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 Cómo gesticulaba, cómo contraía el rostro hacia atrás como si estuviese alcanzando un éxtasis insondable. Aquellas muecas, que jamás había visto, deformaban su faz en un paisaje de goce inverosímil. Se había afanado como en un desafío a chupármela mientras yo yacía boca arriba, inerte. La había tomado con el meñique levantado, en un ademán de afectada elegancia, y había deslizado su lengua una y otra vez, lenta, con una parsimonia que parecía esculpir el tiempo. Yo sentí, en aquella zona tan sensible, unas cosquillas leves, casi imperceptibles, hasta que, por fin, pudo erguirse sola, indiferente a mi voluntad. Mi depresión cíclica, ese pozo sin fondo, me vedaba cualquier sensación, incluso en la piel más fina, más propicia al estremecimiento. Por eso ella había enloquecido con aquella teatralidad, con esos suspiros inusuales —digo, inusuales— que me parecían el eco de una realidad paralela a la mía. Con qué presteza se dio la vuelta, con qué urgencia separó las piernas, invitándom...

EL FILÓSOFO VOYEUR.

El arrebato sucedió el último domingo de caresma, en pleno paseo por la Ribera, entre las hiladas de robles milenarios con las primeras hojas buscando el verdor de la vida. En Rabadas de San Juan, cuando el río Bedias desataba su lengua de aguas turbias contra las piedras milenarias y las adelfas exhalan un aliento denso que nubla la razón, Matías hunde su rostro en pleno horizonte de sucesos. No es un acto. Es un rito. Su lengua —músculo traidor, serpiente bífida de deseo y rencor por no poder cumplir como un hombre que violento empuja— se adentra en el delta salobre de Rosita. Su boca plena, su lengua se adentra, agitada. Allí donde la piel se pliega sobre sí misma como un universo que se contrae, donde el capuchón resguarda el núcleo palpitante, el punto cero de toda significación, él se postra de rodillas. No como amante. Como oficiante. Como "archimandrita" de un culto que no fundó pero que celebra con la devoción del hereje que ha encontrado, por fin, su verdadera igles...

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER UNA HOJA

 EL HOMBRE QUE QUERÍA SER UNA HOJA I(Nota del transcriptor: este relato ha sido recuperado de una memoria caché no indexada. No se garantiza la veracidad de los hechos. El Gran B-Tree informa que la historia de Fuente de Oblenza y sus habitantes es un producto de la imaginación mórbida de sujetos con tendencia a la desviación de datos. Se recomienda proceder a su inmediata reindexación.) El cabrón de Elisferio Martínez Pérez, natural de Fuente de Oblenza, llevaba tres días sin ser nadie. Tres dias a urtadillas por el Facebook, con un mínimo de 48 entradas diarias para fisgar sus cosas. Y estaba siendo casi nada. Esto, en el mundo ordenado por el Gran B-Tree, era un delito más grave que el asesinato. Porque el asesinato, al fin y al cabo, dejaba un rastro: la víctima seguía siendo un nodo, el victimario otro, y el crimen una arista entre ambos. Pero no ser nadie... eso era la herejía definitiva. Desde su escondite bajo las raíces de un roble centenario —único árbol verdadero en cien...

poema

  +++poema+++ Todo lo leve, en su perseverancia, como el cultivo que permanece llena la tierra de belleza es capaz , en su insistencia, de vencer al tiempo y permanecer en los ojos y la memoria

PERRO

 Vista de armario Yo en aquellos instantes no estaba allí. Bueno, sí estaba, pero no. Estaba muy concentrado. En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días —la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos—, los días eran buenos y soleados, ni un "cafelito". Siempre es lo mismo: te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados y parece que encuentras insectos en todas las partes de su piel. Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima, la definitiva, la que clausuró para siempre cualquier posibilidad de repetición en el continuo espacio-tiempo). Me acuerdo de que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que ...

pijo

  Cólmame. En el sentido exacto de la galbana, de la inercia sagrada. Conviérteme en ese minino que duerme aplastado contra el sol, que es su muro, su única certeza. Mis ojitos entreabiertos no vigilan; son rendijas por donde el mundo entra difuso y sin exigencia. Empieza de una puta vez a cortarme los pelos del pijo. No como tarea, sino como rito. Vete con tus deditos, buscándolos en racimos, como uvas de una parra baja y olvidada. Pódalos. Desenrosca los entrelazados, esos que se retuercen hacia adentro, hacia la timidez de la carne. No dejes los canosos, los cansados. Son testimonios de un tiempo que no quiero recordar que pasa. Extírpalos. Que todo sea nuevo, virgen de memoria. Te espero boca arriba, tiernamente sometido. Esta sumisión no es derrota; es la entrega total al hecho de ser vivido, de ser tocado. Cualquier cosa que me hagas es una caricia. Una definición. Con tus manos, con tu mano, o tus dedos únicos. El barbero, a su manera, también me acaricia, y yo me quedo con ...

LECHE

A veces, arduo. Con cierta cosa apresurada. Raudo. Pergueñando un poema estaba encima de la cama, panza arriba, sobre el inferior de una esquina, cúbica, inversa de la habitación, y mi Paquita, que me miraba con fervor, se ponía encima cuando yo, mientras, hacía un verso sobre cosas de la historia del techo. Mi poema era inspirado en un pielago, cosas del mar, la sombra de un relieve maltratado por la cal envejecida, y la luz de la atardecida del domingo, una semana antes de petecontes. Ella fue deslizandose sin bragas también —antes había bajado mis calzoncillos al tobillo—, desesperada. Ella ya encima, moviéndose sobre mi polla, sus pelos rizados pasando a un lado y al otro, hasta cierto placer en el glande cuando rozaba la inmensidad de sus labios mayores, que a su vez hablaban con sus labios menores, diciendo los menores que esperaban tal capullo de una puta vez, para que fuese y viniese. Yo, del poema, iba por una elipse de tono claro rojizo atardecido, que acababa en una rendija ...
De cómo llegué a la vaguada de Outariz no puedo decir nada. Nada. Aparecí en la ballicada de Estanislao oliendo a derrota y a Solysombra, ese regusto apelmazado del anís que no se olvida aunque vomites; siempre queda ese rastro dulzón, pegajoso como una condena. Lo raro era el ballico: erguido, lleno de perlas de rocío, intacto. Como si me hubieran posado allí en un prodigio de ingravidez, sin peso, sin huella. ¿Cómo iba a ser eso? Todo lo que camina deja un rastro, parte de la vida cuando avanza. Y yo estaba allí por algo leve como la nada, casi sin alma. Cuando no llevas el alma se nota. Las tripas son un abismo. El corazón, un vacío que no late. Los ojos se ponen negros donde debería estar lo blanco, como si no miraran, y los recuerdos… los recuerdos no llegan a ti para decirte quién eres. Ahora sé que era la vaguada de Outariz porque me lo dijo el Bouzo, que las había pasado canutas para subirme a la mula, de tan mal como me vio. El Bouzo venía desde más abajo de Requeixo, castrand...
  El lugar donde, rendido, te has dormido no es el mismo en el que despiertas. No obstante, en el intervalo temporal no ha sucedido nada; no existe un nexo que una ambos estados, sólo el vacío cuántico entre un instante y el siguiente. Toda la vida he eludido situaciones comprometidas, fantasmas difusos que se arrastran por los bordes de la conciencia. Ahora me encuentro en una estación desierta de mi propia existencia. En mi vida apenas hay relato, sólo un recuerdo circunstancial, una partícula suspendida en la incertidumbre. No puedo culpar a nadie. El asesino soy yo. Por una pequeña ventana, una pequeña claridad. Una rendija por donde se cuela el mundo exterior, que ya no me pertenece. Esta noche desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo, un terror que me habita como un parásito antiguo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo, resonando en la piedra, disolviéndose en la nada. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabo...