DOMINGO
El domingo se desplegó con la inconsistencia de un dios caprichoso. El cielo, lejos de cualquier acuerdo con mis anhelos, se mostraba esquivo: por momentos, un azul despreocupado hacia poniente, salpicado de nubecillas inocentes en la cúpula celeste; horas después, o quizás simultáneamente en la percepción de mi hastío, una tonalidad grisácea y livida teñía todo lo visible a través del hueco que hacía las veces de ventana. Ahí me apostaba, con los brazos encogidos y apoyados en el frío alféizar, contemplando el ir y venir de los camiones de descarga como si fueran fósiles de un tiempo muerto. Era el espectáculo de lo mismo, de lo que siempre ocurre y, por tanto, de lo que nunca llega a suceder de verdad. Al volverme, exhausto de un paisaje que se repetía hasta la náusea, Ella estaba allí. Sumergida en la aridez de sus nóminas del súper, sentada sobre la cama como una extensión más de la indiferencia del mundo. Se lo dije, repitiendo la pregunta que desde hacía días se pudría en e...