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De cómo llegué a la vaguada de Outariz no puedo decir nada. Nada. Aparecí en la ballicada de Estanislao oliendo a derrota y a Solysombra, ese regusto apelmazado del anís que no se olvida aunque vomites; siempre queda ese rastro dulzón, pegajoso como una condena. Lo raro era el ballico: erguido, lleno de perlas de rocío, intacto. Como si me hubieran posado allí en un prodigio de ingravidez, sin peso, sin huella. ¿Cómo iba a ser eso? Todo lo que camina deja un rastro, parte de la vida cuando avanza. Y yo estaba allí por algo leve como la nada, casi sin alma. Cuando no llevas el alma se nota. Las tripas son un abismo. El corazón, un vacío que no late. Los ojos se ponen negros donde debería estar lo blanco, como si no miraran, y los recuerdos… los recuerdos no llegan a ti para decirte quién eres. Ahora sé que era la vaguada de Outariz porque me lo dijo el Bouzo, que las había pasado canutas para subirme a la mula, de tan mal como me vio. El Bouzo venía desde más abajo de Requeixo, castrand...
  El lugar donde, rendido, te has dormido no es el mismo en el que despiertas. No obstante, en el intervalo temporal no ha sucedido nada; no existe un nexo que una ambos estados, sólo el vacío cuántico entre un instante y el siguiente. Toda la vida he eludido situaciones comprometidas, fantasmas difusos que se arrastran por los bordes de la conciencia. Ahora me encuentro en una estación desierta de mi propia existencia. En mi vida apenas hay relato, sólo un recuerdo circunstancial, una partícula suspendida en la incertidumbre. No puedo culpar a nadie. El asesino soy yo. Por una pequeña ventana, una pequeña claridad. Una rendija por donde se cuela el mundo exterior, que ya no me pertenece. Esta noche desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo, un terror que me habita como un parásito antiguo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo, resonando en la piedra, disolviéndose en la nada. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabo...
  Iba camino del trabajo —como se va siempre, obedeciendo a una inercia que no se cuestiona— cuando me detuve en la plazuela de San Miguel. No por voluntad propia, sino porque algo había interrumpido la continuidad del mundo: una esfera de cristal, perfecta, cerrada sobre sí misma, y dentro de ella un hombre. Dicen que es David Blaine. Los nombres, al fin y al cabo, tranquilizan. Somos pocos al principio, una veintena de cuerpos suspendidos en la curiosidad, contemplando su barba a medio hacer, sus pantalones negros, su torso desnudo, tenso, casi desafiante. Se mueve con cuidado, como si el equilibrio no fuera sólo físico sino moral: los pies apoyados en la curva inferior de la esfera, sujeta precariamente por cuñas que evitan el desastre. Todo parece provisional, incluso la magia. El sol ya ha salido y la fuente funciona. El agua, al mezclarse con el aire, proyecta colores sobre la superficie curva del cristal. El mundo se fragmenta en reflejos. Pienso que quizá no estamos viendo ...
  El Campo de Nieve y Estrellas La nevada más copiosa que se recordaba en Arnal de Los Robles había convertido el occidente asturiano en un tapiz cuántico de posibilidades blancas. Cada copo, pensaba Emilio Diasto Pérez mientras observaba por la ventana de su modesto aula en la graduada de Boal, era como una fluctuación del vacío: única, impredecible, emergiendo de la nada para existir un instante antes de fundirse en la totalidad. Era diciembre de 1965. En el mundo exterior, los Beatles cantaban "Yesterday", los miniautos Fiat circulaban por ciudades que se modernizaban, y la sombra de la Guerra Fría trazaba líneas divisorias en mapas. Pero en Arnal, el tiempo parecía obedecer a otra métrica, una más cercana a las ecuaciones de la Teoría Cuántica de Campos que Emilio atesoraba en cuadernos gastados. —Profesor —la voz de Jamin, su alumno de doce años, rompió el silencio—. Dice mi padre que los lobos han bajado hasta los corrales. Aúllan como fantasmas. Emilio volvió lentament...

BONGUITO

El aire en la suite olía a colonia cara mezclada con miedo sudado. Jeffrey Epstein sonreía desde su trono de mimbre, observando cómo el Príncipe   —nunca nombres, solo títulos— sostenía el revólver con mano temblorosa. No era un arma normal. El cañón había sido engastado con diamantes, el gatillo bañado en oro. Un juguete para hombres que podían comprar países. —Seis cámaras —dijo Epstein, su voz un hilo sedoso—. Como los seis continentes donde tengo propiedades. Pero solo una bala. ¿No es emocionante? Bongo observaba desde la sombra, donde los guardaespaldas se fundían con la decoración. Recordó otra noche, otro juego. Los 17800  euros sobre la mesa de formica en el sótano gallego. Las tres mujeres hermosas con ajustadas braguitas. Una con la luna. La regla macabra: escoger una y comer con pleno fulgor lo que ninguna persona debería jamás consumir. Todo, hasta la última miga de dignidad. Si lo hacías sin vomitar, el dinero era tuyo. Bongo había fallado. Los vómitos le su...
  El aire de la sidrería Los Parrales era un caldo espeso, un brebaje olfativo donde fermentaban el punzante queso de Cabrales, el aliento salitroso de las almejas, el sudor del congrio y el humo grasiento de la sepia a la plancha. Todo ello, anclado en un lecho de serrín de pino húmedo. Era en esa bruma donde yo, acompañado, crucé el umbral. —Paco —dije, afirmando mi territorio en la barra—, ponnos una de sidra. Y vete echando. Pedí un culín para mi compañero. Paco, con la mirada opaca y fija de un besugo en la pescadería, insistía en su monólogo: «Ya te eché». «A mí sí —repetí, marcando cada palabra con el índice golpeando el mostrador—, pero a este no. A este». El esfuerzo era absurdo. ¿Desde cuándo debía rendir cuentas sobre con quién compartía el rito de la sidra? El muy cabrón no se lo sirvió. Entonces, tomé la botella, la elevé en un gesto arqueado y solemne, y dejé caer el chorro dorado desde la altura. Fue un salpicón preciso que estrelló la sidra contra el borde del vaso ...
  Por los setenta arriba ya me habían venido los ramalazos  de la contracultura punk. Como si buscara una nueva expresión personal y romper con lo convencional. Digamos una rebelión sociol saliéndose por la tanjente. Lo otro eran la cantidad de insultos que aguantaba cuando pasé a los aros en las orejas. Cómo explicarles a los paletos que la nobleza del siglo dieciseis ya se los ponía. No es inverosímil que cada cual tenga sus acontecimientos principales, esos hitos que nos definen a golpe de memoria o de épocas subrayadas en rojo en nuestra mente. Aunque mis años, muchos ya, me han llenado de una lentitud viscosa que se filtra incluso en los recuerdos, emborronándolos. Fue hace bastantes años, pero lo cuento, para aberviar, como si fuera hoy. Ayer llegué al Morille a las tres de la tarde. El viaje fue una penitencia de cuatro horas en un tren que olía a sudor rancio y a vagón viejo, seguida de otra hora en un autobús que danzaba, más que rodaba, por una carretera rebachada mi...
 Capítulo I: El Océano Viscoso Antes de los ladrillos, antes del cemento, existía un Campo que llenaba todo como un océano sin orillas. No era agua, sino posibilidad pura. Un día —si es que los días existían— ese campo se perturbó a sí mismo, y de su inquietud nació el Bosón de Higgs. Higgs era el Gran Dador de Inercia. Recorría el océano diciendo: "Aquel que se acople a mí, sentirá resistencia. Aquel que resista, conocerá la masa". Los primeros en acudir fueron los Bosones W y Z, pesados y graves, y adquirieron la gravedad de lo serio. Luego llegaron los Quarks, traviesos y coloridos, que ganaron un atisbo de peso. Finalmente, los Electrones, curiosos y ligeros, obtuvieron su levedad esencial. Pero Higgs les advirtió: "Yo solo doy la chispa inicial. La verdadera solidez, la que sentirán como existencia, vendrá de otra parte". Capítulo II: Los Doce Ladrillos Se organizaron entonces los Fermiones, doce hermanos con destinos distintos: Los Seis Quarks (Up, Down, Charm...

EL ESPEJO.

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  A veces parecía que yo era el que se quedaba atrapado aquí, en este lado del mundo, mientras que Él, al otro lado del cristal, era el real. Él, en el reino plano frío y silencioso del espejo. Tan  auténtico. Llevaba tiempo —una eternidad de días idénticos— con la certeza visceral de que algo iba a suceder. No era una premonición, sino un conocimiento orgánico y real, esa sensación de un nudo de alambre vivo que se enroscaba en el estómago y apretaba con cada latido. Podía olvidarme unas horas, sumergido en la neblina de la inacción, pero al despertar, siempre regresaba con la misma plenitud. La amenaza era parte de la respiración cuando la realidad volvía. Se lo dije el día anterior. A Él. Ya sabes cómo se dicen esas cosas cuando tratas de asustar al otro, para defenderte a la vez: en voz no muy  alta, pero en un susurro ronco, imperativo, como si no quisieras que las paredes te oyeran delirar, los labios ligeramente entreabiertos, diciéndesole muy cerca a la imagen esp...