EL FILÓSOFO VOYEUR.
El arrebato sucedió el último domingo de caresma, en pleno paseo por la Ribera, entre las hiladas de robles milenarios con las primeras hojas buscando el verdor de la vida. En Rabadas de San Juan, cuando el río Bedias desataba su lengua de aguas turbias contra las piedras milenarias y las adelfas exhalan un aliento denso que nubla la razón, Matías hunde su rostro en pleno horizonte de sucesos. No es un acto. Es un rito. Su lengua —músculo traidor, serpiente bífida de deseo y rencor por no poder cumplir como un hombre que violento empuja— se adentra en el delta salobre de Rosita. Su boca plena, su lengua se adentra, agitada. Allí donde la piel se pliega sobre sí misma como un universo que se contrae, donde el capuchón resguarda el núcleo palpitante, el punto cero de toda significación, él se postra de rodillas. No como amante. Como oficiante. Como "archimandrita" de un culto que no fundó pero que celebra con la devoción del hereje que ha encontrado, por fin, su verdadera igles...