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PERRO

 Vista de armario Yo en aquellos instantes no estaba allí. Bueno, sí estaba, pero no. Estaba muy concentrado. En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días —la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos—, los días eran buenos y soleados, ni un "cafelito". Siempre es lo mismo: te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados y parece que encuentras insectos en todas las partes de su piel. Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima, la definitiva, la que clausuró para siempre cualquier posibilidad de repetición en el continuo espacio-tiempo). Me acuerdo de que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que ...

pijo

  Cólmame. En el sentido exacto de la galbana, de la inercia sagrada. Conviérteme en ese minino que duerme aplastado contra el sol, que es su muro, su única certeza. Mis ojitos entreabiertos no vigilan; son rendijas por donde el mundo entra difuso y sin exigencia. Empieza de una puta vez a cortarme los pelos del pijo. No como tarea, sino como rito. Vete con tus deditos, buscándolos en racimos, como uvas de una parra baja y olvidada. Pódalos. Desenrosca los entrelazados, esos que se retuercen hacia adentro, hacia la timidez de la carne. No dejes los canosos, los cansados. Son testimonios de un tiempo que no quiero recordar que pasa. Extírpalos. Que todo sea nuevo, virgen de memoria. Te espero boca arriba, tiernamente sometido. Esta sumisión no es derrota; es la entrega total al hecho de ser vivido, de ser tocado. Cualquier cosa que me hagas es una caricia. Una definición. Con tus manos, con tu mano, o tus dedos únicos. El barbero, a su manera, también me acaricia, y yo me quedo con ...

LECHE

A veces, arduo. Con cierta cosa apresurada. Raudo. Pergueñando un poema estaba encima de la cama, panza arriba, sobre el inferior de una esquina, cúbica, inversa de la habitación, y mi Paquita, que me miraba con fervor, se ponía encima cuando yo, mientras, hacía un verso sobre cosas de la historia del techo. Mi poema era inspirado en un pielago, cosas del mar, la sombra de un relieve maltratado por la cal envejecida, y la luz de la atardecida del domingo, una semana antes de petecontes. Ella fue deslizandose sin bragas también —antes había bajado mis calzoncillos al tobillo—, desesperada. Ella ya encima, moviéndose sobre mi polla, sus pelos rizados pasando a un lado y al otro, hasta cierto placer en el glande cuando rozaba la inmensidad de sus labios mayores, que a su vez hablaban con sus labios menores, diciendo los menores que esperaban tal capullo de una puta vez, para que fuese y viniese. Yo, del poema, iba por una elipse de tono claro rojizo atardecido, que acababa en una rendija ...
De cómo llegué a la vaguada de Outariz no puedo decir nada. Nada. Aparecí en la ballicada de Estanislao oliendo a derrota y a Solysombra, ese regusto apelmazado del anís que no se olvida aunque vomites; siempre queda ese rastro dulzón, pegajoso como una condena. Lo raro era el ballico: erguido, lleno de perlas de rocío, intacto. Como si me hubieran posado allí en un prodigio de ingravidez, sin peso, sin huella. ¿Cómo iba a ser eso? Todo lo que camina deja un rastro, parte de la vida cuando avanza. Y yo estaba allí por algo leve como la nada, casi sin alma. Cuando no llevas el alma se nota. Las tripas son un abismo. El corazón, un vacío que no late. Los ojos se ponen negros donde debería estar lo blanco, como si no miraran, y los recuerdos… los recuerdos no llegan a ti para decirte quién eres. Ahora sé que era la vaguada de Outariz porque me lo dijo el Bouzo, que las había pasado canutas para subirme a la mula, de tan mal como me vio. El Bouzo venía desde más abajo de Requeixo, castrand...
  El lugar donde, rendido, te has dormido no es el mismo en el que despiertas. No obstante, en el intervalo temporal no ha sucedido nada; no existe un nexo que una ambos estados, sólo el vacío cuántico entre un instante y el siguiente. Toda la vida he eludido situaciones comprometidas, fantasmas difusos que se arrastran por los bordes de la conciencia. Ahora me encuentro en una estación desierta de mi propia existencia. En mi vida apenas hay relato, sólo un recuerdo circunstancial, una partícula suspendida en la incertidumbre. No puedo culpar a nadie. El asesino soy yo. Por una pequeña ventana, una pequeña claridad. Una rendija por donde se cuela el mundo exterior, que ya no me pertenece. Esta noche desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo, un terror que me habita como un parásito antiguo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo, resonando en la piedra, disolviéndose en la nada. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabo...
  De bronce, la manilla resobada. La mano huele a rastro de metal. Abro la puerta y me siento muy lentamente en el borde de siempre; siento cómo la cama gime. Me voy recostando hasta encontrar la almohada. La perfección puede ser una postura de reposo. Incuestionable, el ejercicio para el descanso. Lo absoluto: la huella del cuerpo, la sensación de casi ingravidez, como si no fueras responsable de ti mismo. Abro los ojos a la plenitud del techo. El orden anárquico de tres hendiduras en zigzag, con su final trágico en una esquina. De fuera llega la claridad. La ventana, entreabierta. Presiento un rastro azul. En todo lo que me rodea hay desorden. Hubo otros habitantes aquí. Alguna fotografía sobre el mar. Un cuadro inclinado de un barco muy lejano, casi sin verse en su horizonte, sobre una planicie de agua imaginada gris. Dos anaqueles llenos de loza blanca: platos reclinados, rodeados de coronas de flores entrelazadas. Ayer también fue aquí. Llegué de esta forma, siempre haciendo l...

EL ESPEJO.

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  A veces parecía que yo era el que se quedaba atrapado aquí, en este lado del mundo, mientras que Él, al otro lado del cristal, era el real. Él, en el reino plano frío y silencioso del espejo. Tan  auténtico. Llevaba tiempo —una eternidad de días idénticos— con la certeza visceral de que algo iba a suceder. No era una premonición, sino un conocimiento orgánico y real, esa sensación de un nudo de alambre vivo que se enroscaba en el estómago y apretaba con cada latido. Podía olvidarme unas horas, sumergido en la neblina de la inacción, pero al despertar, siempre regresaba con la misma plenitud. La amenaza era parte de la respiración cuando la realidad volvía. Se lo dije el día anterior. A Él. Ya sabes cómo se dicen esas cosas cuando tratas de asustar al otro, para defenderte a la vez: en voz no muy  alta, pero en un susurro ronco, imperativo, como si no quisieras que las paredes te oyeran delirar, los labios ligeramente entreabiertos, diciéndesole muy cerca a la imagen esp...

EL VIEJO NOKIA 808.

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  Es un sonido. Un susurro mecánico que corta el aire, más íntimo que un latido. Medias de red, medias con costura y ese triángulo pálido de carne que se hurga hasta las bragas; medias caladas, negras, una cartografía de filigranas sobre piel; otras, al estilo pantys, un estallido de color hasta la rajita prometida. Las térmicas me repelen: son un erial, la ausencia del mapa, la negación de la piel. Los ligueros, voluptuosos, se enganchan en el precipicio de la cadera como un artilugio circense; luego están las medias auto-sujetas, un atrevimiento que clama por otras manos. Las antiembólicas son el desastre de la irracionalidad, una fotografía perdida en el archivo de lo patético. Las superxesis guardan el encanto de lo virginal, lo que se esconde con pudor. Los leotardos… los leotardos huelen a necesidad extrema, a polvo de carretera, al camionero que va a Lesaka con un cargamento de piezas de motor y un vacío entre las costillas. Podría hablaros de las bragas. Debajo. Encima. Sin...

EIGENSTATE.

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Llevo unos seis meses volviendo a repasar física y matemáticas con el fin de mover lo que en mi pueblo llamaban la “cocorota”. Allí dicen que mover la "cocorota" es bueno. Y lo hago recordando aquellas adversidades de juventud para intentar entender conceptos abstractos con mi mente, ya añeja, tan cuadriculada y euclidiana. Es indudable que volvemos al origen en todos los aspectos. He pasado de concebir cálculos con esa sensación terrenal de lo objetivamente mensurable, a sumergirme en los "espacios de Hilbert" y en las situaciones cuánticas que tanto sufrimiento me causaron: horas y horas intentando abstraerme para calcular en espacios infinitos,  con el fin de resolver incógnitas  repletas de números complejos. Revisando legajos viejos, encontré uno con una frase subrayada con tinta roja: “Eigestable del observable”. Al lado, había apuntado con letra pequeña: “estado propio del observable”. Significa que si mides esa cosa (ese observable), siempre obtendrás el mis...