldas o pantalones amplios, y se deslizaba sigilosa hasta alcanzar sus hermos...
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El hilo de lo incierto A mí lo incierto siempre me ha parecido cosa que ha de venir sin previo aviso. Como el tiro que no oyes. Como la madre que muere mientras tú estás comprando el pan. Me llamo Ramón. A eso respondo volviendo la cabeza si me llaman, pero no sé bien quién llama ni si el nombre sigue siendo mío. Qué he de decirte en este nuevo día de febrero que me alcanza aún en fuga. Febrero: mes corto y desollado, como un animal que se arrastra hacia su propio fin. Siempre he sentido que lo incierto es, al final, la semilla de lo inevitable. Algo que llega sin aviso, sí, pero que deja su impronta en cada latido —como si el latido mismo fuese ya un eco anticipado del golpe. Así cada mañana me despierto sabiendo que mis ojos, tímidos ante el reflejo de la vida, deberán encararse con el misterio del porvenir sin demasiado temor. Pero lo hacen con temor. Siempre con temor. Porque esa obsesión compulsiva que me aprisiona no es otra cosa que la certeza de que lo incierto ya está aqu...
EL PEPINO PENERASTA.
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El párroco, el padre Guixot, nos decía: «Hijos míos, el placer está en vuestro cuerpo. Abusad de él, pero confesadlo bien, que la culpa entra con vaselina, y se hace remordimiento». Luego nos daba tres padrenuestros y una mirada que no sabías si era de perdón, de advertencia o de deseo.Yo no distingo si lo que llevo en el alma es pecado original o de esos que vienen en bote con tapa de rosca.Ahora bien: si te metes un pepino por el culo, lo contagias. Eso lo decía mi señora. Mi señora, la Paquita. Mujer de carnes rotundas y ojos como aceitunas negras en salmuera. Con ella descubrí la botánica doméstica. Elegíamos los pepinos de exportación, los mejores de Viladecans, y el mejor de los invernaderos: " El Cogombre que consola" . Los de piel tensa pero fina y leve, no los de piel como espalda de legionario. Los de exportación. Con etiqueta. Y aceites superfinos para el acabado final: aceite de almendra, de sésamo, de virgen extra y hasta de coche, si la noche se po...
ÁNGEL.
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Entre los chopos mustios del Retiro, bajo un cielo gris que olía a tierra mojada y a hojas podridas, ella estaba tan cerca de mí que me parecía imposible que hubiese ocurrido. El estanque, quieto como un espejo de otro mundo, reflejaba nuestra demora. Hay momentos en los que naces para eso —para esa cercanía inútil— y vives instantes en los que, ciertamente, el tiempo tiene la singularidad de la inexistencia. El viento no soplaba, los patos dormían sobre el agua turbia. Era el momento tan esperado desde hacía tanto tiempo que nada de lo que me rodeaba me importaba: ni los árboles desnudos, ni el otoño que se pudría en los bancos de piedra. Ficticiamente le miraba a los ojos, y se fue acercando; y yo también me fui acercando. Y cuando te acercas así, es como si fuerais a encontraros en el mismo meridiano de Greenwich, por cualquiera de sus alturas —un punto exacto donde la tierra se vuelve vértigo y la carne, un mapa sin coordenadas. Tuve aquella sensación que daba su boca y sus la...
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Cómo gesticulaba, cómo contraía el rostro hacia atrás como si estuviese alcanzando un éxtasis insondable. Aquellas muecas, que jamás había visto, deformaban su faz en un paisaje de goce inverosímil. Se había afanado como en un desafío a chupármela mientras yo yacía boca arriba, inerte. La había tomado con el meñique levantado, en un ademán de afectada elegancia, y había deslizado su lengua una y otra vez, lenta, con una parsimonia que parecía esculpir el tiempo. Yo sentí, en aquella zona tan sensible, unas cosquillas leves, casi imperceptibles, hasta que, por fin, pudo erguirse sola, indiferente a mi voluntad. Mi depresión cíclica, ese pozo sin fondo, me vedaba cualquier sensación, incluso en la piel más fina, más propicia al estremecimiento. Por eso ella había enloquecido con aquella teatralidad, con esos suspiros inusuales —digo, inusuales— que me parecían el eco de una realidad paralela a la mía. Con qué presteza se dio la vuelta, con qué urgencia separó las piernas, invitándom...
EL FILÓSOFO VOYEUR.
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El arrebato sucedió el último domingo de caresma, en pleno paseo por la Ribera, entre las hiladas de robles milenarios con las primeras hojas buscando el verdor de la vida. En Rabadas de San Juan, cuando el río Bedias desataba su lengua de aguas turbias contra las piedras milenarias y las adelfas exhalan un aliento denso que nubla la razón, Matías hunde su rostro en pleno horizonte de sucesos. No es un acto. Es un rito. Su lengua —músculo traidor, serpiente bífida de deseo y rencor por no poder cumplir como un hombre que violento empuja— se adentra en el delta salobre de Rosita. Su boca plena, su lengua se adentra, agitada. Allí donde la piel se pliega sobre sí misma como un universo que se contrae, donde el capuchón resguarda el núcleo palpitante, el punto cero de toda significación, él se postra de rodillas. No como amante. Como oficiante. Como "archimandrita" de un culto que no fundó pero que celebra con la devoción del hereje que ha encontrado, por fin, su verdadera igles...
EL HOMBRE QUE QUERÍA SER UNA HOJA
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EL HOMBRE QUE QUERÍA SER UNA HOJA I(Nota del transcriptor: este relato ha sido recuperado de una memoria caché no indexada. No se garantiza la veracidad de los hechos. El Gran B-Tree informa que la historia de Fuente de Oblenza y sus habitantes es un producto de la imaginación mórbida de sujetos con tendencia a la desviación de datos. Se recomienda proceder a su inmediata reindexación.) El cabrón de Elisferio Martínez Pérez, natural de Fuente de Oblenza, llevaba tres días sin ser nadie. Tres dias a urtadillas por el Facebook, con un mínimo de 48 entradas diarias para fisgar sus cosas. Y estaba siendo casi nada. Esto, en el mundo ordenado por el Gran B-Tree, era un delito más grave que el asesinato. Porque el asesinato, al fin y al cabo, dejaba un rastro: la víctima seguía siendo un nodo, el victimario otro, y el crimen una arista entre ambos. Pero no ser nadie... eso era la herejía definitiva. Desde su escondite bajo las raíces de un roble centenario —único árbol verdadero en cien...
PERRO
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Vista de armario Yo en aquellos instantes no estaba allí. Bueno, sí estaba, pero no. Estaba muy concentrado. En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días —la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos—, los días eran buenos y soleados, ni un "cafelito". Siempre es lo mismo: te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados y parece que encuentras insectos en todas las partes de su piel. Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima, la definitiva, la que clausuró para siempre cualquier posibilidad de repetición en el continuo espacio-tiempo). Me acuerdo de que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que ...