LAVADORA.
Cuando la lavadora centrifugaba, yo miraba al tambor y me caía patas arriba, hipnotizado. He de decirlo. Era un instante preciso, un vértigo matemático. Puedo decirte, incluso, en qué vuelta iba: justo en la séptima, cuando el motor alcanzaba un gemido agudo y el mundo exterior se disolvía en una mancha blanca que giraba sin propósito. Ella me posaba la mano en el cuello, una losa fría sobre mi pulso, y me decía: acuéstate. Y no era una invitación, sino la enunciación de un hecho. Su mano iniciaba entonces la ruta de la seda, un recorrido lento y venenoso por mi clavícula, el valle entre mis costillas, como si trazara el mapa de un territorio que ya no me pertenecía. O, en sus otros días, días de hosquedad y sombra, ella iba a orar al muro de las lamentaciones, que era mi cuerpo, dándome la cabeza vueltas con un murmullo ininteligible, una letanía que no pedía perdón sino sumisión. Cuando se posaba sobre mí, era alentador su movimiento. Un mecanismo perfecto y ancestral que anula...