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poema

  +++poema+++ Todo lo leve, en su perseverancia, como el cultivo que permanece llena la tierra de belleza es capaz , en su insistencia, de vencer al tiempo y permanecer en los ojos y la memoria

PERRO

 Vista de armario Yo en aquellos instantes no estaba allí. Bueno, sí estaba, pero no. Estaba muy concentrado. En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días —la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos—, los días eran buenos y soleados, ni un "cafelito". Siempre es lo mismo: te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados y parece que encuentras insectos en todas las partes de su piel. Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima, la definitiva, la que clausuró para siempre cualquier posibilidad de repetición en el continuo espacio-tiempo). Me acuerdo de que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que ...

pijo

  Cólmame. En el sentido exacto de la galbana, de la inercia sagrada. Conviérteme en ese minino que duerme aplastado contra el sol, que es su muro, su única certeza. Mis ojitos entreabiertos no vigilan; son rendijas por donde el mundo entra difuso y sin exigencia. Empieza de una puta vez a cortarme los pelos del pijo. No como tarea, sino como rito. Vete con tus deditos, buscándolos en racimos, como uvas de una parra baja y olvidada. Pódalos. Desenrosca los entrelazados, esos que se retuercen hacia adentro, hacia la timidez de la carne. No dejes los canosos, los cansados. Son testimonios de un tiempo que no quiero recordar que pasa. Extírpalos. Que todo sea nuevo, virgen de memoria. Te espero boca arriba, tiernamente sometido. Esta sumisión no es derrota; es la entrega total al hecho de ser vivido, de ser tocado. Cualquier cosa que me hagas es una caricia. Una definición. Con tus manos, con tu mano, o tus dedos únicos. El barbero, a su manera, también me acaricia, y yo me quedo con ...

LECHE

A veces, arduo. Con cierta cosa apresurada. Raudo. Pergueñando un poema estaba encima de la cama, panza arriba, sobre el inferior de una esquina, cúbica, inversa de la habitación, y mi Paquita, que me miraba con fervor, se ponía encima cuando yo, mientras, hacía un verso sobre cosas de la historia del techo. Mi poema era inspirado en un pielago, cosas del mar, la sombra de un relieve maltratado por la cal envejecida, y la luz de la atardecida del domingo, una semana antes de petecontes. Ella fue deslizandose sin bragas también —antes había bajado mis calzoncillos al tobillo—, desesperada. Ella ya encima, moviéndose sobre mi polla, sus pelos rizados pasando a un lado y al otro, hasta cierto placer en el glande cuando rozaba la inmensidad de sus labios mayores, que a su vez hablaban con sus labios menores, diciendo los menores que esperaban tal capullo de una puta vez, para que fuese y viniese. Yo, del poema, iba por una elipse de tono claro rojizo atardecido, que acababa en una rendija ...
De cómo llegué a la vaguada de Outariz no puedo decir nada. Nada. Aparecí en la ballicada de Estanislao oliendo a derrota y a Solysombra, ese regusto apelmazado del anís que no se olvida aunque vomites; siempre queda ese rastro dulzón, pegajoso como una condena. Lo raro era el ballico: erguido, lleno de perlas de rocío, intacto. Como si me hubieran posado allí en un prodigio de ingravidez, sin peso, sin huella. ¿Cómo iba a ser eso? Todo lo que camina deja un rastro, parte de la vida cuando avanza. Y yo estaba allí por algo leve como la nada, casi sin alma. Cuando no llevas el alma se nota. Las tripas son un abismo. El corazón, un vacío que no late. Los ojos se ponen negros donde debería estar lo blanco, como si no miraran, y los recuerdos… los recuerdos no llegan a ti para decirte quién eres. Ahora sé que era la vaguada de Outariz porque me lo dijo el Bouzo, que las había pasado canutas para subirme a la mula, de tan mal como me vio. El Bouzo venía desde más abajo de Requeixo, castrand...
  El lugar donde, rendido, te has dormido no es el mismo en el que despiertas. No obstante, en el intervalo temporal no ha sucedido nada; no existe un nexo que una ambos estados, sólo el vacío cuántico entre un instante y el siguiente. Toda la vida he eludido situaciones comprometidas, fantasmas difusos que se arrastran por los bordes de la conciencia. Ahora me encuentro en una estación desierta de mi propia existencia. En mi vida apenas hay relato, sólo un recuerdo circunstancial, una partícula suspendida en la incertidumbre. No puedo culpar a nadie. El asesino soy yo. Por una pequeña ventana, una pequeña claridad. Una rendija por donde se cuela el mundo exterior, que ya no me pertenece. Esta noche desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo, un terror que me habita como un parásito antiguo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo, resonando en la piedra, disolviéndose en la nada. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabo...
  Iba camino del trabajo —como se va siempre, obedeciendo a una inercia que no se cuestiona— cuando me detuve en la plazuela de San Miguel. No por voluntad propia, sino porque algo había interrumpido la continuidad del mundo: una esfera de cristal, perfecta, cerrada sobre sí misma, y dentro de ella un hombre. Dicen que es David Blaine. Los nombres, al fin y al cabo, tranquilizan. Somos pocos al principio, una veintena de cuerpos suspendidos en la curiosidad, contemplando su barba a medio hacer, sus pantalones negros, su torso desnudo, tenso, casi desafiante. Se mueve con cuidado, como si el equilibrio no fuera sólo físico sino moral: los pies apoyados en la curva inferior de la esfera, sujeta precariamente por cuñas que evitan el desastre. Todo parece provisional, incluso la magia. El sol ya ha salido y la fuente funciona. El agua, al mezclarse con el aire, proyecta colores sobre la superficie curva del cristal. El mundo se fragmenta en reflejos. Pienso que quizá no estamos viendo ...
  El Campo de Nieve y Estrellas La nevada más copiosa que se recordaba en Arnal de Los Robles había convertido el occidente asturiano en un tapiz cuántico de posibilidades blancas. Cada copo, pensaba Emilio Diasto Pérez mientras observaba por la ventana de su modesto aula en la graduada de Boal, era como una fluctuación del vacío: única, impredecible, emergiendo de la nada para existir un instante antes de fundirse en la totalidad. Era diciembre de 1965. En el mundo exterior, los Beatles cantaban "Yesterday", los miniautos Fiat circulaban por ciudades que se modernizaban, y la sombra de la Guerra Fría trazaba líneas divisorias en mapas. Pero en Arnal, el tiempo parecía obedecer a otra métrica, una más cercana a las ecuaciones de la Teoría Cuántica de Campos que Emilio atesoraba en cuadernos gastados. —Profesor —la voz de Jamin, su alumno de doce años, rompió el silencio—. Dice mi padre que los lobos han bajado hasta los corrales. Aúllan como fantasmas. Emilio volvió lentament...

BONGUITO

El aire en la suite olía a colonia cara mezclada con miedo sudado. Jeffrey Epstein sonreía desde su trono de mimbre, observando cómo el Príncipe   —nunca nombres, solo títulos— sostenía el revólver con mano temblorosa. No era un arma normal. El cañón había sido engastado con diamantes, el gatillo bañado en oro. Un juguete para hombres que podían comprar países. —Seis cámaras —dijo Epstein, su voz un hilo sedoso—. Como los seis continentes donde tengo propiedades. Pero solo una bala. ¿No es emocionante? Bongo observaba desde la sombra, donde los guardaespaldas se fundían con la decoración. Recordó otra noche, otro juego. Los 17800  euros sobre la mesa de formica en el sótano gallego. Las tres mujeres hermosas con ajustadas braguitas. Una con la luna. La regla macabra: escoger una y comer con pleno fulgor lo que ninguna persona debería jamás consumir. Todo, hasta la última miga de dignidad. Si lo hacías sin vomitar, el dinero era tuyo. Bongo había fallado. Los vómitos le su...