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Mostrando entradas de 2024

DOLOR

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Era propiamente poco después del amanecer, cuando decidí coger de nuevo mi antiguo Mercedes Benz, un viejo SL de bien entrados los años setenta, para irme, destemplado por el frío, a un lugar llamado Villar de Ancio. Llegué a Villar después de conducir durante unos treinta minutos por una autovía con escaso tráfico, y varios túneles repetidos y equidistantes. Había un amanecer bien entrado, despejado y generoso en rastros rojizos horizontales sobre unas montañas suaves aún no visibles del todo por la penumbra. Me mantuve con cierta disciplina al volante, con aquella sensación que me venía en forma de pulsión desde la entrepierna debido a mi exceso prostático matutino. Llegué a las ocho y media de la mañana y decidí aparcar directamente delante de la plaza de abastos. La campanita del reloj de la puerta de entrada de arco en forma de oliva, estaba dando los tres badajitos de las medias. Había dos perros con los culos juntos, de esa forma en que no pueden salirse una vez acabado el coito...

AGITADO CORAZÓN EN MIS OÍDOS.

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Cuando murió mi gato se me pasó por la cabeza tirarlo al contenedor de inertes, pero fui hasta allí con mi gato metido en una bolsa de plástico negra, y al abrir el contenedor lo vi repleto de conchas de mejillones y restos de bacalao al pil pil, y me dije, no, mi gato no puede ser tirado ahí y triturado con todo eso, recuerdo, era por la noche y tuve que mirar al cielo buscando al Dios de los gatos, y no estaba, y me dije: no importa, por el Dios de los hombres yo a mi gato no lo tiro ahí para que lo machaque el camión de la basura entre restos de bacalao al pil pil y conchas de mejillones malolientes. Cogí a mi gato, ya sabes como van los gatos muertos dentro de una bolsa, encogidos, las piernas de delante juntas a las piernas de atrás, como si fueran corriendo por la selva, y resulta que mi gato no corría, estaba muerto. Yo sé, que tener lástima por mi gato, de esta forma que os cuento, es pasarme un poco. Ayer, por ejemplo, en la cola del paro me hice tres amigos. -los llamaré los ...

NACIONAL.

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  Era el 22 de diciembre de 1984, un día que olía a pólvora de petardos y café con leche en vaso de duralex. En la radio del coche sonaban los inconfundibles cánticos de los niños de San Ildefonso: —¡Millóón de peeeesetas! —entonaban con esa cadencia solemne que convertía un sorteo en un rito casi sagrado. Yo iba de regreso a casa con mi Renault 5 verde oscuro, el orgullo de mi garaje. No era coche de lujo, pero tenía su gracia. Los de la oficina me decían que parecía sacado de un anuncio de detergente, y yo les respondía que con él no había curva que no pudiera tomar ni cuesta que no pudiera subir. El día había amanecido gris, de esos que parecen prometer lluvia pero luego solo dejan un frío que cala. Había hecho mis recados en León, me había tomado un chocolate con churros en una tasca y comprado un décimo de lotería de esos que nunca tocan, pero que siempre se compran "por si acaso". En la carretera de vuelta, me encontré con un camión cargado hasta los topes de cerdos. Un...

FELPUDO.

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  Briseida se me dispuso aquella tarde de sábado de primeros de noviembre según lo convenido, las piernas abiertas hacía los lados, las palmas de los pies desnudos sobre el cubre cama, la almohada sobre su nuca, los ojos perdidos hacía el techo adivinando formas extrañas, según me decía. He de decir que su coño estaba poblado, tupido de un rizado negro bajo el que no se adivinaba nada, lo que los argonautas de lo "riojoso" llaman a esa parte el vellocino de oro. o felpudo, como si de un restriega zapatos se tratase. Yo en mi ritmo soy lento, digamos que mi protocolo es de pausar las partes, para que cada parte sea diferente. Históricamente con mi Briseida siempre necesario. Así que me aproximé en el inicio con aquellos besos por sus blancas pantorrillas, arrastrando mi lengua a veces, haciendo como fractales en festón, sobre su suave piel. Imposible llegar de repente e intentar descubrir aquel manjar, que el Sumo Hacedor había sembrado de unos rizados permanentes, a veces de ...

HISTORIA.

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Las historias de amor pueden tener diferentes tonos y géneros, desde lo trágico hasta lo cómico, pasando por lo dramático o lo fantasioso. Pueden desarrollarse en cualquier contexto, ya sea en la vida cotidiana, en mundos ficticios, o incluso de nuestras épocas históricas, quizás inmediatas. Pero sobre todo existen mientras la memoria está viva. La parte de amor que debe llevar mi historia me parece inconsistente. La quiero tratar con sutileza, que no signifique nada sobre la trama principal completamente trágica. Sucede en una solitaria mañana de sábado y los dos deben abrir los brazos después de un largo tiempo sin haberse visto. ¿Cómo he de describir esa situación? Acaso mi escasa experiencia en encuentros amorosos podrá enfrentarse a tal desafío? En realidad todo lo que se relata sobre el amor puede ser una jodida mentira. Colocarle aves a la cosa realza la situación. Un atardecer. Una larga galería llena de luz , tal vez. Cursiladas así. ---- Deja el inconsciente vaivén de tú mano...

TAMARINDO.

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  El Tamaríndo, así le llamaban al Suso, porque todo el día andaba con el lapicero de carpintero en la oreja silbando la versión de los Corraleros, silbando con un palillo en la boca, muy en la comisura, la tocada de saxo de los Texas Tornados, con aquel inglés a latinajos, pero lleno de ritmo, puro-mexicano de Potosí, aunque Susito era de la zona de Molinaseca, nacido en Rio de Abros. Bajaba de atardecida a Ponferrada los Domingos, por noviembre arriba, al pub los Puchos, muy dados al colorido, rítmico a lo Baby que pasó, to give a un beso... a ritmo de trikitixa pegadiza. Cuando Tamarín entra en la Pucha, muy enjuto, no muy alto, con los pantalones a lo tijera, encogidos y tirantes por la polla muy marcada, ya había aquel resplandor sideral por la bola brillante del techo, una niebla de tabaco como si fuera un faro del destino, con aquellas vueltas lentas mientras sonaba aquel disco de los Brincos, lo del tu me dijiste adios, para ir calmando la brincada y llevandote a lo le...

BAJO CUBIERTA.

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  De cómo era el día no puedo decir mucho. Diré amorfo. De ese gris alto y liso con esa sensación cambiante al claro blanquecino. Digo esto para poner el hecho encuadrado en el paisaje, por si fuera necesario más adelante para estas circunstancias. Según entras la puerta abre hacía la izquierda. Según entras lo primero que ves es una escalera color caoba que sube a la planta de arriba que es un pequeño bajo cubierta con dos habitaciones y un baño. Según entras hay un zapatillero de esos abatibles, y sobre el zapatillero dos negritas con unos cestitos en la cabeza, dos velas de colores, y sobre el techo una lámpara de lagrimones en forma de cono invertido. Según entras una alfombra de color granate se extiende por el pasillo que llega hasta la cocina. Había cerrado la puerta despacio, porque quería dar a mi imprevisto regreso el carácter de agradable sorpresa. Me descalcé a la entrada, y arrimé mi maletín a la puerta abatible de la salita. Empecé a subir la escalera que daba al pis...

EXPRESS.

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  -Aunque sigas vivo, dejas de existir cuando los demás se olvidan de pensar en ti. No hace mucho yo le dije lo clásico que se dicen las parejas cuando el aburrimiento es como una carcoma que empieza a consumirlas, si es que nunca me has querido, se lo dije sin enfatizar mucho, como cualquier hecho usual. Sin embargo, para mis adentros, fui rotundo en la argumentación, es lo mismo que si le dices que la has querido siempre pero al contrario, la intención es la misma, en el fondo tratas de entablar una conversación de la que no sabes lo que va a durar, ni su desenlace. Aquella casa llevaba meses que se me había caído encima, derrumbado sobre mi en el sentido metafórico. Hacíamos vidas en alcobas diferentes, aunque cuando ella dormía yo me acercaba a la alcoba de abajo, y entreabría ligeramente la puerta y me masturbaba mirándola, tardaba lo mío, algunas veces el semen goteaba por la puerta y me descalzaba un calcetín para limpiarlo por higiene, más bien para que no lo lamieran los...

BARBARIDAD.

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  Por la barba que rodea mi cara me llaman “El Asomado”. Y es verdad. Parece que siempre estoy mirando fuera de mi mismo. Desde esta paraninfo escrutador, recito y digo mucho mejor mis poemas en los encuentros y tertulias literarias que frecuento. Ayer hice un poema sobre el fuego. En este poema relato (entre abstracto y coloquial), este fenómeno natural relacionándolo con el axioma de la vida: de cómo alegóricamente convertimos en cenizas cosas tan leves como el alma; de cómo el alma emerge vencedora del fuego, incombustible, sin una mala sombra negra; de cómo un niño instintualmente “mea” sobre un pequeño fuego hecho entre envolturas de papel y cegadoras volutas de humo. Todo tan ancestral como el instinto más profundo de nuestro inconsciente colectivo. Hoy le estoy dando los últimos retoques. Lo leeré esta noche en la penumbra de un anaquel lleno de libros guardando mis espaldas. Últimamente me gusta darle forma transcendente a los finales. El final de l...

VIDAMIA.

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Si mirabas su coño siempre estába de mala hostia, fruncido, pensando en un futuro lleno de incertidumbre, no el purito yoyito en forma de melocotón, con todo el porvenir por delante, que te dan ganas de abrirlo hasta la "gruñita" y estar allí chupando sine die. No. Atreverte con su coño tan trasegado, tan restregado, era de valientes. Sonaba una orquesta en el tercero, una perorata, el caballo viejo, luego yo soy el rey, luego bachata marronera, taka taka, y por los respiraderos de la cocina también sonaban aves del paraíso, y los cacharros de la vecina muerma, también aspiraban, espiraban detrás de otra lóbrega ventana los visillos como enaguas, inflados. Te confirmo que también olía a macarrones y tomate triturado. Y siempre estaba aquel fuerte olor a ajo refrito de la zona del Targoviste. Como no me dejó besarla en la boca le pase los labios por el cuello, le metí la lengua por las orejas, por estar sensibles no me dejó chuparle las areolas en forma de fractal y puntilli...

AMOR.

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  Que retumbaba la “zumbina”, por allí abajo estaba. Los voladores silbaban largo, luego el estruendo de la “explotida”, pero yo por allí abajo con mi Paloma de siesta, con la boca aún el regusto a brazo de gitano, y bajando bien, cada vez más aquel olor a salmuera, aquel sabor entre dulce y salobre, sí, mientras, me emergían sonidos bobalicones de la losa del Perko, los niños rumbando, las mulas de los arrieros, al salvado, que bajaron a la fiesta, mientras yo abría el manjar de la Paloma y lo chupaba suave, muy despacio, por aquella senda que recorría dejando besos, notando como se movía a tironcitos hacía los lados, hacía arriba, ahora aquí, por ahí, sin pausa, y de este lado también. Todo lo que lleva armonía previa de repente se vuelve trágico en su desplome, sabía como era su pelvis, cogido su culo con mis manos, como se arrimaba contra mi boca una vez y otra, buscando aquella descarga entre miel pura, y brazo de gitano rancio, y al final la sal para matar el corazón, mi boca...

ARADO.

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  Pardiño el Truñas, de Venavente de Armía, se levantó a xoncer a eso de las seis de la mañana, después de un trevado de lacón, y cuatro copas de orujo de pulpona de uva y de manzana. No muy lejos aún la noche se iba por los barrancos de Anxía como volcado en una sombra llena de incertidumbre. Cuando entró en la cuadra el buey Roxo, y el otro Manchado de púrpura supieron que la faena estaba en el carro, y sobre el carro un arado romano de gabitón de roble, timón de fresno, y lavijas de suave abedul. Puso los dos al tiro con un yugo de costillares, y salieron despacio. El carro ensevado se lastimaba, y hacia una cantiga de pena, según subiese o bajase penedos. Pasaron debajo de la casa del duque de Roque, de galería y critales limpios que daban vuelta al sol, pasaron por la plaza de la Fuente, y así , gimiendo emprendieron el camino de la Embrevada, medio cuesta, con aquella pesadumbre que daba llegar pronto, para ir a empezar a venir e ir con el arado, como si escribiesen. Dos días...

PISTACHOS.

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Fue en la tarde del domingo de ayer, sobre las cuatro de la tarde, día oscuro y tormentoso, que le dije a ella: podríamos ir de siesta ya que esta oscuridad no está para reposo de sofá. Sí, esa oscuridad y lluvia persistente, de patio de luces silencioso, apenas una moto rápida por la calle y algún llanto de niño. Como dije, y aquel cielo tenebroso. En muchas siestas así, le suelto a la Teodora, salen niños deseados o no, por hembra diestra ataja culos, por hombre cansado que no se arrastra sobre el muslo para dejar la semillera. No fue Teodora mucho de la razón de levantarse de los brazos del sofá, pero al final, con alguna soflama de históricos culeos en su mente, por donde el hipotálamo, se prendió aquella lucecita, y las húmedas secuelas, más abajo de los labios menores que se pusieron a balbucear. Heme aquí, que yo salí primero en aquel viaje hacia la alcoba, y me despojé hasta el calzoncillo, metiéndome bajo la colcha. Cuando ella vino, yo seguía sintiendo lo incipiente. A pers...

LÓGICA.

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  Se había hecho aquellos "apaños" en los labios, ahora ostentosamente abultados y pintados de rojo. A pesar de todo, no te creas que me atraía mucho su boca. En los tiempos muertos de los domingos, siempre estábamos con aquellos juegos. Ella se acercaba a mi y pretendía besarme, pero a mi no me apetecía mucho aquel extraño dulzor del pinta labios, incluso me pasaba ese desazón cuando yo tenía aquel deseo casi ansioso. De todas esas sensaciones no sé si podría seleccionar una para el recuerdo. Casi podría recordar el momento preciso en que habíamos dejado de amarnos, como si extrañamente no hubiese sido una degradación progresiva de los sentimientos mutuos. Pero de los momentos íntimos no guardaba nada especial en mi memoria. Cuando hacíamos aquellas extrañas ceremonia era porque quizás estábamos, como dije, con cierta ansiedad, digamos, muy inestables psicologicamente. Oyes, egoistamente le decía, espero que tengas el coño limpio. Los juegos empezaban así, con simples pregun...