Iba camino del trabajo —como se va siempre, obedeciendo a una inercia que no se cuestiona— cuando me detuve en la plazuela de San Miguel. No por voluntad propia, sino porque algo había interrumpido la continuidad del mundo: una esfera de cristal, perfecta, cerrada sobre sí misma, y dentro de ella un hombre. Dicen que es David Blaine. Los nombres, al fin y al cabo, tranquilizan. Somos pocos al principio, una veintena de cuerpos suspendidos en la curiosidad, contemplando su barba a medio hacer, sus pantalones negros, su torso desnudo, tenso, casi desafiante. Se mueve con cuidado, como si el equilibrio no fuera sólo físico sino moral: los pies apoyados en la curva inferior de la esfera, sujeta precariamente por cuñas que evitan el desastre. Todo parece provisional, incluso la magia. El sol ya ha salido y la fuente funciona. El agua, al mezclarse con el aire, proyecta colores sobre la superficie curva del cristal. El mundo se fragmenta en reflejos. Pienso que quizá no estamos viendo ...
Entradas
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
El Campo de Nieve y Estrellas La nevada más copiosa que se recordaba en Arnal de Los Robles había convertido el occidente asturiano en un tapiz cuántico de posibilidades blancas. Cada copo, pensaba Emilio Diasto Pérez mientras observaba por la ventana de su modesto aula en la graduada de Boal, era como una fluctuación del vacío: única, impredecible, emergiendo de la nada para existir un instante antes de fundirse en la totalidad. Era diciembre de 1965. En el mundo exterior, los Beatles cantaban "Yesterday", los miniautos Fiat circulaban por ciudades que se modernizaban, y la sombra de la Guerra Fría trazaba líneas divisorias en mapas. Pero en Arnal, el tiempo parecía obedecer a otra métrica, una más cercana a las ecuaciones de la Teoría Cuántica de Campos que Emilio atesoraba en cuadernos gastados. —Profesor —la voz de Jamin, su alumno de doce años, rompió el silencio—. Dice mi padre que los lobos han bajado hasta los corrales. Aúllan como fantasmas. Emilio volvió lentament...
BONGUITO
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
El aire en la suite olía a colonia cara mezclada con miedo sudado. Jeffrey Epstein sonreía desde su trono de mimbre, observando cómo el Príncipe —nunca nombres, solo títulos— sostenía el revólver con mano temblorosa. No era un arma normal. El cañón había sido engastado con diamantes, el gatillo bañado en oro. Un juguete para hombres que podían comprar países. —Seis cámaras —dijo Epstein, su voz un hilo sedoso—. Como los seis continentes donde tengo propiedades. Pero solo una bala. ¿No es emocionante? Bongo observaba desde la sombra, donde los guardaespaldas se fundían con la decoración. Recordó otra noche, otro juego. Los 17800 euros sobre la mesa de formica en el sótano gallego. Las tres mujeres hermosas con ajustadas braguitas. Una con la luna. La regla macabra: escoger una y comer con pleno fulgor lo que ninguna persona debería jamás consumir. Todo, hasta la última miga de dignidad. Si lo hacías sin vomitar, el dinero era tuyo. Bongo había fallado. Los vómitos le su...
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
El aire de la sidrería Los Parrales era un caldo espeso, un brebaje olfativo donde fermentaban el punzante queso de Cabrales, el aliento salitroso de las almejas, el sudor del congrio y el humo grasiento de la sepia a la plancha. Todo ello, anclado en un lecho de serrín de pino húmedo. Era en esa bruma donde yo, acompañado, crucé el umbral. —Paco —dije, afirmando mi territorio en la barra—, ponnos una de sidra. Y vete echando. Pedí un culín para mi compañero. Paco, con la mirada opaca y fija de un besugo en la pescadería, insistía en su monólogo: «Ya te eché». «A mí sí —repetí, marcando cada palabra con el índice golpeando el mostrador—, pero a este no. A este». El esfuerzo era absurdo. ¿Desde cuándo debía rendir cuentas sobre con quién compartía el rito de la sidra? El muy cabrón no se lo sirvió. Entonces, tomé la botella, la elevé en un gesto arqueado y solemne, y dejé caer el chorro dorado desde la altura. Fue un salpicón preciso que estrelló la sidra contra el borde del vaso ...
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Por los setenta arriba ya me habían venido los ramalazos de la contracultura punk. Como si buscara una nueva expresión personal y romper con lo convencional. Digamos una rebelión sociol saliéndose por la tanjente. Lo otro eran la cantidad de insultos que aguantaba cuando pasé a los aros en las orejas. Cómo explicarles a los paletos que la nobleza del siglo dieciseis ya se los ponía. No es inverosímil que cada cual tenga sus acontecimientos principales, esos hitos que nos definen a golpe de memoria o de épocas subrayadas en rojo en nuestra mente. Aunque mis años, muchos ya, me han llenado de una lentitud viscosa que se filtra incluso en los recuerdos, emborronándolos. Fue hace bastantes años, pero lo cuento, para aberviar, como si fuera hoy. Ayer llegué al Morille a las tres de la tarde. El viaje fue una penitencia de cuatro horas en un tren que olía a sudor rancio y a vagón viejo, seguida de otra hora en un autobús que danzaba, más que rodaba, por una carretera rebachada mi...
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Capítulo I: El Océano Viscoso Antes de los ladrillos, antes del cemento, existía un Campo que llenaba todo como un océano sin orillas. No era agua, sino posibilidad pura. Un día —si es que los días existían— ese campo se perturbó a sí mismo, y de su inquietud nació el Bosón de Higgs. Higgs era el Gran Dador de Inercia. Recorría el océano diciendo: "Aquel que se acople a mí, sentirá resistencia. Aquel que resista, conocerá la masa". Los primeros en acudir fueron los Bosones W y Z, pesados y graves, y adquirieron la gravedad de lo serio. Luego llegaron los Quarks, traviesos y coloridos, que ganaron un atisbo de peso. Finalmente, los Electrones, curiosos y ligeros, obtuvieron su levedad esencial. Pero Higgs les advirtió: "Yo solo doy la chispa inicial. La verdadera solidez, la que sentirán como existencia, vendrá de otra parte". Capítulo II: Los Doce Ladrillos Se organizaron entonces los Fermiones, doce hermanos con destinos distintos: Los Seis Quarks (Up, Down, Charm...
EL ESPEJO.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
A veces parecía que yo era el que se quedaba atrapado aquí, en este lado del mundo, mientras que Él, al otro lado del cristal, era el real. Él, en el reino plano frío y silencioso del espejo. Tan auténtico. Llevaba tiempo —una eternidad de días idénticos— con la certeza visceral de que algo iba a suceder. No era una premonición, sino un conocimiento orgánico y real, esa sensación de un nudo de alambre vivo que se enroscaba en el estómago y apretaba con cada latido. Podía olvidarme unas horas, sumergido en la neblina de la inacción, pero al despertar, siempre regresaba con la misma plenitud. La amenaza era parte de la respiración cuando la realidad volvía. Se lo dije el día anterior. A Él. Ya sabes cómo se dicen esas cosas cuando tratas de asustar al otro, para defenderte a la vez: en voz no muy alta, pero en un susurro ronco, imperativo, como si no quisieras que las paredes te oyeran delirar, los labios ligeramente entreabiertos, diciéndesole muy cerca a la imagen esp...
EL VIEJO NOKIA 808.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Es un sonido. Un susurro mecánico que corta el aire, más íntimo que un latido. Medias de red, medias con costura y ese triángulo pálido de carne que se hurga hasta las bragas; medias caladas, negras, una cartografía de filigranas sobre piel; otras, al estilo pantys, un estallido de color hasta la rajita prometida. Las térmicas me repelen: son un erial, la ausencia del mapa, la negación de la piel. Los ligueros, voluptuosos, se enganchan en el precipicio de la cadera como un artilugio circense; luego están las medias auto-sujetas, un atrevimiento que clama por otras manos. Las antiembólicas son el desastre de la irracionalidad, una fotografía perdida en el archivo de lo patético. Las superxesis guardan el encanto de lo virginal, lo que se esconde con pudor. Los leotardos… los leotardos huelen a necesidad extrema, a polvo de carretera, al camionero que va a Lesaka con un cargamento de piezas de motor y un vacío entre las costillas. Podría hablaros de las bragas. Debajo. Encima. Sin...
EIGENSTATE.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Llevo unos seis meses volviendo a repasar física y matemáticas con el fin de mover lo que en mi pueblo llamaban la “cocorota”. Allí dicen que mover la "cocorota" es bueno. Y lo hago recordando aquellas adversidades de juventud para intentar entender conceptos abstractos con mi mente, ya añeja, tan cuadriculada y euclidiana. Es indudable que volvemos al origen en todos los aspectos. He pasado de concebir cálculos con esa sensación terrenal de lo objetivamente mensurable, a sumergirme en los "espacios de Hilbert" y en las situaciones cuánticas que tanto sufrimiento me causaron: horas y horas intentando abstraerme para calcular en espacios infinitos, con el fin de resolver incógnitas repletas de números complejos. Revisando legajos viejos, encontré uno con una frase subrayada con tinta roja: “Eigestable del observable”. Al lado, había apuntado con letra pequeña: “estado propio del observable”. Significa que si mides esa cosa (ese observable), siempre obtendrás el mis...