A veces, arduo. Con cierta cosa apresurada. Raudo. Pergueñando un poema estaba encima de la cama, panza arriba, sobre el inferior de una esquina, cúbica, inversa de la habitación, y mi Paquita, que me miraba con fervor, se ponía encima cuando yo, mientras, hacía un verso sobre cosas de la historia del techo. Mi poema era inspirado en un pielago, cosas del mar, la sombra de un relieve maltratado por la cal envejecida, y la luz de la atardecida del domingo, una semana antes de petecontes. Ella fue deslizandose sin bragas también —antes había bajado mis calzoncillos al tobillo—, desesperada. Ella ya encima, moviéndose sobre mi polla, sus pelos rizados pasando a un lado y al otro, hasta cierto placer en el glande cuando rozaba la inmensidad de sus labios mayores, que a su vez hablaban con sus labios menores, diciendo los menores que esperaban tal capullo de una puta vez, para que fuese y viniese. Yo, del poema, iba por una elipse de tono claro rojizo atardecido, que acababa en una rendija ...