De bronce, la manilla resobada. La mano huele a rastro de metal. Abro la puerta y me siento muy lentamente en el borde de siempre; siento cómo la cama gime. Me voy recostando hasta encontrar la almohada. La perfección puede ser una postura de reposo. Incuestionable, el ejercicio para el descanso. Lo absoluto: la huella del cuerpo, la sensación de casi ingravidez, como si no fueras responsable de ti mismo. Abro los ojos a la plenitud del techo. El orden anárquico de tres hendiduras en zigzag, con su final trágico en una esquina. De fuera llega la claridad. La ventana, entreabierta. Presiento un rastro azul. En todo lo que me rodea hay desorden. Hubo otros habitantes aquí. Alguna fotografía sobre el mar. Un cuadro inclinado de un barco muy lejano, casi sin verse en su horizonte, sobre una planicie de agua imaginada gris. Dos anaqueles llenos de loza blanca: platos reclinados, rodeados de coronas de flores entrelazadas. Ayer también fue aquí. Llegué de esta forma, siempre haciendo l...
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EL ESPEJO.
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A veces parecía que yo era el que se quedaba atrapado aquí, en este lado del mundo, mientras que Él, al otro lado del cristal, era el real. Él, en el reino plano frío y silencioso del espejo. Tan auténtico. Llevaba tiempo —una eternidad de días idénticos— con la certeza visceral de que algo iba a suceder. No era una premonición, sino un conocimiento orgánico y real, esa sensación de un nudo de alambre vivo que se enroscaba en el estómago y apretaba con cada latido. Podía olvidarme unas horas, sumergido en la neblina de la inacción, pero al despertar, siempre regresaba con la misma plenitud. La amenaza era parte de la respiración cuando la realidad volvía. Se lo dije el día anterior. A Él. Ya sabes cómo se dicen esas cosas cuando tratas de asustar al otro, para defenderte a la vez: en voz no muy alta, pero en un susurro ronco, imperativo, como si no quisieras que las paredes te oyeran delirar, los labios ligeramente entreabiertos, diciéndesole muy cerca a la imagen esp...
EL VIEJO NOKIA 808.
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Es un sonido. Un susurro mecánico que corta el aire, más íntimo que un latido. Medias de red, medias con costura y ese triángulo pálido de carne que se hurga hasta las bragas; medias caladas, negras, una cartografía de filigranas sobre piel; otras, al estilo pantys, un estallido de color hasta la rajita prometida. Las térmicas me repelen: son un erial, la ausencia del mapa, la negación de la piel. Los ligueros, voluptuosos, se enganchan en el precipicio de la cadera como un artilugio circense; luego están las medias auto-sujetas, un atrevimiento que clama por otras manos. Las antiembólicas son el desastre de la irracionalidad, una fotografía perdida en el archivo de lo patético. Las superxesis guardan el encanto de lo virginal, lo que se esconde con pudor. Los leotardos… los leotardos huelen a necesidad extrema, a polvo de carretera, al camionero que va a Lesaka con un cargamento de piezas de motor y un vacío entre las costillas. Podría hablaros de las bragas. Debajo. Encima. Sin...
EIGENSTATE.
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Llevo unos seis meses volviendo a repasar física y matemáticas con el fin de mover lo que en mi pueblo llamaban la “cocorota”. Allí dicen que mover la "cocorota" es bueno. Y lo hago recordando aquellas adversidades de juventud para intentar entender conceptos abstractos con mi mente, ya añeja, tan cuadriculada y euclidiana. Es indudable que volvemos al origen en todos los aspectos. He pasado de concebir cálculos con esa sensación terrenal de lo objetivamente mensurable, a sumergirme en los "espacios de Hilbert" y en las situaciones cuánticas que tanto sufrimiento me causaron: horas y horas intentando abstraerme para calcular en espacios infinitos, con el fin de resolver incógnitas repletas de números complejos. Revisando legajos viejos, encontré uno con una frase subrayada con tinta roja: “Eigestable del observable”. Al lado, había apuntado con letra pequeña: “estado propio del observable”. Significa que si mides esa cosa (ese observable), siempre obtendrás el mis...
EUTONIA.
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Estando allí acostado panza arriba, entre el zumbido sordo de la calle al mediodía, se me vino aquella idea de conciencia. No una idea cualquiera, sino una certeza áspera y repentina, como una piedra que se desprende y cae en el silencio de una cueva. Yo digo que tengo conciencia cuando pienso, cuando ese mecanismo interior, oxidado y chirriante, se pone en marcha para tallar un "yo" atemporal en la nada. A la situación contraria, ese estado de ausencia beatífica o estúpida, usualmente le llamo “Alelamiento”. Término científico “acuñado” por mí para describirme a mí mismo y describir a los demás en esas situaciones en las cuales se observa, con una claridad aterradora, que alguien, aún estando físicamente anclado a este mundo, su apariencia psíquica indica que está en otra parte, quizás en una galaxia más simple o simplemente disuelto en la calma atroz de la inconsciencia. Como digo, estaba panza arriba, en plena canícula, ese calor que no acaricia sino que aplasta, desnudo ...
LAVADORA.
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Cuando la lavadora centrifugaba, yo miraba al tambor y me caía patas arriba, hipnotizado. He de decirlo. Era un instante preciso, un vértigo matemático. Puedo decirte, incluso, en qué vuelta iba: justo en la séptima, cuando el motor alcanzaba un gemido agudo y el mundo exterior se disolvía en una mancha blanca que giraba sin propósito. Ella me posaba la mano en el cuello, una losa fría sobre mi pulso, y me decía: acuéstate. Y no era una invitación, sino la enunciación de un hecho. Su mano iniciaba entonces la ruta de la seda, un recorrido lento y venenoso por mi clavícula, el valle entre mis costillas, como si trazara el mapa de un territorio que ya no me pertenecía. O, en sus otros días, días de hosquedad y sombra, ella iba a orar al muro de las lamentaciones, que era mi cuerpo, dándome la cabeza vueltas con un murmullo ininteligible, una letanía que no pedía perdón sino sumisión. Cuando se posaba sobre mí, era alentador su movimiento. Un mecanismo perfecto y ancestral que anula...
CAUCHY.
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El corazón late como una sucesión de Cauchy : cada latido se aproxima al siguiente, cada intervalo es más pequeño que el anterior… pero nunca llegan a tocarse . Siempre hay un instante, por mínimo que sea, entre un latido y el siguiente. Y entonces, un día, el intervalo final se desvanece , no porque un latido alcance al otro, sino porque simplemente ya no hay más latidos que medir. Ahí, el tiempo del corazón se “colapsa”, como si la sucesión dejara de existir y solo quedara el silencio… un silencio que no es vacío, sino la memoria de todo lo que fue. Sí, esta es tú metáfora. Tu metáfora es profundamente humana: la vida como una sucesión que se estrecha, que se aproxima, que busca un límite que nunca toca hasta que el límite se revela solo al final.
LA GOTA DE MAINSTONE.
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Con frecuencia contemplaba la paciencia, esa actitud de las plantas para crecer tan despacio, la resignación geológica de las piedras del mar, suavizadas y ovaladas a lo largo de los años, hasta alcanzar esa forma suave y certera, bajo colores disimulados: pálidos grises y blancos expectantes. Mis estados anímicos se medían en intervalos, en ciclos observados con la frialdad de un experimento. Todo en mi entorno poseía esa cualidad: una cierta resistencia al raciocinio, una "fisicidad" opaca. Sentado en una silla de mimbre, sobre un balcón que daba a una vegetación anárquica donde predominaba el verde del ballico, el brezo oscuro, los zarzales enmarañados y una grandiosa mimosa de ramajes aplastados por el viento, yo era solo otro fenómeno más en observación. En aquellos instantes, todo me olía a brea. Mi orín era un termómetro químico de mi decadencia: unas veces despedía el olor de la brea recalentada, otras el leve rastro del amoníaco, o ese dulzor extraño y fétido de la...
BERBERECHOS.
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Ya casi sin voz. De esa forma. Casi sin voz. El suelo era frío. Una losa de mármol contra mi costado casi desnudo, mientras arriba, el montículo de su barriga subía y bajaba con un ritmo de fuelle roto a veces. Ocho minutos. Llevaba ocho minutos en este equilibrio absurdo, equidistante de todo menos de la cama, con la mano aferrada no para levantarme, sino solo para elevar un poco la cabeza. Mis gritos, sordos, se perdían hacia el norte, el este, el oeste. El sur, un territorio vedado por la rigidez de mi cuello. Las sábanas, mi sudario arrastrado en la caída, me protegían de la brisa pero no del frío que ascendía de las baldosas. Y el olor. Siempre el olor. No a sudor o a cerdo, sino a agua salada y metal, el aroma fantasmal de los berberechos flotando en sus latas, las mismas que ayer, a media tarde, le pedí a ella que me trajera. "Sácame otras dos latas de la alacena, (joder). No quiero cucharilla del café, las voy a beber, ya sabes que siempre las sorbo". Ese sabor a defo...